EDITORIAL.- Cultura y progreso

Con las penurias económicas del contexto adverso que vivimos, agudizadas  por una pandemia sin fecha aún de finalización, vuelve a suscitarse el viejo debate acerca de la hermana pobre en todos los presupuestos de los Estados: la cultura.

En 2020 la economía de la cultura y la creatividad europea alcanzó una perdida acumulada de 199.000 millones de euros. y fueron las artes escénicas (-90%) y la música (-76%) las más afectadas.

Según el estudio Recostruyendo Europa: la economía cultural y creativa antes y después de la COVID-19, presentado por Marc Lhermitte, responsable de Ernst&Young, las Industrias Culturales y Creativas (ICC) se han visto más afectadas que la industria del Turismo y casi tanto como la industria del Transporte aéreo.

Es necesario acometer una breve lectura sobre su verdadera amplitud, de importancia, para poder valorar las decisiones políticas relacionadas con este pilar esencial de la sociedad.

Y es que, en la actualidad, sigue existiendo una enorme variedad de significaciones en torno al concepto. Desde los que consideran que cualquier manifestación colectiva festiva es cultura, hasta los que consideran que determinadas artes son elitistas y, por tanto -siempre desde esa pobre y absurda perspectiva de pensamiento subdesarrollado-, deben ser desprotegidas del apoyo público –ignorancia descomunal-.

El término proviene del latín cultus; por la mitad del siglo XVI,  adquiere una categoría equivalente al cultivo de cualquier facultad. El Siglo de las Luces es la época en que el sentido figurado del término como «cultivo del espíritu» se impone en amplios campos académicos. Lo vemos en el Dictionnaire de l’Academie Française de 1718.

El término, considerado en su dimensión universal actual, viene a suponer, para amplios sectores científicos, el desarrollo de la capacidad intelectual producido por el conjunto de las diferentes manifestaciones y que contribuye a la formación del conjunto de valores, percepciones, deseos y comportamientos esenciales que los miembros de la sociedad aprenden de la familia y otras instituciones sociales. En su sentido amplio se refiere a la herencia social íntegra de la humanidad. El análisis del fenómeno cultural, por tanto,  ha de ser enfocado como una ciencia interpretativa en busca de significaciones pero lejos de explicaciones populistas u oportunistas.

Para  Rousseau, la cultura es un fenómeno distintivo de los seres humanos, que los coloca en una posición diferente a la del resto de animales. La cultura es el conjunto de los conocimientos acumulados por la humanidad a lo largo de su historia. Kant apuntó que  el cultivo del arte y la ciencia nos civiliza y refina nuestros comportamientos sociales.

La  cultura, también es un proceso universal que incluye a todos los pueblos, incluso a los más atrasados en la línea de la evolución social. Para la UNESCO la cultura permite al ser humano la capacidad de reflexión sobre sí mismo; a través de ella, el hombre discierne valores y busca nuevas significaciones.

Con este repaso objetivo del sentido de la locución “cultura”, es difícil entender los recortes económicos desde la administración pública a manifestaciones culturales como la ópera, la música sinfónica, la coral,  o el cine, la literatura, las artes plásticas y escénicas, mientras se le da continuidad al dispendio desenfrenado a  fiestas, fuegos artificiales, carnavales, eventos religiosos –envueltos en un irracional fanatismo -, etc.,  a los que colocan, sin meditación alguna, dentro de las parcelas de la gestión cultural. Últimamente, incluso, hay sectores que pretenden situar el abominable espectáculo de sangre y muerte de la lidia de toros en la escala cultural.

Los esperpentos festivos, a los que se destinan cantidades millonarias de los presupuestos públicos, a sabiendas de que en su desarrollo se fomentan vicios, detestables hábitos y toda clase de comportamientos de peor enjundia, no pueden ni deben ser elevados a la categoría de cultura. Pues aquellos acontecimientos que aportan intelecto, valores cívicos y de crecimiento integral a los individuos están ausentes en esos sumideros de alcohol, drogas y desmadres propios de las bacanales romanas. El gestor político de la cultura, no debe descender a la frivolidad y el ridículo,  por populachero, en la gestión de los recursos públicos. Hay que promover el avance progresista de la sociedad y la cultura es una herramienta poderosa para ello.

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