Afganistán, rumbo a un Estado fallido

Afganistán ha tomado ya, casi irremediablemente, el camino para convertirse en un Estado fallido, minado por los efectos de la guerra civil y el extremismo yihadista.

Por Francisco Herranz*

El talibán, un movimiento proscrito en Rusia por terrorista, busca legitimidad internacional, pero su nula experiencia en la gestión política diaria, sumada a la profunda crisis económica que atraviesa Afganistán, presagia la llegada de negros nubarrones.

«Esperamos ser reconocidos por los países del mundo como el gobierno representativo legítimo del pueblo de Afganistán, que ha ganado su derecho a la autodeterminación de una ocupación extranjera con el respaldo y el apoyo de toda la nación, después de una lucha prolongada e inmensos sacrificios, a pesar de todas las probabilidades en contra de nuestra gente», dijo el líder talibán Abdul Qahar Balkhi.

Sin embargo, de hecho, Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos son los únicos países que, en el momento de escribir estar líneas, han aceptado la autoridad de los talibanes, quienes han ido dilatando la formación de su nuevo Gobierno, que se enfrentará a retos titánicos.

POSICIONES DIFERENTES

Según Sajjan Gohel, director de Seguridad Internacional de la Fundación Asia-Pacífico, un grupo de expertos en evaluación de políticas que monitorea las amenazas geopolíticas emergentes, existen tres tipos de actitud hacia Afganistán entre los miembros de la comunidad internacional.

Una es la de los países que buscarán vías para legitimarlos. «El caso más obvio es Pakistán, pero ahí también están Turquía, China, y Rusia. Es cierto que Rusia está retirando a sus ciudadanos, pero eso podría ser una medida temporal». Otro es el de países como India, «que no parecen dispuestos a reconocer a los talibanes en el corto o medio plazo». La tercera opción es la de Europa y Estados Unidos «que mantienen la puerta abierta a un reconocimiento», a pesar de que el grupo defiende valores radicalmente opuestos a los occidentales.

PROPUESTAS DE UN GOBIERNO INCLUSIVO

Los vecinos de Afganistán, es decir, Pakistán, China, Irán y Rusia, a través de sus naciones aliadas de Asia Central, han estado presionando a los talibanes para que formen un gobierno inclusivo, donde todas las etnias y minorías religiosas afganas estén adecuadamente representadas.

Estos países han mantenido estrechos contactos con ellos, pero advirtieron que cualquier intento de gobernar exclusivamente esta nación, devastada por el conflicto, solo prolongará la guerra civil en el país y amenazará la seguridad en la región.

Islamabad, Moscú, Pekín y Teherán parecen estar dispuestos a trabajar con los talibanes siempre que estos cumplan sus promesas.

«Esperamos que Afganistán forme un gobierno abierto, inclusivo y ampliamente representativo, que adopte políticas internas y externas moderadas y prudentes, y se ajuste a las aspiraciones de su pueblo y las expectativas comunes de la comunidad internacional», dijo el portavoz del Ministerio chino de Asuntos Exteriores de China, Wang Wenbin.

«China está dispuesta a seguir desempeñando un papel activo en la promoción de la paz y la reconstrucción en Afganistán y ayudando a la nación a mejorar la capacidad de lograr el autodesarrollo y mejorar los medios de vida de las personas», dijo Wang.

La opinión del Gobierno de China es muy significativa, porque no en vano representa a la voz de la potencia asiática por antonomasia.

CONSECUENCIAS DEL ÉXODO

No obstante, la fuga de cerebros asociada al éxodo de la población, que teme los excesos de los fundamentalistas, ha dejado a Kabul sin suficientes recursos humanos cualificados. Además, Washington bloqueó hace semanas el acceso a los 9.500 millones de dólares en reservas que el Gobierno afgano posee en el exterior. Lo mismo hizo el Fondo Monetario Internacional (FMI) con unos activos de emergencia valorados en 460 millones de dólares.

Todo eso va a complicar mucho las fuentes de financiación de los talibanes, quienes seguirán aprovechando los pingües beneficios que les reporta el tráfico de opio. La producción y venta de estupefacientes ilícitos son la mayor industria del país, a excepción de la guerra.

Las listas negras, la segregación por sexo en las escuelas y el cierre de periódicos son ya hechos incontestables. Los indicadores económicos son pésimos. La moneda local – el afgani – costaba 80 unidades por dólar antes del triunfo militar talibán, ocurrido hace apenas 15 días. Ahora se cambia a 88 y ese valor seguirá subiendo a medida que se deteriore la situación.

Esta primera devaluación del 10 por ciento no hace más que presagiar una hiperinflación y el consiguiente descontento ciudadano. Los precios de la comida ya han subido un 50 por ciento y los de los combustibles, un 75. Las previsiones de caída del Producto Interior Bruto (PIB) para este año superan el 9 por ciento. Con los funcionarios sin recibir sus salarios, el colapso está a la vuelta de la esquina, adelanto de una catástrofe humanitaria. Naciones Unidas ya ha avisado que, si no mejora el panorama, uno de cada tres afganos pasará hambre en el plazo de un mes.

AHMAD MASUD

Los talibanes seguirán contando con el apoyo logístico de Pakistán, sobre todo, y de Arabia Saudí, en menor medida, las dos potentes naciones de mayoría musulmana que, en 1994, ayudaron a crear ese movimiento islámico radical, con el visto bueno, entonces, de Estados Unidos. También será esencial el papel de Catar, huésped de las negociaciones de paz que desembocaron en la precipitada evacuación militar estadounidense. Pero el futuro pinta muy mal.

Y en este calamitoso contexto, la última esperanza de Afganistán se llama Ahmad Masud.

Masud lleva pakol, un tradicional gorro plano, y tiene 32 años. Su padre fue asesinado por Al Qaeda (prohibida en Rusia) 48 horas antes del 11-S, cuando él tenía 12 años. Se ha criado en Afganistán, Tayikistán, Irán y Reino Unido. EEUU lo invitó a matricularse en West Point, pero él rechazó la oferta, y prefirió cursar estudios en la Real Academia Militar británica de Sandhurst.

Su padre, Ahmad Shah Masud, aguantó nueve ofensivas soviéticas en el valle del Panjshir, y después resistió el ataque de los talibanes, durante un lustro, sin apenas ayuda del resto del mundo. Así se ganó el apodo de «El León del Panjshir» (Panjshir significa en darí «cinco leones»). Masud fue declarado héroe nacional por el entonces presidente Hamid Karzai. Ahora, la lucha de su hijo, Ahmad, es aún más desesperada, si cabe.

*Sputnik

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