Diablos venezolanos de Naiguatá tienen rostro de mar y voz de mujer

Los Diablos Danzantes de Corpus Christi, festividad religiosa católica en Venezuela que es sinónimo de color, alegría, cultura y tradición, son coordinados por 11 cofradías o hermandades, y solo una de ellas, la de Naiguatá, poblado pesquero del estado La Guaira (norte), permite a la mujer bailar al igual que el hombre.

Por Magda Gibelli Sánchez*

«Es la única cofradía que incluye a la mujer (en la danza de los diablos). Las demás deberían permitir que la mujer participe, porque la mujer siempre tiene un papel importante en todo», dijo a esta agencia Lesbia Urbina de 43 años, y quien desde hace 25 participa en esta actividad.

La celebración comienza el 2 junio y termina al día siguiente. Casi todo el pueblo se suma a la fiesta católica. Unos preparan comida, otros ayudan a alistar los atuendos de grandes y pequeños, y los que no, al menos se asoman por sus ventanas a verlos pasar.

NO ES UN DISFRAZ

Los diablos danzantes llevan un atuendo colorido de pantalón, franela manga larga, y alpargatas con una cruz, estas últimas cocidas en el propio pueblo.

«Esto no es un disfraz, es un traje muy importante con el cual cada uno de nosotros paga una promesa», explica con énfasis uno de los diablos de la cofradía.

La ropa es pintada a mano con figuras geométricas multicolores, y en la parte trasera de las franelas cada uno exhibe una ilustración particular, como imágenes de Jesucristo, animales, cantantes famosos y personajes de películas, entre otros.

El rostro va cubierto con una tela que está cocida a la máscara, como si fuese el cuello de ella, para permitirles moverlas cuando llega el momento de la danza.

Aunque en este momento las máscaras representan a múltiples personajes, inicialmente se realizaban en base a animales de mar y corral, que representaban el sustento de la población en 1655, cuando comenzó la tradición.

No todo el mundo puede utilizar estos trajes, solo lo hacen quienes pagan alguna promesa a cambio de un favor concedido, los demás solo apoya y observa.

La participación de la mujer es natural para los residentes de Naiguatá, quienes desaprueban que otras cofradías limiten su participación, comparándolas con relatos sobre sirenas o alegando que la danza se transformaría en algo erótico.

«Es muy bonito que la mujer se incorpore a esta danza porque ¿qué más que la mujer y el hombre?, la mujer debe estar en todas las danzas», señaló Luis Escobar de 53 años, quien desde hace 47 celebra los diablos danzantes.

Nadie sabe con precisión cuándo las mujeres comenzaron a participar de la danza, aunque la mayoría de las consultadas por esta agencia contaron que llevan unos 30 años bailando.

DANZA

Los pobladores explican que la celebración de los diablos danzantes fue una creación de indígenas y esclavos africanos que en secreto y por separado rendían culto a sus dioses para pedirles una buena cosecha bailando con tambores, maracas y comida, por lo que la Iglesia Católica en su intento por atraerlos incorporó la danza al día del Corpus Christi, en honor al Santísimo Sacramento.

Todo comienza con el sonido del tambor. Los diablos ya vestidos empiezan a bajar desde empinadas calles y escaleras hacia la plaza central. Antes de la pandemia recorrían todas las calles del pueblo.

El «cajero», como se le conoce al percusionista, dicta el ritmo de la danza. Los diablos entran en trance y el tambor y las campanillas que cuelgan en sus caderas se unen. En Naiguat, no ensayan, ni tienen el mismo compás, solo se dejan llevar.

«Danzar es algo inexplicable, parece como si te transportaras con el sonido de la caja, eso es algo emocionante», dice Janeth Mustiola Merentes.

Las palabras de Merentes y sus ojos iluminados cuando intenta explicar lo que siente al bailar con el traje de diablo se repiten en cada uno de los danzantes consultados por Sputnik. «Euforia», «inolvidable» y «divino» son las palabras que más repiten.

En el ardiente sol del mediodía, ahí a pocos kilómetros de la playa, los diablos se arrodillan ante la voz del cura, quien con la puerta cerrada y asomado desde una ventanilla implora por el fin del mal.

Desde allí, gateando o arrastrándose llegan a la puerta del templo católico donde permanecen unos minutos hasta que se levantan y vuelven a la danza.

Es común ver a muchas madres y padres llevar de la mano a sus pequeños a cumplir una promesa, y danzar con los diablos, una festividad que no solo atrae a católicos

Si de algo se sienten orgullosos los residentes de Naiguatá es de que su tradición, reconocida en 2012 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, se preserva en el tiempo.

*Sputnik

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