Un estado del alma

A las fugaces horas en que este texto empieza a escribirse,  han trascendido los nombres del nuevo gabinete que acompañará al presidente Alberto Fernández en este «segundo tramo» de su gestión. Las comillas vienen al caso porque la carta de Cristina titulada Como siempre … sinceramente, ha obrado, en la coyuntura, como un parteaguas que tal vez resulte saludable.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Toda crisis es una oportunidad, valga el socorrido eslogan, y Alberto Fernández afronta una crisis de la cual podría salir fortalecido para enfrentar con éxito el test de noviembre. Fortalecido quiere decir sólo eso: fortalecido.  Pues todavía habría que ver si el Toddy alcanza para tallarla como rey de la selva en los dos años que faltan hasta las generales de 2023.

Una afirmación de previo y especial pronunciamiento es la siguiente: que el gobierno mejore los guarismos electorales recientes no depende de cambiar un gabinete sino de hacer llegar, al pueblo que sufre, que es la mitad de los habitantes del país, las mejoras de tipo integral en su calidad de vida que ha venido reclamando en los últimos dos años. Ha de tratarse de mejoras tangibles, no de aumento de las dádivas, y esto no por  principalísimas razones morales sino también porque hay que contar con mayorías parlamentarias si se quiere avanzar, hacia los dos años restantes, por el camino de «Néstor», como dice el Presidente, y no por el de «Héctor» (Magnetto, dueño del Grupo Clarín), como también dice el Presidente.

El resultado de las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) no nos sorprendió mucho.  Oportunamente, nos preguntamos quién ganaba si ganaba Alberto y quién si lo hacía  Tolosa Paz (su candidata  a primera diputada por la provincia de Buenos Aires), lo cual era una manera de dudar, una civilizada manera  de dudar. Había mal olor y ello se debía a que, en el marco de una gestión vacilante en términos de la macroeconomía, adicionalmente se violentaban las reglas del histrionismo eficaz que exige la política para que ésta sea creíble: las vacunas vip y el jolgorio en Olivos fueron, así y aquí, el ilegítimo concúbito que terminó aportando lo suyo al descrédito de una gestión. El pueblo sospechó que algunos no eran honestos y que tampoco lo parecían.

No es del caso preguntarse cómo puede un pueblo jugar el futuro de un país en función de hechos como ésos, y lo que sí resulta del caso es saber que sin ley de medios no habrá Cristo que opere el milagro de fijar, en la conciencia media de la sociedad, un sentido común fundado en una cierta racionalidad. Y también hay que saber que, si no contamos con ley de medios, los políticos que gobiernan y los periodistas que posan de afines deberían cuidarse de mostrar su lado ventajero, ni siquiera les pedimos que no lo sean, al que nace barrigón es al  ñudo que lo fajen.  Y, en tercer lugar, hay que saber  -esto es ya repetido-  que las pequeñas miserias morales habrán jugado su papel en el resultado de las Paso  pero lo esencial,  en ese resultado, ha sido un rumbo que ni por asomo consulta en su hoja de ruta el enfrentamiento con los factores reales de poder de la Argentina.

La insólita derrota precipitó una discusión pública.  Esa discusión pública tuvo en la carta de Cristina el dato duro: yo diije que así se perdía  -dijo la vicepresidenta-  y se perdió; me aseguraron que se ganaba y no se ganó. Una vez más, tuvo razón.

Alberto Fernández está incómodo con la ex Presidenta soplándole en la nuca. Pero es su retranca la causa de tal hálito. Cuando le ofrecieron la candidatura a Presidente, él podía haber dicho no; si dijo sí, debe privilegiar, a una, el programa inclusivo, industrialista y soberanista, junto a la tradición y el legado de «Néstor» que  -según dice el mismo Fernández-  ha sido el mejor Presidente desde 1983  hasta hoy y que habría hecho poco y nada parecido a  lo que  Fernández ha estado haciendo en los dos años que lleva en la Rosada.

Sin embargo, hay que decir que la cosecha de votos que acaba de obtener la derecha de Juntos  no es mayor que  lo que recaudó esa coalición en 2019. El FdT pierde porque los propios, enojados, no fueron a votar.  Entonces, si no hay desplazamiento de votos hacia la derecha y si el oficialismo sufrió una merma de más de dos millones y medio porque la gente afín prefirió no ir a votar esta vez, es plausible considerar que, en noviembre, el FdT pueda ganar. Ganaría Alberto Fernández. ¿Y qué haría Alberto Fernández en los próximos dos años para evitar que Larreta sea el próximo presidente? Ese es el nudo de la cuestión.

En rigor, recuperando el favor de los propios en noviembre se puede empatar. Para ganar, al Frente de Todos lo tienen que votar los no propios que lo votaron en octubre de 2019 y que ahora dijeron: así como vamos, preferimos a la derecha.  Los que dicen eso son los pobres de clase media y de clase baja. Cambiar, no obstante, cuando cambiar significa cambiar de políticas y de ejecutores de esas políticas, no parece sencillo si el tiempo con que se cuenta es de apenas dos años. O tal vez se pueda. Pero Alberto Fernández es un spenceriano evolucionista.

El riesgo del asistencialismo en modo intenso es palmario. Un electorado que ha sabido y podido ponerle un parate a un gobierno que, en su percepción de las cosas cotidianas, lo dañaba, es un electorado que parece estar pensando. De modo que si lo de las Paso no fue un reflejo irracional  sino una masiva movida de advertencia, ese actor social colectivo e inasible -pero presente e insoslayable-  es una sociedad que, pese a sus penurias   -o tal vez a causa de ellas-,  razona y no se queda en el corto plazo.  A ese electorado, entonces, no se lo engaña con asistencialismo de apuro. Si no se ve esto se corre el riesgo de que «la gente» agarre  los pesos que le van a dar y luego vuelva a votar a la derecha.

