EDITORIAL.- Cuba y la democracia

Los acontecimientos que se están desarrollando en Cuba con movilizaciones sospechosamente masivas y coincidentes con tumultos de igual o similar  factura y con crisis políticas sorpresivas e inesperadas que han tenido lugar en Nicaragua, Venezuela o Haití, deben ser analizados con sumo cuidado a la hora de fijar posición frente a una opinión pública frecuentemente desinformada en el marco de ofensivas mediáticas en las cuales las noticias falsas constituyen una herramienta central para garantizar el torvo cometido de manipular a las audiencias.

En efecto, recientemente se han desatado en Venezuela acciones criminales de bandas de delincuentes armados que procuran instalar la sensación de que el Estado venezolano es impotente  para lidiar con el delito y el crimen callejero, todo ello de cara a unas próximas elecciones generales que le renovarían al PSUV gobernante la legitimidad popular con que sigue contando a pesar de los intentos por desestabilizar el país.

En Nicaragua, por su parte,  hay elecciones presidenciales el 7 de noviembre de este año y todos los sondeos están indicando una preferencia abrumadoramente mayoritaria por el actual presidente Daniel Ortega que va por repetir su mandato con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

En Haití, no es posible soslayar que el asesinado presidente Jovenal Moise, cuya administración venía siendo denunciada por actos de corrupción, pretendía, no obstante, llevar adelante reformas heterodoxas que afectaban intereses de las familias ricas del país. Con el agregado de que la presencia norteamericana en la política de Haití es tan vieja como la historia misma de ese país. Así, ha trascendido que entre el personal operativo que dio muerte al Presidente había dos mercenarios norteamericanos que, al ser indagados luego por el juez haitiano Clement Noel se negaron a referir quién o quiénes habían financiado y organizado el operativo. Se trata de los mismos mercenarios que, al ingresar a la residencia de Moise dijeron ser «agentes de la DEA».

En este marco, no es un secreto para nadie que Cuba y su revolución socialista constituyen un obstáculo cuya remoción se torna imprescindible para los Estados Unidos si lo que pretenden es continuar manteniendo a América Latina en su esfera de influencia para librar con éxito, en los próximos años, su enfrentamiento con el bloque euroasiático.

Cuba ha dado muestras de independencia y soberanía frente a las pretensiones hegemónicas de las sucesivas administraciones estadounidenses durante más de sesenta años, al tiempo que sus logros en materia científica, sanitaria, médica y educativa se erigen en un ejemplo de lo que puede realizar con éxito una economía planificada al servicio de las mayorías populares y lejos de las reglas del «mercado» como distribuidoras de bienes y servicios, que esa es la ortodoxia económica que Estados Unidos querría ver extendida a toda la región.

Y no hay que dejar de señalar que Cuba y las empresas cubanas no pueden comprar en el exterior ni alimentos ni medicinas debido al bloqueo económico y financiero que Estados Unidos mantiene sobre la isla, lo cual constituye un crimen de lesa humanidad en la medida en que afecta, masivamente, la vida y la salud de la población.

En Cuba hay carencias derivadas de esta anómala situación que se ven reflejadas, principalmente, en la escasez de alimentos y de medicinas, indispensables, estas últimas, para salvar vidas. El bloqueo a la isla es la causa inmediata de esta situación, aun cuando nada de esto  impide conjeturar que en Cuba, como en cualquier país, puedan existir defectos de gestión y errores de planificación imputables sólo a los cubanos pero que sólo los cubanos deben resolver.

El punto central, si de Cuba se trata, es que el descontento del pueblo, allí, ni es masivo ni está referido al sistema social en el que viven. En Cuba hay libertad de expresión para todo menos para organizar, con dinero proveniente de Miami, bandas de «disidentes» que procuren volver a un sistema «democrático» donde los derechos son para los que tienen dinero y los pesares de la vida los soportan, sempiternamente, los pobres, los trabajadores y los excluidos de la política y del «mercado».

En este sentido, se torna imperioso el apego estricto a los principios de autodeterminación y no injerencia que, junto al de resolución pacífica de las controversias y vigencia irrestricta de los derechos humanos, sociales y culturales, dan cuerpo y sustancia a la Carta de las Naciones Unidas.

Ya no llama la atención pero resulta inadmisible que, en ese foro mundial, que año a año condena el bloqueo criminal sobre Cuba, sólo voten en contra Estados Unidos e Israel y algún satélite de ocasión, mientras que la abrumadora mayoría de las naciones del mundo clama por el levantamiento de esa política criminal, inmoral, injusta e ilegal.

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