La venganza de Fu-Man-Chu

Cuando éramos niños y nos movíamos en la ciénaga franquista, el nacionalcatolicismo imperante distribuía prejuicios a gogó sobre cualquier persona, agrupación, nación o fenómeno cultural que considerara enemigo de su España “una, grande y libre”, eslogan que recitaban con gran altanería y cuyo eco profundo, como vamos comprobando a diario, ha llegado hasta nuestros días.

Por Alfonso Durán Pich*

*https://www.alfdurancorner.com

Entre la multitud de memeces que ponían a nuestra disposición, hay dos que guardo cuidadosamente en mi baúl de recuerdos. La primera corresponde a los tebeos de aventuras que circulaban, donde los “buenos” (matones encubiertos) eran Roberto Alcázar, el Hombre Enmascarado y el Guerrero del Antifaz, y los “malos” (más difusos) eran los musulmanes y sobre todo el perverso y satánico Fu-Man-Chu, un oriental que capitaneaba una banda de asesinos (todos amarillos) que se llamaban “dacoits”.

La otra memez derivaba de una jornada que se celebraba cada año en la hipercatólica España y que llevaba (y todavía parece que lleva) el calificativo de “Domund” (domingo mundial de las misiones), en la que se promovía el “espíritu misionero”. La deriva consistía en que ese día, año tras año, en nuestro colegio religioso nos distribuían por las calles para que recogiéramos papel de plata (el envoltorio de las golosinas), papel con el que formábamos bolas que luego entregábamos a los religiosos. Y cuando tímidamente preguntábamos que hacían con todo ello, nos contaban, ante nuestra contenida sorpresa, que “eran para los chinos”.

Pues no está mal como resultado lo que han dado de sí nuestras bolas de papel de plata. Nunca en la historia económico-financiera se había alcanzado un retorno sobre la inversión de esta naturaleza.

Y es que aquel enorme y alejado país que sufrió en paralelo una guerra civil y otra con el invasor japonés, que hizo una “larga marcha” liderada por Mao Tse Tung, que expulsó a los nacionalistas de Chiang Kai-Shek, que unificó territorios bajo el nombre de República Popular, que impuso una dictadura de corte estalinista, que sacudió al mundo con su “revolución cultural”, y que en 1978 (tras la muerte de Mao) hizo un cambio radical en su enfoque económico, se halla hoy en condiciones de compartir hegemonía con la superpotencia norteamericana.

Tengamos en cuenta que el Partido Comunista Chino nació hace cien años y cuando en 1949 alcanzó el poder absoluto, el país se hallaba en una situación de pobreza extrema, con una economía agraria que no cubría las necesidades mínimas. Las hambrunas y las devastaciones naturales formaban parte de la normalidad. Mao se ciñó durante su mandato a los principios económicos del comunismo más ortodoxo. A su muerte en 1976 el PIB per cápita de China era inferior al del Chad. Hay que preguntarse como este enorme país, en extensión territorial y en población, fue capaz de tal gran transformación, en un período de tiempo relativamente corto.

En 1978 y de forma gradual se implantó un nuevo modelo en el que la política continuaba siendo de partido único (el Partido Comunista Chino) y la economía se adecuaba a los patrones del Capitalismo occidental. Lo etiquetaron como “economía socialista de mercado”, lo que a primera vista podía parecer un oxímoron.

Las reformas se iniciaron en el campo (con la sucesiva desaparición de las granjas colectivas), y luego en la industria, abierta a la inversión extranjera. Los agricultores tenían que ceder una parte de sus cosechas al Estado, pero podían vender el resto en el mercado libre, sin imponerles el precio. También podían cultivar según su criterio. El resultado fue espectacular. La década siguiente fue todavía más llamativa, con la tímida privatización de algunas empresas, la apertura a los emprendedores, el desarrollo de un sistema regulador y un plan proteccionista muy trabajado para defender la industria propia. Y aunque ciertos sectores estratégicos, como la banca y el petróleo, siguieron en manos del Estado, la orientación económica dio un vuelco espectacular. En el 2001 China entró a formar parte de la World Trade Organization y a mediados de la primera década del siglo XXI, el 70% del PIB correspondía al sector privado. En el período que va desde 1978 hasta el 2013, el crecimiento anual medio del PIB fue del 9,5%. Un record mundial sin precedentes.