Lo que está diciendo a gritos la clase media, la clase obrera, los pobres, los no tan pobres, los marginados y las juventudes que atraviesan todos los estratos sociales, es que ellos no se dedican a la política pero sí pretenden planificar sus vidas y su felicidad posible y que, para eso, necesitan que los políticos   -que sí  se dedican a eso-   pongan en funcionamiento la bomba de achique de la angustia cotidiana y aseguren un futuro estable o al menos, un comienzo de futuro y que, por eso, es indignante y humillante que les vengan a dar plata porque perdieron una elección, la misma plata que no tendrían necesidad de darla ahora, como una gracia, si antes hubieran tenido un proyecto de país  (que siempre incluye la inmediata elevación del nivel de vida),  pues en dos años que estuvieron orejeando tres cartones, como una zorra vieja y cansada, no despuntaron nunca ni siquiera un remedo de proyecto.  El «compre argentino» no es un proyecto de país. Eso es viejo y ya fracasó.

Cristina, sin decir nada de esto, salió a romper con esto, con este miserable «esto».  La política es una selva llena de fieras salvajes. Y a la política no hay que pedirle lo que se le pide  a las adoratrices del divino claustro sino lo que recetaba Maquiavelo: que te odien y te teman, preferible a que te amen.

Pero lo que está sucediendo en la Argentina en los últimos meses no puede sino causar asombro y llamar a una reflexión que, ni con buena ni con mala voluntad, encuentra explicaciones plausibles y convincentes para tanta zozobra.

El peronismo nunca le pudo ganar, en términos estratégicos,  a la derecha porque no ganarle a la derecha hace a la esencia del peronismo. El peronismo necesita a la derecha siempre viva para seguir siendo peronismo. Esto lo entienden a la perfección  Pérsico y Navarro. Y si no lo entienden su actividad política coincide con la teoría aunque ellos no lo sepan.  La actividad de esos dirigentes, así, sería  práctica, no praxis, porque es una actividad que se desarrolla sin conciencia de su función social y de los efectos sociales de esa función: el Movimiento Evita es una formación política culturalmente conservadora que va, todo el tiempo, en pos de la estabilidad política del sistema total. Su base social  masiva y cuantiosa garantiza, hasta hoy,  esa función, pero es masa crítica dificultosamente maniobrable. El adverbio de modo en esta afirmación  es el núcleo incandescente de la situación social descripta pues puede devenir punto de fuga de una entropía energizable hacia la derecha del arco político. Ello no ha ocurrido hasta hoy en la medida en que el out-put de los planes y  la vianda descomprime el subsistema «conurbano» dentro del sistema «movimiento popular», pero todo tiende inercialmente a que el combo sufrimiento-decepción-indignación devengan in-put no procesable en la dinámica entrópica, con lo cual entraría en fase crítica la política en la medida en que a la violenta explosión social probable no la podría absorber un sistema político percibido como «causa» de los efectos existenciales  del combo recién aludido. Sería el turno de algún experimento fascistoide.

Entre los que votan drácula porque odian peronismo y los que no votan a los que les causan el hambre de todos los días, el resultado quedó sellado a cal y canto: ganó el proyecto Larreta y el proyecto Milei sorprendió a todos. Digresión: sospecho que Milei no es un muchacho sano y bueno que un día se dijo a sí mismo  voy a dejar de peinarme  y voy a salir a luchar contra la casta porque me duele mi país. Sospecho -con probabilidades de equivocarme-  que Milei es un conato de proyecto  diseñado afuera y plantado por los agregados de inteligencia de alguna embajada como ensayo que está siendo generalizado en América Latina según las particularidades de cada país.  La finanza de su «emprendimiento» político y el suyo propio para cuando el fracaso lo envuelva en su basto lienzo de arpillera habrán de decirnos algo al respecto. Se verá. Los «treinta gloriosos» en todo caso, que conoció el capitalismo occidental y japonés entre 1945 y 1975, fueron obra del matrimonio entre socialdemocracia y mercado y no un logro de ese charlatán contumaz llamado Friedrich Hayek a quien sólo le llegó su cuarto de hora cuando aquel matrimonio entró en crisis y fue la hora de la espada empuñada por beneméritos mosqueteros como Thatcher o Pinochet. Cuarto de hora que, no obstante, duró menos de quince minutos confirmando aquello de que gris es la teoría de los ricos pero verde es el árbol de la vida de los pobres.

La derecha no es un proyecto, es un estado del alma, acaba de decir Noé Jitrik. Larreta y la derecha,  a estas horas poselectorales, agradecidos. En modo espera, la formación espectral Juntos aplica el dogma político por excelencia: cuando el enemigo se está equivocando, no lo interrumpas, Napoleón dixit.

Pero el problema es que el objetivo histórico de la derecha, en esta etapa del desarrollo mundial del capitalismo, no es ganar una elección sino poner de rodillas, de una vez y para siempre, al movimiento popular, sometiéndolo hasta degradarlo al zombie. La derecha, como el odio, es un estado del alma.

El progresismo, a su turno, en la Argentina por lo menos, viene siendo una forma de la especulación oportunista, un refugio de derrotados o un venero de excelentes intenciones.

Sólo el antisistema, el no-capitalismo, será, también, un estado del alma, del alma de los trabajadores y el pueblo, en este caso. Será también su proyecto. El «su» de ellos. De los trabajadores y el pueblo.

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