«La presión que se ejerció sobre Pablo Iglesias traspasó todos los límites de una democracia»

Pablo Iglesias deja la política, pero ¿qué lo llevó a tomar esta decisión?, ¿fue por el resultado electoral en Madrid o por el acoso que ha denunciado y las amenazas de muerte que ha recibido contra él y contra su familia? Sobre este tema conversamos con Daniel Bernabé, periodista y autor de varios libros sobre la realidad española.

«Lo hemos echado del debate de la SER y pronto lo echaremos de la política española», prometió Vox en un mensaje publicado en Twitter el 23 de abril.

«A ver si conseguimos que huya de España», auguró una semana antes el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith.

«Si quieres que Iglesias no vuelva nunca a la política, apóyanos», ofreció en su web un medio de comunicación acusado de divulgar mentiras contra Podemos y que tiene a uno de sus periodistas procesados por la justicia por acosar y hostigar a los hijos de Pablo Iglesias e Irene Montero cuando tenían 17 meses de nacidos.

Pablo Iglesias abandona la política tras los resultados en Madrid, que Podemos consideró insuficientes, pero también después de haber sido hostigado frente a su vivienda por más de un año por partidarios de Vox, tras haber tenido que cambiar a sus hijos de escuela por el acoso denunciado y tras haber recibido una carta con una amenaza de muerte acompañada por cuatro balas, presumiblemente para él y para cada miembro de su familia.

—¿Pablo Iglesias abandona la política o lo echaron?

—Pues ambas cuestiones, realmente. La presión que se ejerció sobre Pablo Iglesias traspasó todos los límites razonables en una democracia liberal. A Pablo Iglesias se le ha acosado en su domicilio, a Pablo Iglesias se le ha trazado una campaña, y eso está siendo investigado judicialmente, por parte de altos mandos policiales en connivencia con el antiguo ministro del Interior del Partido Popular, simplemente para hacer informes falsos que perjudicaran su opción política, con lo cual hay un momento en el que Pablo Iglesias ha sido achicharrado por una constante campaña mediática que le ha situado como el culpable de todos los problemas de España, lo que hace que una parte de la población reaccione contra él de forma furibunda.

Pero, por otro lado, también es cierto que Pablo Iglesias, conscientemente de su situación ha optado por una retirada, una retirada probablemente en etapas. Él sale de la vicepresidencia del Gobierno, hay que recordarlo, un sitio donde él tenía cierto poder y podía influir en la política nacional, para bajar al barro madrileño de la campaña de las elecciones autonómicas porque es consciente de este asunto.

Muy probablemente, Pablo Iglesias se retire de la política institucional, pero creo que le veremos en el mundo de la comunicación. Creo que volverá a donde nació, a ese sector que hace tanta falta en España, aunque esto depende, entiendo también, de su capacidad personal porque entiendo que ha tenido que quedar bastante dañado después de estos años tan intensos

.—Vemos que sectores de la derecha celebran esta táctica de acoso y derribo contra Pablo Iglesias. ¿Esto podría ser aplicable contra otras personas?

Si Iglesias ha tenido algo de bueno para la gente que le rodeaba es que ha servido de paraguas, de barrera antimeteoritos porque todos iban hacia él. Ahora esto se va a repartir. Ahora van a ir hacia otros muchos políticos, también del progresismo liberal. Quien se piensa que se salva de esto porque sus propuestas políticas son más moderadas, no, no va a pasar. Se va a atacar con especial inquina, como ya se ha hecho, contra el presidente Sánchez, y se va atacar a todos los niveles de la izquierda, como Mónica García de Más Madrid o Yolanda Díaz, que va a ser la nueva líder de Unidas Podemos.

