Dissatisfaction

Detrás de la fiesta, de los botellones, de los eventos sociales prefabricados, de los actos oficiales dieciochescos y de los aficionados vociferando en los estadios deportivos, late una profunda insatisfacción sobre la calidad de un sistema político instaurado en las democracias o en las falsas democracias modernas.

Por Alfonso Durán Pich*

*www.alfdurancorner.com

El Estado español, que pertenece de lleno al último capítulo (falsa democracia), es un ejemplo claro de este cuadro clínico, con un triple escenario que se presenta superpuesto. En el primer nivel se pasean las élites privilegiadas de los subsistemas ejecutivo, legislativo y judicial en un magma entrecruzado donde los roles reales no se corresponden con los que asumen con descaro las partes, generando un estado de confusión que cloroformiza al conjunto de la sociedad. Ejemplos hay a montones a diario, como el del reparto de cargos entre los partidos dinásticos para ocupar las plazas del Tribunal Constitucional y del Tribunal de Cuentas (como si fueran empleados suyos), o el del sometimiento del Parlamento (cuya presidenta está de oyente y espera la instrucción de su mando político) al Tribunal Supremo en el caso del diputado Rodríguez, o el del silencio vergonzoso de Podemos ante todos estos hechos que afectaban a su militante.

En el segundo nivel encontramos a los empleados del Régimen, siempre subsidiados, que cumplen las instrucciones de la “autoridad competente”: si hay que alabar, se alaba; si hay que aporrear, se aporrea; si hay que encausar, se encausa; si hay que asfixiar económicamente a alguien, se le asfixia; si hay que inventar un relato para hundir políticamente a terceros, se inventa. Todo en orden. Usan las nuevas tecnologías pero sociológicamente pertenecen al oscurantismo de la Edad Media. Han pasado, como he dicho muchas veces, de la cabra a Internet.

En el tercer nivel está el resto, el pueblo llano, que es más o menos consciente de lo que ocurre, pero si lo está no se atreve a expresar la más liviana crítica, ya que teme la represalia que sabe que se produce cuando alguien se sale del guion. Puro empirismo.

Y este relato no es una opinión personal, sino que aparece perfectamente documentado en el último informe del Pew Research Center, editado el 21 de octubre de este año, con el llamativo título Citizens in Advanced Economies Want Significant Changes to Their Political Systems. Hay que aclarar que estas “economías avanzadas” (un calificativo a mi juicio dudoso), excluyen algunas de tanta importancia como la República Popular China (la segunda economía del mundo), aunque luego veremos que se ha optado por las correspondientes al modelo liberal-conservador que lidera Estados Unidos.

Los países seleccionados han sido Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia, Japón, Nueva Zelanda, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Suecia, España, Grecia e Italia. Metodológicamente es un trabajo bien hecho, como acostumbra a ocurrir en todos los trabajos de investigación que realiza esta entidad no lucrativa.

El título, a modo de resumen, lo dice todo: los ciudadanos de las economías avanzadas quieren cambios significativos en sus sistemas políticos. Si esto es tan así –que veremos que lo es-  ¿cómo es que no se produce un levantamiento general?  Desentrañemos lo que dicen los ciudadanos y quizás podremos comprender el porqué de todo ello.

Si tenemos en cuenta que nos estamos refiriendo a 17 Estados, que suponen un grueso de población significado (al margen de su peso económico) apreciaremos en primer lugar que cada vez más se plantea la debatida hipótesis sobre si “capitalismo y democracia son incompatibles”, ya que todos ellos operan en el sistema capitalista. Y así nos lo dicen los ciudadanos globalmente, pues un 56% creen que su sistema político necesita cambios mayores o incluso debe ser completamente reformado.

Vamos a centrarnos en tres países (España, Italia y Grecia), aunque deberemos contrastar su perfil con los que se hallan en el lado opuesto. A la cuestión general sobre el grado de insatisfacción y la voluntad de reforma en lo político, en lo económico y en el sistema de salud (introducido a raíz de la pandemia), los ciudadanos españoles en un 86% están a favor de la reforma en lo primero, los italianos en un 89% y los griegos en un 80%. El mismo deseo se expresa en lo económico (83%, 85% y 84%), en tanto que hay matices en su análisis del sistema de salud, ya que las tasas de reprobación caen (53%, 59% y 77%). En las antípodas se encuentran Suecia, donde solo un 34%, un 28% y un 46% tienen voluntad de cambio, y Nueva Zelanda (24%,28% y 44%).