El líder de este profundo cambio fue el veterano político Deng Xiaoping, compañero de armas de Mao desde los orígenes, formado en Francia y en la Unión Soviética en los años veinte, con una capacidad natural para dirigir los planes de comunicación del nuevo Estado. Un hombre duro, bregado en la lucha política, que consideró que la economía del país no podía seguir funcionando al modo tradicional. Deng tuvo siempre como referencia al líder del Singapur moderno (Lee Kuan Yew), que durante cuarenta años gobernó con mano de hierro un pequeño país, hasta hacer de él uno de los baluartes del poder financiero mundial. Deng era tan autoritario como Lee y admiraba la combinación de este último de una economía de alta intensidad con una democracia de mínimos. También pensaba, como Lee, que la afinidad de raza, cultura y lengua era la base de las relaciones de negocios.

Para situarnos hemos de asumir que la cultura china, en su base confuciana, siempre opera a largo plazo. La visión cortoplacista occidental, acelerada en los últimos años, no tiene cabida en aquel país. 

Las élites chinas optaron por el gradualismo y no por la radicalidad, tanto en el ámbito económico como en el político. El protagonismo en todo momento fue del Estado, que abrió más o menos el grifo de la libertad económica según su conveniencia. China era a principios de los setenta un país pobre (su renta per cápita en 1977 era de 185 $), por lo que las mejoras fueron muy bien recibidas por la población. Cuando se produjo el cambio en la URSS, China llevaba ya veintitrés años en su proceso de reforma. China fue capaz de conjugar su visión a largo plazo con planes específicos a corto, lo que puso de manifiesto una gran habilidad de gestión.

Uno de los grandes hallazgos de Deng fue la creación de “zonas económicas especiales”, donde la liberalidad era mucho mayor para las inversiones extranjeras y la presión burocrática más baja. Estas zonas se transformaron en los motores del desarrollo industrial chino, y lo siguen siendo. Otra de las decisiones importantes de Deng y de su equipo, fue dar mayor protagonismo a los entes locales, en un proceso centrifugado que dio excelentes resultados. Las bolsas de Shanghai y Shenzhen fueron creciendo hasta consolidarse y ofrecer fluidez al movimiento de capitales. Deng murió en 1997, pero su huella marcó para siempre la economía china. Él insistió siempre en que su modelo económico era “una economía socialista de mercado”, que no hay que confundir con una “economía social de mercado”.

China es en la actualidad la segunda economía del mundo, con una proyección a ser la primera en breve. Tiene superávit por cuenta corriente y un patrimonio financiero de primer orden. Invierte selectivamente, sobre todo en África. Hay corrupción, pero es una corrupción controlada. Ha sufrido la pandemia pero la ha gestionado satisfactoriamente. Desde que el liderazgo es de Xi Jinping, que pretende reproducir la gestualidad carismática de Mao, parece que se ha producido un cierto retroceso en la liberalización económica, con mayor intervención de las células del partido en la gestión de las empresas.

Hay que esperar y seguir de cerca el tránsito de la República Popular China y de su modelo “autoritarismo político-capitalismo de mercado”. Otros países del sudeste de Asia (como Vietnam) lo están aplicando también con éxito. Es un capitalismo sin democracia, pero también sin ocultamiento. Si revisamos las variedades que se dan en la práctica del capitalismo neoliberal, nos daremos cuenta de que muchas veces la democracia también está ausente.

Para muchos de nuestros conciudadanos, los chinos son simplemente unos tipos que tienen unos restaurantes donde la higiene no es el reclamo principal y unos bazares donde se puede encontrar de todo. De nuevo los estereotipos. No nos confundamos. Pertenecen a un país que está dando lecciones a Occidente en muchos ámbitos y cuyos proyectos de futuro son mucho más sólidos e ilusionantes que los del mundo liberal-conservador.

Vamos a darle un titular a la prensa canallesca madrileña: Es la venganza de Fu-Man-Chu.

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