El problema va más allá del propio Pablo Iglesias. El problema es sistémico, como yo apunto en mi último libro Ya estábamos al final de algo. En nuestras democracias, parece, que el sistema mediático y económico pone más énfasis en atacar a los críticos con los problemas derivados de las dos crisis que llevamos, la gran recesión de 2008 y esta crisis pandémica, que en solucionar esos problemas. Se les tiene más miedo a los críticos de izquierda que a la ultraderecha. Con lo cual es verdad que al final esos críticos acaban enormemente dañados, pero, por otro lado, la ultraderecha queda como una opción rebelde, que puede cambiar la situación, que puede recuperar los buenos y viejos valores, y en Madrid en concreto, tenemos a Vox, que es un partido de ultraderecha, pero tenemos a Isabel Díaz Ayuso del Partido Popular que, teóricamente, es el partido liberal conservador en España, pero que, sin embargo, Ayuso es la rama trumpista de este partido. Ha importado la antipolítica a España.

¿Y cuál es el riesgo de que se imponga esta antipolítica o esta táctica de acosar y derribar a quienes critican o ponen en evidencia las injusticias de ese sistema?

Fundamentalmente que primero vaciamos la democracia de contenido. Es muy significativo que la carta electoral de Isabel Díaz Ayuso, porque en España mandan su lista electoral por correo y una carta que acompaña esa lista poniendo sus motivos para que les voten, estaba vacía, blanca. Solo consistía en una foto suya y la palabra libertad, un auténtico significante vacío que es muy difícil de definir. Esto ha sido exitoso electoralmente.

Es decir, de repente ha habido muchos ciudadanos que han sentido que su libertad, sea lo que sea eso, se veía amenazada de una forma absolutamente abstracta y falsa por algo que Ayuso ha calificado de Gobierno socialcomunista.

La situación es que a la hora de enfrentar los problemas reales que tiene esta sociedad, que son muchos, en Madrid, por ejemplo, con unos alquileres disparados que hace muy difícil poderse alquilar una casa, con un nivel de precariedad importante, un nivel de destrucción de los servicios públicos desde hace 10 años tremendo, que nos ha costado vidas en la pandemia, no van a ser afrontados porque ¿para qué van a preocuparse, sobre todo los políticos de la derecha, en afrontar los problemas reales de la sociedad si con este tipo de campañas consiguen ganar las elecciones?

Pero esto no es nuevo. Esto ya lo vimos en el Brexit y en la victoria de Trump, y ahora se está empezando a aplicar en España con éxito. La situación es preocupante, sin duda alguna, pero tiene salidas, y la salida fundamentalmente es la política útil, en hacer política útil por parte de la izquierda.

—Pero ¿quién se va a atrever a hacer política útil si eso después te va a costar que amenacen a tu familia, que persigan a tus hijos, como le ha pasado a Iglesias?

—Sí, es sin duda algo a tener en cuenta. Es decir, Pablo Iglesias no solo ha recibido cuatro balas por correo en estas últimas elecciones. Es que llevamos, por centrarnos en el ciclo corto, un año y medio donde en España se han cruzado muchas líneas rojas que probablemente no se cruzaban desde 1981. Que nadie se tome a broma la alerta antifascista que Pablo Iglesias lanzó porque es cierta. Hemos tenido a militares, altos mandos retirados, firmando cartas pidiendo poco más que la intervención del Ejército. Hemos tenido movimientos muy extraños que en Latinoamérica se conocen bien y se conocen con el nombre de lawfare para intentar incriminar al Gobierno por la gestión de la pandemia. En fin, hemos tenido movimientos bastante extraños. Ahora, la única manera que hay de frenar a este trumpismo a la española es mediante la política útil, y ahí hay otro problema, que es la Unión Europea y la ortodoxia neoliberal.

En el propio Gobierno de coalición la ministra de Economía, Nadia Calviño, ha boicoteado todas las medidas que Yolanda Díaz, que es la ministra de Trabajo y ahora vicepresidenta, ha intentado llevar a cabo. Le ha puesto palos en la rueda una y otra vez. Yo comentaba en una entrevista recientemente, algo por lo que se me criticó mucho, y es que la gente puede pensar que para qué va a votar a la izquierda si cuando llegan al Gobierno son incapaces de regular el mercado del alquiler, de viviendas en alquiler.

