EDITORIAL.- Coherencia, seña de identidad de la izquierda

Vivimos tiempos de elevada hipocresía política, de neoliberalismo salvaje donde todo vale para ostentar el poder. Lo hemos experimentado en gran parte de la América Latina aún dependiente del imperialismo, en muchos Estados europeos, sin ir más lejos  en España, donde la derecha con varias etiquetas pero igual de neoliberal y cada vez con más tintes fascistas se vende con un descaro que causa vergüenza ajena. Levantando el viejo discurso franquista de la unidad de España y sus enemigos. Una España que olvidan cuando ostentan el poder regalando los recuro públicos y los sectores rentables de la economía del estado a emporios capitalistas que devuelven el favor con prestaciones corruptas.

Por ello, como ciudadanos, nos debe preocupar la coherencia de nuestros representantes políticos y estar vigilantes al respecto.

Hablar de  coherencia, en cualquier campo de la vida, es hablar de la verdad. Al menos, es así como se considera empíricamente, en el terreno lingüístico y filosófico.

Y  es así,  que esta “teoría de la coherencia”, desde Hegel a Russell,  se ha venido trabajando en el pensamiento, con diversas versiones o puntos de vista pero, en general, considerada como  cohesión de un conjunto específico de proposiciones o creencias.

En la de los representantes elegidos por los ciudadanos, o aquellos que, de una manera u otra, gestionan  destinos políticos en cualquier área de la sociedad, es donde el término cobra realmente una proyección, cuando menos, esencial por sus consecuencias.

Hay que descender a ese plano de la persona indeterminada, del sujeto político que tenga que ser, y no a la globalidad de la política, porque no existe un centro de conciencia total de toda la temática existente.

A esa escala, la conciencia de muchos problemas es insuficiente y discontinua en la cúspide del sistema, ya que son muchos los colectivos  e individualidades que intervienen e interactúan. De tal modo que, salvo en las grandes líneas globales, muchas veces no podemos hallar coherencia, en el sentido profundo de la palabra.

Las personas inmersas en cualquier área de gestión política, desde la izquierda marxista, real, anticapitalista, o la que se llama a sí mima progresista, deben llegar a ella con sus presupuestos ideológicos y políticos bien claros y definidos, debidamente transmitidos a los ciudadanos, y actuar en esa solvencia con ello. No permitir que determinados contextos,  algunas inercias o dinámicas exógenas lo lleven a actuar de otra manera diferente, haciendo romper incluso sus propias estructuras éticas.

No es nada bueno que los ciudadanos tengan la sensación de que sus representantes y gestores políticos por la izquierda son incoherentes, o lo que es lo mismo, que incumplen lo que prometen, que no son fieles a sus recados preelectorales cuando, más tarde, ostentando parcelas de poder, se olvidan en parte o totalmente de los mismos.

Y no lo es porque produce desencanto en el propio sistema democrático y dudas que generan abstencionismo, ausencia de participación, necesaria para que la democracia avance a niveles de cohesión social evitando la tentación fascista en auge en el mundo que vivimos.

Por ello, es criticable la incoherencia de aquellos que se mueven en ambigüedades de comportamientos, en actitudes confusas e inconexas. Pero, también hay que saber comunicar que esa no es la realidad generalizada.

No es una conducta generalizada desde la que podamos sentirnos decepcionados de las propias estructuras democráticas, mejorables sin duda alguna, desde el mecanismo de reparto de escaños hasta la participación más directa del pueblo en los asuntos del Estado.

Hay que tener cuidado con los extraños pactos, las tentaciones de tocar poder en alianzas antinaturales. Las mujeres y hombres de izquierda no deben nunca transigir en sus presupuestos esenciales_ la construcción de una sociedad sin explotadores y explotados debe ser su fin estratégico.

Hay incoherentes y coherentes porque hay personas y personas e ideologías distintas, incluso antagónicas. Igualmente, los grados de desorden entre principio y final de un determinado comportamiento político, son distintos, porque hay leves discordancias entre palabra y acto, superables -aunque no ajenas a la crítica constructiva-; y graves desatinos que hacen que la incongruencia de un determinado representante político tenga consecuencias relevantes y muy negativas para la necesaria unidad de pensamiento – acción; mensaje y actuación, y para la motivación ciudadana.

La coherencia es, por tanto, el alma de un líder o gestor político de izquierda, en toda su trayectoria; forma parte de su personalidad individual y pública.

Las mujeres y hombres de izquierda no deben nunca transigir en sus presupuestos esenciales: el control de lo público sobre lo privado especialmente en las áreas económicas que afectan a los derechos humanos.

Y es que, como escribió el filósofo francés, Gabriel Marcel, cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive.

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