«Llevaré su nombre»: cómo es ser hija de un genocida narrado en primera persona

Cuando Analía Kalinec descubrió que su padre había formado parte del aparato represor de la última dictadura argentina (1976-1983) inició un largo proceso personal, primero de negación, luego de aceptación y finalmente de enfrentamiento. Un recorrido que deja plasmado en su libro recientemente publicado «Llevaré su nombre».

Narrado mayoritariamente en primera persona y en tiempo real, con registros de escritura de la autora de distintos momentos, el libro recopila cartas, mensajes, artículos de prensa y otros textos que acompañaron su proceso de más de diez años.

También incluye una demanda que su progenitor le inició en 2018 para declararla indigna de heredar a su madre fallecida.

En poco más de 300 páginas, la autora intenta contar, de la forma más fidedigna posible y principalmente a sus hijos y sobrinos, cuál es su historia y explicar por qué decide mantener el apellido de su padre.

«Es la historia que me toca, no la puedo desligar, entonces la asumo, asumo que tengo este nombre, asumo que esta es mi historia y trato de hacer algo a contrapelo de eso (…) y es también un posicionamiento político, que es decir que es desde esta condición de hija de genocida que me paro social, política y públicamente a reclamarle que diga lo que sabe», dijo Analía, hija del condenado a prisión perpetua Eduardo Emilio Kalinec, conocido como Doctor K, en diálogo con Sputnik.

Analía nació en dictadura, en 1979. Creció en una familia donde no se hablaba de eso y se manejaba en círculos sociales donde el tema estaba totalmente invisibilizado.

Fue recién con la reapertura de causas judiciales por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura, con la llegada de Néstor Kirchner al poder (2003- 2007), que asoció por primera vez a su padre con el terrorismo de Estado.

«Yo nunca había vinculado el accionar de mi papá en dictadura hasta que no quedo preso (en 2005)», dijo, y añadió que a partir de ahí comenzó su proceso, que tiene como primer capítulo entonces el desconocimiento.
Luego llegó la negación.

«Cuando mi papá queda detenido y es acusado por crímenes de lesa humanidad y yo empiezo a comprender qué había pasado en dictadura, qué eran los centros clandestinos, entro en una negación, de ‘está muy mal esto que pasó, pero con mi papá se equivocaron, con mi papá esto no pudo haber pasado, es un error'», expresó.

Después llegaron las dudas y la culpa por tenerlas, hasta que la causa de su padre se elevó a juicio oral en 2008, que fue cuando finalmente asumió su condición de genocida.

Ahí comenzó una etapa de enojo y de querer disociarlo y poner por un lado a su padre y por el otro al genocida, «como si pudiesen ser dos personas distintas», explicó.

MONSTRUO HUMANO

La tapa de «Llevaré su nombre» muestra a una adolescente, Analía, dándole un beso en la mejilla a un señor, su padre, en una rambla de la costa argentina.

En diálogo con esta agencia, la autora reconoció que la elección de esa imagen por parte de la editorial, Marea, al principio le impactó, pero entendió el objetivo detrás, que además de generar un impacto visual es mostrar ese otro lado de la vida de quienes cometieron crímenes de lesa humanidad.

«Es una foto que cualquiera podría tener en su casa, y pensar que esa persona que está ahí es un genocida impacta muy fuerte. Uno tiende a pensar que son unos monstruos, unos bestias, y a alejarlos de la condición humana, pero la tienen, el desafío es pensar cómo un ser humano puede llegar a convertirse en un torturador, cuáles son las condiciones de contexto, además de las individualidades de cada uno, que habilitaron a que eso pudiera pasar», dijo.

«A mí me toco tener que pensarlo en relación a mi papá porque es la misma persona, es la misma que persona que iba a un centro clandestino y torturaba gente y después venía a mi casa y me levantaba a upa», añadió.

Para ella poder trabajar en entender eso como sociedad es fundamental para garantizar que no vuelva a ocurrir.

EXPONER LO ÍNTIMO

«Llevaré su nombre» es un libro que «expone mucho de lo íntimo, hasta de manera impúdica», reconoce su autora.

Sin embargo, defiende su decisión de incluir textos de su madre, sus hermanas y hasta de su padre porque considera que tienen un valor de registro y testimonio que son importantes para comprender cómo se vive al interior de una familia el tema y, por ejemplo, en el caso de su progenitor cómo piensa él hoy en día.

Hace tres años, Eduardo Kalinec presentó una demanda contra Analía para declararla indigna de heredar a su madre, una causa por la que aún están en juicio.

Para la autora, que ese documento estuviera en el libro y escrito en primera persona por él era importante para la historia.

En el escrito, su padre, además de negar todos los hechos por los que fue condenado, expresa que su hija Analía fue persuadida «por activistas en la Universidad de Psicología» para ponerse en su contra, entre otras cosas.
Para la autora, eso demuestra que para su padre una hija que no piensa como él cree que tiene que pensar es una subversiva, y una persona que él desconoce.

«¿Y cuál es la solución? Eliminarme, eliminarme de la familia literalmente», dijo Analía al añadir es la manera que este tipo de personas han encontrado frente al que no se alinea a su forma de pensar.

También recuerda que se trata de una estructura de pensamiento convalidada dentro de las lógicas institucionales, algo que considera debería cambiar.

«Mi papá como muchos otros genocidas no fueron dados de baja de estas instituciones con todo lo que esto después genera en el pensamiento institucional y en cómo se subjetivan las nuevas generaciones que ingresan a la fuerza», dijo.

En ese sentido señaló que no es casual que sus dos hermanas, que forman parte del personal civil de la Policía Federal, acompañen con su firma la demanda de su padre para expulsarla de la familia, y considera que responde a una lógica de pensamiento ideológica, «que evidentemente se sigue reproduciendo».

También señaló que en Argentina están muy vigentes los mandatos sociales de lealtad familiar por sobre todas las cosas, a los que se añade la prohibición legal de que hijos e hijas testifiquen ante un tribunal contra sus padres.

Analía es cofundadora de Historias Desobedientes, colectivo que surge en 2017 como un lugar de encuentro para quienes deciden desobedecer esos mandatos.

La agrupación está conformada por familiares de genocidas que se paran públicamente como tales para sumarse a la lucha contra los crímenes de lesa humanidad y ya tiene sus «filiales» en Chile y desde el año pasado también en Brasil.

Este año se presentaron públicamente los primeros familiares de represores uruguayos, quienes todavía no están constituidos como colectivo, pero empiezan a dar sus primeros pasos para alzar la voz por la memoria, la verdad y la justicia.

Sputnik

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