Argentina sigue atascada en un pantano de pobreza estructural

Es una realidad que hace sonrojar a Argentina: cuatro de cada diez personas vive bajo el umbral de la pobreza. Más de 19,2 millones de personas, en un territorio con 45,7 millones de habitantes, no tienen ingresos suficientes para vivir con dignidad.

Ana Delicado Palacios

El país que alguna vez fue calificado como «el granero del mundo» también asiste al tenaz crecimiento de la indigencia. Esta problemática afecta al 10,7 por ciento de la población, según reveló hace unos días el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec).

Habría que retrotraerse 17 años, y situarse en el segundo semestre de 2004, para encontrar una tasa de indigencia tan elevada. En los últimos tres años, llegó a más que duplicarse la cantidad de ciudadanos que no alcanzan a cubrir la canasta básica alimentaria, la cual mide el costo de los alimentos esenciales.

Este panorama es especialmente lacerante para con la niñez: más de la mitad (54,3 por ciento) de los menores de hasta 14 años malviven en la pobreza. El 16,6 por ciento de los más pequeños subsisten en la indigencia.

Los datos oficiales certifican que la única variable persistente en un país tan volátil como Argentina es la pobreza.

TENDENCIA NEGATIVA

«Aun en un contexto de recuperación económica, la pobreza no ha caído. Hay claras dificultades en que las mejoras lleguen a la población más vulnerable», señala en una entrevista con la Agencia Sputnik el director del Programa de Protección Social en el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), Rafael Rofman.

El economista, referente de esta organización independiente y apartidaria que trata de acercar propuestas de políticas públicas, advierte que el crecimiento económico «ha tendido a concentrarse en sectores menos intensivos en empleo», como la agroindustria o los servicios financieros.

«El problema estructural es que tenemos altos niveles de pobreza desde hace décadas», analiza Rofman. «Hace 30 años que Argentina no logra bajar del 25 por ciento de pobres, de acuerdo a cualquier medición que se haya hecho desde principios de los 90».

La menor tasa de pobreza que hubo en Argentina en los últimos 30 años se registró en 2017, cuando se situó en 25,5 por ciento, según un cuadro comparativo del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas) basado en las Encuestas Permanente de Hogares del Indec al que tuvo acceso esta agencia.

Puesto que no es un fenómeno aislado, la pobreza tiene efectos coyunturales que tocan otras aristas de la vida social, cultural y económica del país. «Aquellas personas que están mal por un largo período consumen, primero, el capital real que tienen, y después el capital social y humano, por lo que las posibilidades de reinsertarse en el sistema productivo son cada vez más bajas», observa Rofman.

Este círculo vicioso es, de nuevo, más insidioso con la niñez: hijos que crecen en ambientes desfavorables acceden a menos oportunidades con el paso del tiempo.

POLÍTICAS A LARGO PLAZO

Parte de las razones de esta pobreza anquilosada se explica en parte por el mal desempeño que han tenido determinadas políticas públicas.

Una es la educación. «En Argentina solo la mitad de los jóvenes termina la educación secundaria a la edad que debería. Y al mismo tiempo, solo el 50 por ciento de esos estudiantes concluye sus estudios con un aprendizaje básico razonable», plantea Rofman. «Argentina produce jóvenes que no alcanzan después un desarrollo. Y esos jóvenes tienen hijos que tampoco reciben las herramientas necesarias».

Las medidas adoptadas durante la pandemia, como la suspensión de clases presenciales durante todo 2020 y parte de 2021, llevó a que muchos jóvenes abandonaran la escuela de manera definitiva. «Éste capital humano no se recupera», advierte el director de la Cippec.

Las perspectivas históricas no son alentadoras para Argentina. Hace 30 años, tenía junto con Uruguay las mejores tasas de educación dentro de América Latina, mientras que ahora se ubica en la mitad de la tabla.

Otra dificultad la entraña la macroeconomía, más en un país con recesiones tan periódicas. Con cada crisis los niveles de pobreza se disparan, pero cuando la economía repunta, hay un porcentaje de la población empobrecida que ya no consigue salir.

«Las crisis no solo empeoran la situación, destruyen capital», incide el director del Cippec. «Eso hace que se pierda la resiliencia de los hogares más vulnerables par empezar a mejorar».

En la necesidad de políticas a largo plazo, la institución recomienda que aumente la demanda de trabajadores en un contexto donde se genere mayor productividad.

«Las políticas sociales son importantes para contener el daño inmediato en la emergencia, pero una política de transferencia de ingresos no resuelve el problema de fondo: eso lo tiene que resolver el mercado de trabajo y depende del crecimiento de la economía» considera Rofman.

Bajo esta perspectiva, Argentina no precisa crecer a grandes tasas durante una década, pero sí mejorar de manera sostenida en los ámbitos claves para su desarrollo. Para el director del Cippec, Uruguay y Chile son un ejemplo a seguir.

Ambos han tenido en los últimos 20 años Gobiernos de distintos signo, «pero las políticas macro han sido prudentes, consistentes, con mucha atención al equilibrio fiscal y al control de inflación, y eso lleva a más estabilidad y crecimiento estable en el mediano plazo», concluye Rofman.

Argentina acumula tres años de recesión, con una caída de la economía que en 2020 fue del 9,9 por ciento.

Sputnik

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