Cuando los cubanos detuvieron, con sus MiG-23, la agresión del ejército sudafricano contra Angola

La guerra fronteriza de Sudáfrica fue uno de los capítulos menos conocidos de la Guerra Fría, en el que pilotos voluntarios cubanos participaron con gran éxito, logrando generar un giro inesperado al conflicto a los mandos de sus aviones MiG-23.

La Guerra Fronteriza de Sudáfrica, también conocida como la Guerra de Independencia de Namibia, fue una serie de enfrentamientos asimétricos en Namibia, Zambia y Angola entre 1966 y 1990. Tuvo lugar entre el Ejército de Sudáfrica (bajo el régimen del apartheid), el Ejército Popular de Liberación de Namibia (PLAN) y la Organización del Pueblo de África del Sudoeste (SWAPO). Durante el conflicto, se libraron algunas de las batallas más grandes vistas en el continente africano desde la Segunda Guerra Mundial.

Después de sufrir una serie de derrotas a manos de un ejército sudafricano mucho mejor entrenado, el liderazgo angoleño contó con la ayuda de la amiga Cuba. Los cubanos habían sido conocidos desde conflictos anteriores de la Guerra Fría como una fiera espada de comunistas en puntos de crisis donde la URSS chocaba con Estados Unidos y sus satélites. El líder cubano Fidel Castro prometió ayuda y muy pronto aparecieron los MiG cubano en el cielo angoleño. La tarea de los pilotos era detener la penetración del ejército sudafricano atacando objetivos terrestres y estableciendo el dominio aéreo.

Siguiendo un procedimiento rápido, un escuadrón de pilotos al mando del coronel Armando González fue entregado desde La Habana a Angola por un avión de transporte Il-62M. Si los Mirage sudafricanos (cazadores de origen francés Mirage) pudieron imponerse a los cazas angoleños MiG-21, todo cambió con la llegada de los aviones cubanos. El MiG-23 se apoderó de los cielos de Namibia en cuestión de meses. Septiembre de 1988 fue especialmente negro para las fuerzas sudafricanas. Después de varios enfrentamientos sobre Namibia, los cubanos lograron derribar varios aviones sudafricanos Mirage F1A3, tras lo cual la superioridad aérea pasó completamente a sus manos. Ni un solo MiG cubano fue derribado en los enfrentamientos, y los pilotos sudafricanos recibieron instrucciones de evitar combates con ellos.

Simultáneamente con el establecimiento del control del espacio aéreo, comenzaron a producirse ataques contra las fuerzas terrestres sudafricanas. Entre los primeros objetivos se encontraban las columnas de transporte.

“Los MiG nos bombardean todos los días, arrojan decenas de bombas y no tenemos nada con lo que defendernos. Durante los ataques, dejamos las posiciones y nos escondemps en refugios temporales, donde nos quedamos hasta que los MiG regresen a sus aeropuertos”, escribió uno de los soldados sudafricanos.

MiG-23

MiG-23.

El 13 de enero, las fuerzas terrestres sudafricanas lanzaron una ofensiva decisiva contra las posiciones del ejército angoleño. Lanzaron el ataque con tiempo lluvioso, esperando evitar que los cubanos volaran, además de bombardear continuamente la base aérea de Menonge con armas de artillería, desde donde despegaban. Pero los cálculos que habían hecho fallaron a los sudafricanos. El coronel Trujillo comenzó a bombardear posiciones enemigas. Durante la misión aérea, su escuadrón realizó 23 vuelos y arrojó 44 toneladas de bombas y misiles sobre los sudafricanos. Los ataques resultaron en la destrucción de veinte vehículos de combate enemigos, incluidos siete tanques Olifant pesados. Pero aquello era sólo el comienzo.

El 16 de enero, durante un vuelo de reconocimiento, el coronel Trujillo divisó un Olifante solitario al sureste de Cuito Cuanavale (en el sur de Angola). Siguiendo su ruta descubrió una gran cantidad de equipos de combate enmascarado. Seis horas después, un grupo de MiG cubanos llevó a cabo un poderoso ataque con bomba que sorprendió al oponente completamente desprevenido. Después de los primeros ataques aéreos, una columna de humo de 300 metros de altura se elevó en el aire, que se pudo ver desde una distancia de varios kilómetros.

El 14 de febrero, llegó un momento crucial cuando las fuerzas sudafricanas hicieron un gran avance sobre el terreno. Solo la intervención de los cubanos logró estabilizar la situación en el frente. Los pilotos cubanos realizaron 35 salidas de combate y bombardearon al ejército invasor sudafricano en sobrevuelos. El ataque nocturno del ejército sudafricano también fue rechazado con su ayuda.

Las armas más peligrosas de los sudafricanos eran los obuses G-5 y G-6, que podían disparar contra objetivos a 60 kilómetros de distancia. El 26 de febrero, el coronel Trujillo avistó una de estas baterías cerca del río Chambinga, al que siguió un bombardeo masivo de la zona. Después de este suceso, como recuerdan los artilleros sudafricanos, el bombardeo de obuses se volvió muy limitado y solo se llevó a cabo cuando no había cazas cubanos en el cielo.

Durante los intensos combates de enero a marzo de 1988, los MiG cubanos realizaron más de 1.200 vuelos de combate, lanzaron 358 toneladas de bombas y dispararon 4.000 misiles. 700 soldados sudafricanos murieron en los ataques y se destruyeron 70 equipos militares. Durante toda la intervención, la fuerza aérea cubana perdió un total de 9 cazas MiG-23, ninguno de los cuales fue derribado en combate aéreo. La Guerra Fronteriza de Sudáfrica pasó a la historia como el capítulo más exitoso en el uso de combate de estos aviones.

RBTH

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