Cómo se vive el paro en las zonas rojas de la guerrilla colombiana

El centro de la atención en las protestas que mantienen en vilo a Colombia desde el 28 de abril se lo llevan Bogotá y las principales ciudades del país. Y sería igual así no hubiera protestas.

Por Ramiro Barreiro*

La periferia colombiana es, para muchos, invisible. Y según dos jóvenes líderes sociales que dialogaron con Sputnik la culpa de ello la tiene el Gobierno.

Charles Corredor Jaimes tiene 24 años y cursa el sexto semestre de trabajo social en la Universidad Nacional de Colombia, la mejor academia pública del país. Es nacido y criado en Tame, en el departamento de Arauca (este), adonde tuvo que volver cuándo comenzó la pandemia de covid-19.

Junto a otro joven, Henry Rubio, y su grupo de amigos, decidieron organizar al pueblo -donde viven muchos partidarios del Gobierno de Iván Duque- para sumarse al gran paro nacional.

La región alberga a la reserva petrolera más grande de Colombia y es, al mismo tiempo, frontera con Venezuela. Su Ruta de los Libertadores es un camino picante que conecta a Bogotá con Caracas.

Tame es uno de los escenarios históricos de las campañas libertadoras del siglo XIX. El municipio es conocido como la «Cuna de la Libertad» porque el 12 de junio de 1819 se encontraron allí los generales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander para reunir sus tropas, hecho considerado el nacimiento del Ejército Nacional.

Pero hoy en el municipio, aseguran los jóvenes, reina la guerrilla.

El Ejército de Liberación Nacional (ELN) y disidencias de las disueltas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), así como el brazo de las fuerzas paramilitares conocido como Águilas Negras y bandas criminales en general a las que se les atribuyen asesinatos, secuestros, desapariciones forzadas y extorsiones, marcan presencia y forman un cóctel explosivo para la zona, al que no le falta combustible.

PETRÓLEO

Es el auge petrolero lo que atrae a los ejércitos ilegales a permanecer allí. «Las guerrillas luchan por esas economías que están en juego, porque la mayoría de las entidades petroleras tienen que pagarles una vacuna, como llamamos aquí», cuenta Charles para explicar los pagos a cambio de seguridad.

«En este momento la fuerza con más movimiento es el ELN y los identificas por su bandera roja y negra y porque usan también el camuflado de los soldados», describe el joven, «Andan en caravana y llegan como si fuera la policía. Yo tengo una apariencia que ellos no permiten, el cabello largo y mis aretes. Tampoco se permite la homosexualidad, el robo y el consumo de drogas. Mucha gente, incluso, se desplaza por ese tipo de cosas».

Justamente, hace algunos días que el Gobierno colombiano reveló contactos con el ELN para retomar el diálogo de paz que decidió romper manera unilateral en febrero de 2019.

«Las dinámicas aquí han sido diferentes porque tenemos cuestiones de orden no público por las influencias de los grupos armados no legales, por lo que hay que tener mucho cuidado con lo que se dice», advierte Charles.

Son esas mismas dinámicas a las que se refiere las que justifican a muchos vecinos de Tame a resolver problemas directamente con los ejércitos ilegales, jueces y parte de un entramado social que lleva décadas.

«Es la segunda vez que trato de liderar una protesta en una zona roja y aprendí que hay que tratar de ser amigos de todos», revela Charles, y añade: «Nosotros nos la arreglamos para que todo el mundo se entere de que vamos a hacer algo y que dentro de ese algo se nos aseguren garantías».

El grupo de jóvenes también tiene aceitado contactos con organismos de derechos humanos, ha cancelado las reuniones virtuales y se informan por la aplicación de mensajería instantánea WhatsApp acerca de todos los movimientos que dan. Incluso esta entrevista.

RECLUTAMIENTOS

La responsabilidad de Charles y sus compañeros es doble ya que lideran un movimiento de «pelaos» o jóvenes, de 14 a 28 años, que se están introduciendo políticamente.

Arauca, en su boca, es un departamento que ha sido violentado durante décadas.

«Ya nos acostumbramos a vivir al lado de un guerrillero o un soldado armado que el día de mañana nos puede asesinar. Es una realidad que en Colombia lastimosamente se ha normalizado a una manera que mucha gente sale a decir por redes que una persona que está protestando y se defiende del Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios) tiene que ser asesinada», opina Charles.

Cuando eran pequeños, a estos jóvenes les resultaba común ver camionetas que se aparcaban cerca de los colegios y seleccionaban niños. En muchos casos, aseguran, incluso los propios padres tenían que ir a buscarlos al monte, adonde habían sido reclutados forzosamente.

Esa realidad la vivió de cerca Henry Rubio, quien a sus ocho años fue desplazado de su Dragonorte natal por causa de la violencia; la misma que también mató a su padre, un exconcejal, dos años después.

Hoy tiene 28 pero todavía recuerda cuando los campamentos podían verse de lejos. También como los jóvenes reclutados limpiaban sus fusiles. Esa realidad ha cambiado aunque todavía hay lugares donde tampoco es libre circular.

«Hemos escuchado rumores en el pueblo, incluso comunicados que dicen que las fuerzas ilegales, ya sea el ELN como las disidencias de las FARC, están a favor del paro, y esperan un detonante para pronunciarse, pero hasta el momento ni una sola fuerza se ha acercado a hablarnos», dice Henry, uno de los organizadores de las protestas en Tame, donde mayoritariamente hay transportistas, maestros y jóvenes.

También están las familias de Charles y Henry, quienes apoyan los reclamos del paro, sobre todo los que cuestionan al sistema educativo actual.

«Ellos me apoyan, pero también entiendo que sientan miedo por mí. Es difícil en Colombia ser un líder social, estar mostrándose y dándose a conocer porque lo fichan a uno y no es para nada bueno», reconoce Charles.

Y advierte: «Aquí todo lo que uno haga, la gente lo sabe».

*Sputnik

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