La crisis en Ceuta eleva la tensión diplomática entre Marruecos y España a niveles inéditos en la última década

La crisis abierta entre España y Marruecos por la llegada masiva de migrantes a Ceuta es tal vez la más grave que han vivido los dos países en la última década.

Las cifras reflejan la gravedad de lo ocurrido. Este movimiento masivo de migrantes en poco más de un día -más de 8.000- no se había producido en las peores crisis migratorias de los últimos años: ni a Lesbos llegaron tantos en un solo día durante lo peor de la guerra de Siria, ni a Lampedusa llegaron tantos en una jornada durante los días más duros de la guerra de Libia.

Es imposible pensar que ese ingente número de personas pase por un puesto fronterizo sin el visto bueno de las autoridades del país de origen. Distintas informaciones sugieren que Marruecos habría hecho la vista gorda y dado la orden de no intervenir a su gendarmería. Es más, hay varios testimonios de migrantes llegados a Ceuta en los que afirman que eran los propios gendarmes quienes les animaban a cruzar.

Valga una anécdota para entender el control que ejerce la policía marroquí en el norte del país: la última vez que este ex corresponsal en Marruecos llegó a la frontera con Ceuta para abordar una crisis migratoria, en 2018, fue retenido y advertido varias veces por los agentes antes de llegar a Castillejos.

La embajadora marroquí en España se va a Rabat sin billete de vuelta

Apenas pudimos filmar y entrevistar a un pequeño grupo de subsaharianos que aguardaban el momento idóneo para intentar cruzar a Ceuta. Huelga decir que, cuando llegamos a la valla fronteriza, fuimos cordialmente invitados a regresar a Rabat. Marruecos controla cada milímetro de esa zona, sabe al detalle cuando se acerca a Castillejos un periodista basado en ese país. La imagen estos días es radicalmente opuesta: la policía marroquí asistiendo impasible al recorrido de los migrantes hacia la frontera del Tarajal, tal y como ha recogido estos días el equipo de la corresponsalía de TVE en Rabat. Dicho de otra manera: es imposible que la policía del reino alauí no estuviera al tanto de la llegada masiva de migrantes.

Los últimos movimientos diplomáticos también dan cuenta de la gravedad de la crisis: Marruecos ha llamado a consultas a su embajadora en España, Karina Benyaich. La diplomática regresa a Rabat y se va sin billete de vuelta, dejando al Gobierno español sin un interlocutor sólido cuando peor se ponen las cosas entre Rabat y Madrid. Horas antes de ese movimiento diplomático, Benyaich había afirmado que en las relaciones entre países hay actos que tienen consecuencias “y se tienen que asumir”. No lo dijo textualmente, pero a buen entendedor, pocas palabras. Benyaich se estaría refiriendo, veladamente, a la decisión de España de prestar atención médica al líder del Frente Polisario, Brahim Gali, aquejado de COVID-19.

El presidente de la República Árabe Saharahui Democrática es un enemigo histórico de Marruecos. Y Rabat considera su llegada a España, no como un acto humanitario, sino como un gesto hostil. El Sáhara, de nuevo, una piedra en el camino entre España y Marruecos, en un momento especialmente delicado. El alto el fuego fraguado durante décadas saltó por los aires hace unos meses, y más allá del campo de batalla, la guerra diplomática en torno a la soberanía del Sáhara suena con fuerza en los pasillos de las cancillerías. Sobre todo, desde que el expresidente estadounidense, Donald Trump, decidiera reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, poco antes de abandonar la Casa Blanca.

Marruecos vuelve a utilizar la migración como arma arrojadiza

Sea cual sea el motivo real detrás de esta crisis, la migración vuelve a ser un arma arrojadiza que Marruecos utiliza a conveniencia. Lo ha hecho en otras ocasiones, haciendo la vista gorda en la frontera para presionar a España o a la Unión Europea mientras se negocia un nuevo acuerdo pesquero, o mientras se discuten los fondos que Europa destina a Marruecos para vigilar la frontera sur.

La magnitud de esta nueva crisis migratoria ha abierto telediarios y ha puesto de manifiesto varias cosas: no solo la capacidad de Rabat de generar crisis y caos cuando quiera, con una simple orden a su guardia de fronteras; también, la delicada situación económica en la que viven decenas de miles de marroquíes al otro lado de la verja.

Marruecos decidió cerrar la frontera con España al inicio de la pandemia, y eso dejó sin trabajo a cientos de familias que vivían del porteo de mercancías. Cientos de familias que – como millones de marroquíes – viven ajenas a las obras faraónicas de los últimos años: al AVE de Casablanca a Tanger, al megapuerto de Tanger Med, o a las gigantescas plantas solares levantadas en el desierto.

Sin quererlo, puede que Rabat haya mostrado también al mundo una foto inadecuada: la de un pueblo desesperado por salir del país, la de jóvenes imberbes y madres con bebés lactantes vadeando el mar en una de las fronteras más desiguales del mundo. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado ha puesto cifras a esa desigualdad: el PIB per cápita de España multiplica por 10 al de Marruecos. Un abismo económico separado tan solo por los 8 kilómetros que mide la verja en la frontera con Ceuta.

RTVE

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