La opacidad sobre la salud de Bolsonaro, asunto de Estado en Brasil

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, fue hospitalizado el miércoles, y este jueves se decidirá si debe someterse a una «operación de emergencia», después de que se le detectara una obstrucción intestinal, según el Gobierno. Pero la información sobre el estado de salud del líder del país se divulga a cuentagotas, y a veces ni siquiera eso.

Por Joan Royo Gual*

Uno de los hijos del presidente, el senador Flávio Bolsonaro, confesaba esta misma tarde que el presidente ya estuvo en el hospital el sábado, debido a una crisis de hipo persistente. En ese momento, el Gobierno no lo comunicó.

El año pasado, en los primeros meses de la pandemia, Bolsonaro se negó a mostrar los test de covid-19 a los que se había sometido, movilizando incluso a la Abogacía General de la Unión en defensa de «su intimidad, vida privada, honor e imagen».

El mandatario repetía constantemente que el resultado de las pruebas era negativo y que con su palabra era suficiente, no había que probar nada más. Al final, la Justicia reconoció que los brasileños tienen derecho a conocer su estado de salud y le obligó a divulgar los test, que finalmente sí eran negativos, aunque estaban con pseudónimos.

Bolsonaro contrajo el covid-19 meses después, pero no mostró el test de confirmación, lo que llevó a algunos a tejer teorías de que el anuncio del contagio sería un falso pretexto para divulgar las bondades de la cloroquina, el medicamento sin eficacia comprobada para el covid-19 del que el presidente es un entusiasta.

Las notas oficiales divulgadas por el Gobierno sobre la salud del presidente suelen ser muy escuetas y con escasos detalles; en ocasiones, el propio Bolsonaro prefiere canales de comunicación informales, como las habituales conversaciones con sus simpatizantes, para informar sobre su estado de salud.

LA PUÑALADA DE 2018

La falta de transparencia y el uso político de la salud de Bolsonaro se remontan a tiempos anteriores a su llegada a la presidencia. Cuando sufrió la puñalada en el abdomen en la campaña electoral de 2018, usó la convalecencia como argumento para no asistir a los debates de televisión en los que iba a enfrentarse con el resto de los candidatos.

En ese momento argumentó que tenía que recuperarse, pero en cambio no tuvo problemas para dar entrevistas para cadenas afines, como la Record. Esa actitud le valió críticas de cobarde por parte de opositores y alimentó teorías de conspiración sobre la veracidad de la puñalada.

Este mismo miércoles, aun estando hospitalizado, Bolsonaro volvió a usar con fines políticos el atentado que sufrió hace tres años. El presidente recordó que Adélio Bispo, el presunto atacante, era un «antiguo afiliado» al Partido Socialismo y Libertad (PSOL), el «brazo izquierdo» del Partido de los Trabajadores (PT).

La policía concluyó que Bispo tenía graves trastornos mentales y actuó sólo, sin el encargo de nadie, pero Bolsonaro sigue insinuando que la izquierda le usó para intentar matarle. Cuando la policía descartó esa posibilidad de forma tajante, el mandatario podría haber recurrido y pedir más indagaciones, pero no lo hizo. La puñalada se convirtió en un elemento más para tensionar el debate político.

PRECEDENTES TRAUMÁTICOS

En los últimos meses, Brasil siguió con todo lujo de detalles el cáncer del que fuera alcalde de São Paulo, Bruno Covas, que acabó falleciendo en mayo, y de forma similar ocurrió cuando padecieron esta misma enfermedad los expresidentes Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) y Dilma Rousseff (2011-2016). En cambio, con Bolsonaro muchas veces la información sobre su salud siempre llega tarde y mal.

Los brasileños están acostumbrados a sospechar cuando un presidente enferma. Aún pervive en el imaginario popular el trauma provocado por la muerte de Tancredo Neves, que escondió su enfermedad y murió en 1985 sin llegar a tomar posesión como presidente. Décadas después aún se especula sobre la verdadera causa de su fallecimiento.

*Sputnik

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