Se agrava la precariedad de las ‘kellys’ en España: mismas reivindicaciones, más estrés y 40.000 en paro o ERTE

En temporada alta, según CC.OO., llega a haber hasta 100.000 camareras de piso activas; ahora, 40.000 están en paro o en ERTE.

​Se debaten entre el miedo a los dolores propios de su oficio y a la necesidad de retomarlo cuanto antes.

Hace apenas tres años, la movilización de las camareras de piso de los hoteles despertó una enorme ola de solidaridad en España. Los políticos se hacían fotos con ellas y les devolvían a cambio promesas de mejoras. El entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, llegó a recibirlas en la Moncloa. Pero tres años son mucho tiempo si entre medias sucede una pandemia: la COVID-19, que ha paralizado al sector turístico, también ha ensordecido las reivindicaciones del gremio. Las ‘kellys’, las-que-limpian las habitaciones, se debaten ahora entre el miedo a los dolores propios su oficio y la necesidad de retomarlo cuanto antes. «A mí me llaman mañana y el dolor que tengo me da igual. Me tomaré las pastillas que haga falta. Me tengo que poner a trabajar», dice Luz, camarera de piso desde hace una década en la malagueña Costa del Sol.

Las cifras son elocuentes. En temporada alta, en España trabajan unas cien mil camareras de piso. En abril, el 90% estaban en el paro o en ERTE, según los últimos datos del Ministerio de Trabajo. Muchas se han ido reincorporando desde entonces, a medida que los hoteles han reabierto sus puertas, pero Comisiones Obreras calcula que unas 40.000 siguen esperando que suene el teléfono. Luz lleva sin trabajar, sin empujar el carro, desde el año pasado, aunque las secuelas no la han abandonado. «Llevo tres meses con una bursitis en el hombro izquierdo. Me he cortado el pelo porque no me lo puedo recoger», explica.

El trabajo de las ‘kellys’ es el pilar en el que se sustenta el sector turístico: una habitación limpia y, ahora también, desinfectada. Una tarea repetitiva y exigente —levantar camas, cargar toallas, limpiar cristales— que se hace a toda velocidad, sin respiro, para que el complejo mecanismo del hotel funcione puntual. Para que las habitaciones estén listas a la hora. «Piernas, brazos, pies. Todas padecemos de fascitis plantar, de artrosis, de lumbalgia. Cuando empecé en esto, no sabía que las pestañas dolían», relata Inma, que acaba de volver a la faena que ejerce de forma subcontratada desde hace once años.

Ana, medio siglo en el mismo hotel malagueño, tiene un parte de lesiones aún más extenso: «Tengo los manguitos rotadores afectados, con infiltraciones; lumbalgia; bursitis en las caderas; en las manos, el túnel carpiano infiltrado; y los pies, deformados y con hongos, de las aguas sucias, de meterme en los platos de ducha con el agua caliente». En sus años de oficio, Ana ha ordenado y limpiado más de 200.000 habitaciones y ha hecho medio millón de camas. Mientras, veía a la Costa del Sol crecer hasta convertirse en un polo turístico mundial a la vez que carga de trabajo se iba haciendo más pesada. «Nos fueron metiendo más habitaciones. Todo son espejos, cristales, mamparas de baño que parecen puertas. Y eso se hace en el mismo tiempo que teníamos antes». A sus 62 años, Ana quiere jubilarse cuanto antes —»ya no sirvo para nada»— pero si lo hace ahora, perdería una cuarta parte de su pensión. La pandemia ha hecho su carro aún más pesado. «Le temo a entrar a trabajar, es un estrés constante. Aparte de la limpieza, cuando terminas, tienes que volver a entrar para desinfectar todo el hotel». «Ponte y quítate guantes cada vez que entras en una habitación, separa la ropa en bolsas…La carga laboral es tremenda», coincide Inma. 

Las movilizaciones mejoraron sus condiciones, pero queda mucho por hacer

La gran movilización de las ‘kellys’ no fue en vano. En 2018, la Seguridad Social instruyó a las mutuas para que reconocieran como enfermedades profesionales tres patologías propias del gremio: síndrome del tunel carpiano (entumecimiento de manos y dedos); bursitis (inflamación de articulaciones) y epicondilitis (sobrecarga de los tendones del codo). Pero Trini sufre todas esas y algunas más y denuncia que las mutuas suelen ignorar esa instrucción y forzar a las afectadas a entablar un proceso judicial que no siempre pueden permitirse.

A sus 58 años, Trini está retirada por incapacidad permanente, pero con la prestación mínima, la correspondiente a enfermedades comunes. «Esto es todo mío, de nacimiento, no tiene que ver con que haya estado 30 años en un hotel», ironiza.

 Inma acaba de volver a trabajar
Inma caba de volver al trabajo que ejerce de forma subcontratada desde hace once años.

La revuelta de 2018 también propició que se enmendaran muchos convenios provinciales —dos de cada tres, según CCOO— para paliar otro problema: la precariedad de las camareras de empresas subcontratadas. En Málaga, el convenio obliga a pagarles lo mismo que a las de plantilla del hotel: hasta 1.566 euros brutos al mes en catorce pagas. «Una nómina interesante en un colectivo cuyo nivel de formación no es de los más altos de una empresa hotelera», subraya José Carlos Escribano, vicepresidente de la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol (AEHCO).

Pero Trini, subcontratada, sostiene que hay truco. «Hay rendijas por las que los empresarios se escurren. Las empresas multiservicios (externas) no te contratan a jornada completa, sino por cuatro o seis horas. De forma que te pagan menos, pero la carga laboral es la misma que si fuera completa», dice. «El convenio dice que tienen que cobrar lo mismo y si no se cumple, hay que denunciarlo», replica Escribano, «En todo caso, (lo que dicen las ‘kellys’) no es una práctica habitual». «El 95 por ciento de las multiservicios lo hacen así», insiste Inma.

Difícil contrastar quién tiene razón porque la práctica denunciada por Inma es un fraude ley, parte de esa dimensión oscura, informal, del mercado laboral español, sobre el que no hay datos oficiales. Como esta otra opinión que Inma arroja convencida: «La inspección laboral no funciona».

La distinta percepción entre patronal y trabajadoras se traduce en un pulso muy concreto, uno que se tiene que dirimir entre Gobierno, sindicatos y CEOE en el marco de la reforma laboral: ¿hay que prohibir las subcontrataciones en casos como este, cuando afectan a actividades esenciales de una empresa? Las asociaciones de ‘kellys’, como Unión Kellys Málaga —de la que forman parte todas las entrevistadas en este reportaje—, dicen sí. Los hoteleros dicen no. «El mercado es cada vez más flexible, te obliga (a hacer movimientos de personal) con poco tiempo de reacción», argumenta Escribano.

La otra gran demanda de las uniones de ‘kellys’ tampoco suscita consenso: reducir la carga laboral. «No tengo la sensación de que estén al límite. Habría que preguntarle camareros, cocineros, con recepcionistas, todos tendrán sus propias quejas», dice Escribano. «El empresario no se entera de lo que pasa en las habitaciones», replica Ana. Con todo, camareras y hoteleros de la Costa del Sol sí tienen una petición común para la administración: un plan de prejubilaciones que permita retirar a las trabajadoras de mayor edad sin merma de su pensión. «Como el de los mineros», dice Ana, que desea y teme a la vez la llegada de los turistas tras la pandemia. «La cosa va a ir a peor», augura Trini.

RTVE

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