Y la base explicativa de este sentimiento la tenemos en su lectura sobre el funcionamiento de la democracia. A la cabeza tenemos Singapur, donde un 82% se siente satisfecho con el sistema democrático, seguido de Suecia con un 79% y Nueva Zelanda con un 76%. A la cola tenemos a España, donde solo un 35% se sienten confortables con el sistema, seguida de Italia (34%) y Grecia (31%). Y cuando se les pide proyecciones de futuro (cuál será la calidad de vida de sus hijos y nietos respecto a la suya), tanto los optimistas como los pesimistas creen que las reformas son condición sine qua non para progresar. En el caso de España los deseos de los primeros –que son minoría-  son muy similares a los de los segundos (77% y 88%). La respuesta del Estado ante la pandemia ha afectado a la valoración de los ciudadanos en algunos países (por ejemplo en Alemania, Canadá y el Reino Unido), pero no en España, donde tanto los que consideran que fue positiva como los de signo opuesto, creen en la necesidad de reformas (78% los del primer grupo y 92% los del segundo).

Y si entramos más a fondo en su juicio sobre el sistema político, vemos que en España (que según cuentan los oficiantes de turno es “un Estado de Derecho”), un 54% de la población considera que debe ser completamente reformado, liderando este grupo seguido de Corea del Sur (46%), Italia y Estados Unidos (42%), Bélgica 33% y Grecia 30%. Los mejores (como siempre) son Nueva Zelanda con solo un 3%, Canadá con un 8%, y Suecia y Australia con un 9%.

Ante estos contundentes resultados, nos preguntamos de nuevo: ¿Qué está pasando? ¿Cómo ese pensamiento crítico no se explicita mínimamente, cuando la mayoría de la población (un 54%) quiere un cambio radical? La respuesta la tenemos en otro lugar y es una respuesta que conduce al pesimismo. Se trata de que veamos en qué medida aquellos que quieren la reforma de su sistema político (bien completamente, bien con cambios mayores) y que en el caso de España suponen el 86% (54% más 32%), confían en que ello podrá ser llevado a término. Y aquí tenemos el drama, pues solo un 36% lo ven factible. Quieren (un 86%) pero no confían (un 64%), ya que consideran que el Sistema no se lo permitirá.

De nuevo aflora en el corazón de este contencioso un problema histórico que nace con Platón y su concepción autoritaria del Estado. Esa concepción autoritaria condujo al totalitarismo.

Étienne de la Boetie, el entrañable amigo de Montaigne, escribió a los dieciocho años un extraordinario y breve ensayo con el título “El discurso de la servidumbre voluntaria”. En él se preguntaba, en plena Edad Media, porqué el ciudadano se sometía a la autoridad sin cuestionar ninguna de las instrucciones recibidas. Esa “servidumbre voluntaria”, ese extraño comportamiento que nos esclaviza y nos priva de la libertad de pensamiento y sobre todo de acción, acaba afectando a nuestra salud mental. Porque autonomía y libertad no pueden crecer en tierras de servidumbre.

Pero lo de ahora es peor. Hay conciencia de la explotación política, económica y social, pero pocos se atreven a mover un dedo. Y no es solo el Estado profundo de raíces franquistas y sus brazos ejecutores los que se oponen, sino que también ofrecen resistencia al cambio la pléyade de políticos-funcionarios de la España de las autonomías que han hecho de la política una profesión bien remunerada y que viven regaladamente de los presupuestos generales del Estado. Estos últimos son colaboracionistas (algunos sin ser conscientes de ello) de un régimen cada vez más totalitario.

Esta falta de capacidad para decidir por sí mismo está llevando a la sociedad española a un estado zombi  (vivos pero políticamente muertos), una sociedad robotizada y enferma intrínsecamente reaccionaria.

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