Corazón de papel y tinta

“¡Ahí viene un navío cargado de… papel y tinta!”… O como nos dijera alguna vez don Miguel Ángel Granados Chapa: “Cuando a uno le pica la araña del periodismo, que es el olor del papel y la tinta diaria, entonces ya su vida está decidida”.

Por Joel Hernández Santiago*

*joelhsantiago@gmail.com

Y eso es. Basta con oler aquellos aromas inconfundibles del paso de la tinta sobre el papel en rotativas que corren a velocidad increíble y con un ruido mecánico que es estruendo y que semeja a la sinfonía de la vida, del dolor y la muerte del Profeta, según dijera Ivan Turgueniev.

Ciertos seres humanos deciden hacer de la vida un correr de papel y tinta en sus vidas. Los hay de distintos orígenes y destinos. En todo caso, ningún perfume, aroma o fragancia, por finolis que se presenten, se asemejan a ese dulce y agrio, a la vez, olor a tinta. Es todos los perfumes en uno. Es todos los aromas y la esencia de todos ellos: la tinta.

El papel, sigo, huele sabroso, como a todos los bosques del mundo en la mañana, puestos en un rollo enorme que parece interminable y que se deshoja día a día convirtiéndose en periódico o en libros o en folletos o en salvación para los seres humanos. Porque un libro –la mayoría de los libros—son la redención del ser humano y el perdón de sus pecados. Un periódico es el sudor y la sangre de los periodistas, de los editores, de los fotógrafos, de los formadores, diseñadores… tanto…

Quienes saben de esto son los periodistas. Los de a deveras. Los que día a día salen para recorrer el mundo, o se entregan a su universo, para descifrar el secreto de la verdad, para decirle al mundo que vive, que está ahí y cuáles son sus pesares y sus grandezas.

Y los escritores. Los que escriben libros, que son obras, según se dice. Son quienes se entregan en cuerpo y alma para poner en papel y tinta a ese mundo que aman u odian; el mundo y sus seres creados que están ahí siempre con sus pasiones y locuras: la materia prima del escritor que se encuentra con sus personajes o en sus personajes,en sus ambientes con sus hechos: y los retrata y les agrega sus intensidades, les dota de sí mismo y les da vida, para nutrir otras vidas.

Así que ambos,periodistas y escritores,‘conocen ese mundo de nunca jamás olvidar’. Porque lo llevan en los bolsillos, en la mochila, en la sesera. Y lo cargan como la piedra de Sísifo en una lucha incansable por alcanzar y permanecer en la cima.

Aquí está el dilema. Periodista o escritor. O escritor y periodista. ¿Qué fue primero? O ¿Quién es quién? ¿O son lo mismo?

Para los letrados hijos de Eva el periodismo es un género menor. Es un género puramente informativo y que no tiene ni debe aspirar a formar parte de las artes, de la enormidad del peso de ser cultura y clase. Es –según esto- un reflejo de hechos y de caracteres y personajes que viven, crecen se reproducen y un día, como Cleto, cierran sus ojitos: y hasta ahí.

Por supuesto, este criterio no toma en consideración los diferentes géneros periodísticos en los que algunos de los hombres de papel-tinta-carreras contra el tiempo, llevan a cabo. Por supuesto está el de la nota informativa, en la que se reproducen hechos y acontecimientos tal cual, como un filetito de pescado, sin huesitos. 

Está la entrevista, el reportaje, la crónica y el artículo de opinión que, para algunos “tundemáquinas” no es tanto periodismo, pero lo es en la medida en que surge de forma permanente, con base en hechos y en lugar específico en los medios distintos, ya electrónicos, digitales o impresos.

Y muchos de los grandes escritores que en el mundo han sido, han ejercido el periodismo, y dentro del periodismo han sido reporteros o cronistas, como preámbulo al escritor.

Un periodista es, en sí mismo, grandioso. Porque sabe que su tarea es indispensable y sublime. Porque contribuye al saber social, al conocimiento de lo que le pasa y lo que le ocurre al cuerpo social. Porque está día a día nutriendo a los insaciables medios y a la insaciable necesidad de información de todos.