Al final, de lo que nos tenemos que dar cuenta es que la propia ortodoxia neoliberal, que tiene maniatado al poder político, ha estrechado dramáticamente los horizontes a los que puede aspirar la política, es lo que provoca que un partido progresista llega al Gobierno, apenas pueda hacer cambios, con lo cual tenemos una doble contradicción: por un lado, una derecha que aplica sus políticas de clases de forma dura, pero las encubre con toda esta retórica antipolítica de la libertad, trumpista, y por otro lado, partidos progresistas de izquierda que si llegan al Gobierno pueden hacer muy poco porque tienen que estar siempre maniatados por unas serie de reglas, que incluso Biden ya ha hablado de cambiarlas, impuestas por la Unión Europea.

—Y mientras pasa esto, se impone el trumpismo, como dice usted, con Isabel Díaz Ayuso, la extrema derecha se fortalece y hay un auge de grupos fascistas, franquistas. ¿Hay razones para alarmarse o es normal, forma parte del juego democrátrico?

No, no es normal y hay que preocuparse. Para que la gente nos entienda, España sí tiene una situación especial que no se da en casi ningún otro país de Europa. Mientras que en toda Europa el fascismo y el nazismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, mientras que incluso en Portugal fue derrotado en la Revolución de los Claveles en los años 70, en España el franquismo nunca fue derrotado, sino que gobernó España durante 40 años con la connivencia de Estados Unidos y de las democracias liberales europeas, en gran parte, que lo veían como un antídoto contra la revolución y el comunismo en la Guerra Fría, y bueno, en la Transición, a pesar de que el movimiento obrero y las fuerzas de izquierda lograron arrancar muchas conquistas, gran parte del aparato del Estado quedó incólume, quedó prácticamente con los principios franquistas. Ese franquismo sociológico, profundo, se mantuvo durmiente en España durante dos décadas y pico, pero desde inicios del siglo XXI empezó poco a poco a despertar hasta que ahora se está agitando sin ningún tipo de problema.

En España no hay un riesgo, como creo que no lo hay en ninguna parte de Europa, de una dictadura fascista como la que tuvimos en los años 30 del siglo XX, ahora, sí hay un riesgo claro de una involución democrática. ¿En qué sentido? Pues porque hay sistemas mucho más autoritarios que coarten la libertad de la izquierda, de lo que consideran partidos indeseables, pero que se revistan pues de una legitimidad democrática con unas citas electorales cada vez más adulteradas por un sistema mediático que pastorea la opinión pública y que, al final, lleguemos a una especie de fascismo posmoderno simpático, donde realmente la gente consuma productos tecnológicos, se preocupen mucho por la dieta, tenga aspiraciones por tener un todoterreno en la calle, y sea lo único que le preocupe, mientras su sistema político democrático está cada vez más maniatado.

De una forma diferente, pero también paralela, este proceso ya lo hemos podido ver, por ejemplo, en Turquía. Lo estamos viendo en países como Polonia y Hungría, donde la libertad política es prácticamente inexistente y donde se reprime a la oposición de una forma muy poco democrática. La Unión Europea, sin embargo, no parece demasiado preocupada o, al menos, impotente por hacer frente a estos problemas.

En la propia Ucrania, donde la Unión Europea también intervino, hemos visto cómo la ultraderecha y el nazismo directamente han crecido. Es un problema europeo.

Tenemos partidos de ultraderecha en Italia, partidos de ultraderecha en Francia, y en España, que hasta hace relativamente poco tiempo, cuando el descontento social se expresaba en las calles a través de huelgas y sindicatos, pues en España se optó por darle también oxígeno a un partido ultraderechista como Vox para que ese descontento lo recondujera hacia el odio contra el inmigrante o hacia los conflictos internos nacionales, ese tipo de cuestiones.

Lo inédito aquí en España es que el Partido Popular, que correspondería teóricamente a lo que es Merkel en Alemania, resulta que está colaborando con la ultraderecha, cosa que en Alemania nunca se va a dar.

Sputnik

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