EDITORIAL.- El crecimiento económico infinito: la lenta agonía

La machacona maquinaria publicitaria del sistema nos tiene acostumbrados al crecimiento como eje económico sustancial. Una progresión  lineal e ilimitada en un planeta finito, es, de facto, una secuencia destructiva e irracional basada en el consumo desaforado de toda clase de productos, útiles o superfluos.

Aunque la pandemia mundial  provocó en los primeros meses de 2020 una notable disminución de las emisiones de CO2, desde el 1 de enero de 2021 se ha producido un aumento del 6,6 % en la huella ecológica global. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y los desastres naturales son algunos de los efectos que ya ha dejado este ritmo frenético de consumo.

El informe Planeta Vivo de WWF muestra un descenso del 68% en la población de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces desde 1970 hasta 2016. Asimismo, son diversos los estudios que alertan en los últimos años del aumento de las catástrofes naturales como incendios e inundaciones, además de temperaturas récord en diversos puntos del planeta. La última de estas investigaciones pertenece a un grupo de científicos estadounidenses, que han alertado a través de la revista BioScience sobre la necesidad de paliar la sobreexplotación humana. 

En 2021 estamos consumiendo como si viviésemos en 1,75 Tierras.

El mito del desarrollo ilimitado se fundamenta en la creencia de unos recursos naturales eternos y el resultado es la deforestación, la desertización, el calentamiento del planeta, la lluvia ácida y la situación de injusticia y de pobreza en el mundo. El sistema, como norma, como fundamento es agresivo, y despiadado con el  individuo que  ponga en peligro su existencia. Es necesaria la “Revolución Ecológica”, que reclama Raúl de la Rosa en su libro del mismo título. Según el autor,  la contaminación del planeta, la de nuestros cuerpos y mentes es consecuencia de lo que consumimos.

La civilización actual se muestra igual que un cáncer pues trata de destruir al organismo que la sustenta y le da vida, como es el propio planeta y proviene del consumo desaforado y equivocado, generado por la presión de una información manipulada por espurios intereses.

Frente a ese modelo, hay otro, que se silencia desde los poderes y que sin embargo, se corresponde más con la naturaleza posible y equilibrada entre el hombre y los recursos naturales. Un camino alternativo lo constituye como apunta Carlo Taibo, profesor de Ciencias Políticas de la UAM, la clausura de algunos sectores, como la industria del automóvil, la construcción, la militar y  la publicidad.

La tesis parte de la necesaria catarsis en la sociedad actual, del predominio de la vida social sobre la primacía  de la producción, el consumo y la competitividad; el ocio creativo frente al vinculado al dinero; el reparto del trabajo;  el establecimiento de una renta básica a la ciudadanía que permita hacer frente a los problemas que puedan derivarse de la aplicación del nuevo modelo. En definitiva, se trata de la recuperación de valores anulados, rescatando a un individuo sumiso en el capitalismo salvaje, que ha desmantelado el estado de bienestar y aniquilado  la biodiversidad, hacia una nueva era. 

Se trata de una problemática interclasista, aunque es la clase capitalista la que impide cualquier cambio por su pensamiento irracional basado en el fin de lucro. Por eso, los Gobiernos progresistas deberían constituirse en la vanguardia de este cambio de paradigma.

Si no lo hacemos la vida humana en el planeta en el que vivimos tendrá un catastrófico final.

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