En opinión de Tomás Eloy Martínez, “El periodismo narrativo busca producir un proceso de identificación entre el lector y la noticia que se está contando … Es así como todo el que escribe es, potencialmente, un escritor. Por tanto, lo que escribe, es potencialmente, un texto literario –dice el escritor argentino–: la diferencia estriba en que el periodismo opera con verdades generales, y la literatura, en cambio, trabaja con la propia y personal verdad del escritor”.

De pronto grandes reporteros o cronistas –periodistas- dan un paso al lado y se convierten a escritores. Y su obra se conjuga. Porque a fin de cuentas ese paso es sencillo y lo dan también a la inversa: el escritor al periodismo.

Ejemplos de periodistas que se trasladan a la literatura sin dejar de ser periodistas hay muchos. Acaso el más cercano y emblemático de nuestros días es Gabriel García Márquez. Periodista de origen y toda su vida.

Nunca renegó de su pasión por el periodismo y en gran medida su obra está impregnada de ese realismo mágico que nace de hechos reales: la verdad. A ésta le agrega una enorme dosis de imaginación y de ternura: flechas dirigidas al corazón del lector.

Y su obra es eso. Frases cortas. Inmediatas. Cortadas al trazo de la visión de los hechos. Vertiginosa y sagaz. Como también llena de la ilusión por transformar esa realidad en un mundo distinto. Y es eso, precisamente lo que los periodistas quieren: que el mundo que perciben, con su ayuda, se transforme en el mundo ideal. En el fuero íntimo todo periodista que de verdad lo es, eso es lo que quiere.

García Márquez se sabía periodista. De hecho hasta los últimos días de su vida se interesó por ver al mundo desde la perspectiva del periodista acucioso y objetivo. Obras surgieron en ese tenor: “Relato de un náufrago” o “Crónica de una muerte anunciada”… “El coronel no tiene quien le escriba”… libros que se nutrieron de hechos reales, reporteados por él y luego descritos a su modo y a su aire. Fortalecía así esa conjunción entre periodista y escritor.

“Soy periodista fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco”, dijo. En 1994, creó la Fundación Gabriel García Márquez para el ‘Nuevo Periodismo Iberoamericano’, con sede en Cartagena de Indias y sigue vigente.

Ya hemos descrito aquí mismo cómo Ernest Hemingway tuvo sus orígenes en el periodismo. El impacto de sus viajes como corresponsal de guerra está en cada una de sus obras más emblemáticas. Y su estilo, al que sus críticos literarios siempre reprocharon, era el del periodismo puesto en textos de largo alcance.

A la inversa ocurrió con Truman Capote –por citar otro ejemplo-. Fue un escritor de origen. Sus obras tuvieron un impacto inmediato aun siendo él muy joven. “Otras voces, otros ámbitos” (1948) su primera obra destacada caló profundo en la conciencia de los estadunidenses… Lo mismo “Música para camaleones” “Retratos”. Durante mucho tiempo publicó crónicas en “The New Yorker” como paso a lo que siguió:

A sangre fría” es un larguísimo reportaje que llevó a que Capote acudiera al lugar de los hechos, que rastreara la configuración del crimen, que hablara con la policía y vecinos de la familia Cuttler, asesinada sin sentido, el 15 de noviembre de 1959  en Kansas. Inició la investigación periodística en 1959 con la intención de hacer una crónica, que finalmente terminó en reportaje, publicado en 1966.

El éxito fue rotundo. Capote se atribuyó haber inventado un nuevo género: La novela no ficción, o Novela testimonio. No era así. Antes hubo obras que utilizaron la misma técnica. En todo caso, este modelo literario-periodístico influyó a escritores como Tom Wolfe, Norman Mailer, Gore Vidal y muchos más.

Arturo Pérez-Reverte, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Edgar Allan Poe, William Faulkner, Manuel Vázquez Montalbán, Javier Cercas, son apenas algunos de los miles de escritores cuyo origen es el periodismo. O bien escritores que dedicaron sus afanes al periodismo. ¿Y qué son “La Ilíada” y “La Odisea” sino crónicas? ¿Y qué es la ‘Crónica dela conquista’ de Bernal sino un testimonial?

Pero dejémonos de cosas y seamos simpáticos para reír con lo que Oscar Wilde asestó un día: “¿Cuál es la diferencia entre el periodismo y la literatura? ¡Ah! el periodismo es ilegible y la literatura no se lee. Eso es todo”.

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