Bilbao, la ciudad que se reinventó con un museo, se abre ahora a su ría

Bilbao busca recuperar los márgenes de la ría del Nervión que la atraviesa camino del mar Cantábrico, con un ambicioso abanico de intenciones para dotar de usos recreativos a lo que hace pocas décadas fue el nicho de numerosas actividades económicas, muchas de ellas altamente contaminantes.

Por Jon Cordero*

Su Ayuntamiento presentó un estudio recientemente para ver qué se puede hacer y qué no, teniendo en cuenta aspectos medioambientales, fluviales y jurídicos y bajo el paraguas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030.

Una especie de guía de uso de varios kilómetros de ribera donde, dependiendo de la zona, se llevarán a cabo trabajos para mantener el valor ecológico, para habilitar zonas de esparcimiento o para crear espacios que potencien la actividad económica o lo que el Consistorio bilbaíno califica como «zonas que pueden convertirse en elementos tractores de la ciudad».

Es decir, conservar la fauna, construir paseos o llevar a cabo otras actuaciones que supongan generar riqueza.

Este es el caso de unas piscinas naturales y una playa fluvial rodeadas de negocios hosteleros, actuaciones planteadas en el entorno de la zona de Zorrozaurre, una península convertida recientemente en isla; antigua zona industrial, como buena parte de la ribera; y sobre la que están depositadas las esperanzas para que pase a ser una especie de ‘Manhattan bilbaíno’.

En definitiva, actuaciones en alrededor de 20 kilómetros en los márgenes de la ría del Nervión y su afluente el Cadagua, en el último paso de la regeneración que ha vivido esta ciudad desde la década de los 90.

EL ‘EFECTO GUGGENHEIM’

El renacer de Bilbao desde su pasado industrial a su realidad como ciudad de servicios se convirtió en un modelo de estudio internacional en lo que a la planificación urbana se refiere.

La regeneración de la ciudad utilizó como palanca la construcción de un museo de esta fundación, que hoy en día es la tarjeta de visita de la ciudad.

Se inauguró en octubre de 1997, pero las negociaciones para traerlo a lo que por entonces era una ciudad dominada por un paisaje post-industrial comenzaron a principios de la década.

«Bilbao estaba hecho un desastre, era una ruina industrial, era el último lugar al que los responsables de la Fundación Guggenheim querían venir», explica a Sputnik Ibon Areso, en aquella época arquitecto vinculado al Ayuntamiento bilbaíno y que años después formó parte del equipo del alcalde Iñaki Azkuna, al que se atribuye la transformación de la Villa y al que sustituyó durante un tiempo por la enfermedad que apartó de la política al carismático regidor.

Areso pone en contexto la situación en la que llegó este museo mundialmente conocido a Bilbao, con un índice de desempleo en el entorno del 25 por ciento en la zona, en la que hubo que desembolsar 133 millones de euros, y con la opinión pública en contra.

«Hubo que pasar a considerar la cultura como una inversión y no como un gasto, fue todo un cambio de mentalidad para la Administración», resume este veterano político ya retirado.

Como señala, los beneficios fueron inmediatos. El estudio de viabilidad fijaba el número de visitantes anuales en 400.000 y el primer año se acercaron a la pinacoteca más de 1.200.000 personas: «el incremento del PIB vasco en el primer año del museo debido a su actividad, fue de 144 millones de euros». Es decir, 11 más de lo que costó.

Hubo otros factores, uno de ellos, el edificio construido para albergar el museo por Frank Gehry, inconfundible por su cubierta en planchas de titanio, y que pasó a ser «unas de las obras cumbres de la arquitectura de finales del siglo XX a nivel mundial», como recuerda Areso, que reconoce que en todo el proceso hubo varios factores que confluyeron para que la operación fuera exitosa.

Sobre el factor del edificio de Gehry también repara la profesora de Economía de la Universidad del País Vasco, Beatriz Plaza, que ha investigado desde su área de conocimiento este fenómeno. «Es su ópera prima», afirma esta economista.

Beatriz Plaza también recuerda cómo fue fundamental también la conexión con Nueva York, sede de la Fundación Guggenheim, «y con el mercado de noticias estadounidense, por aquel entonces dominante. Si se hablaba del museo en el New York Times, al día siguiente aparecía publicado en toda la prensa europea», afirma en conversación con Sputnik.

En los años posteriores y en vista del éxito, otras ciudades intentaron emular el modelo, algo que desaconseja la profesora de la universidad vasca: «Esa visión reduccionista, en la que un edificio de diseño único genera un milagro, no funciona. Es un fenómeno más complejo. Influyen otros factores como la estructura productiva de la zona, el rediseño de la ciudad o el momento», explica.

Una jugada maestra a la que es inevitable echar la vista atrás ahora que se aspira a rematar, limpiando definitivamente los márgenes de la ría de su pasado industrial. Un rasgo que aún marca la personalidad de la ciudad con el mayor peso económico del norte de España.

*Sputnik

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