El Partido Popular español, sacudido por luchas intestinas

La principal formación opositora española, el Partido Popular, se halla inmersa en una peculiar crisis interna que amenaza incluso el liderazgo de su jefe de filas, Pablo Casado, aunque los últimos sondeos electorales difundidos le otorgan a su grupo suficiente mayoría en escaños para desbancar del poder a Pedro Sánchez y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Por Francisco Herranz*

El barómetro de la cadena de televisión Antena 3 realizado por la firma demoscópica Sigma Dos muestra que el Partido Popular conseguiría 130 escaños y el 29,3 por ciento de los votos en las elecciones generales, por delante del PSOE, que se llevaría un 25,8 por ciento en intención de voto y 101 escaños. Con esas cifras en la mano, Casado necesitaría al partido de extrema derecha Vox, que se quedaría con el 15,2 por ciento de los votos y 47 escaños, para conseguir la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados español, una mayoría que está situada en los 176 diputados.

El problema es que ese escenario ideal para los intereses del PP está bien lejos de hacerse realidad, por ahora, ya que todo indica que Sánchez podrá agotar cómodamente la actual legislatura que no expira hasta finales de 2023, dado que está consiguiendo los apoyos necesarios de otras formaciones para que la Cámara baja del Parlamento apruebe su proyecto de presupuestos generales del Estado para 2022. El presidente del Gobierno está ofreciendo, con mucha mano izquierda -valga la redundancia- ventajas concretas a aquellos grupos nacionalistas y progresistas con los que está negociando las grandes cuentas del reino.

Casado observa con impotencia e incluso desesperación todo este proceso de mercadeo y no para de criticarlo en cuanto tiene ocasión desde la tribuna de oradores. Esa actitud crispada suya debe tener alguna explicación psicológica y probablemente se debe, entre otras razones, a la delicada situación que atraviesa su partido y su jefatura.

DIVISIONES EN EL PP

Los populares sufren en estos momentos un importante conflicto que pone en riesgo su cohesión y que tiene como protagonistas a dos mujeres de fuerte personalidad.

La primera de ellas es la actual presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso, una política de 43 años que a mediados de este año -en mitad de la pandemia- revalidó en las urnas su cargo regional, superando a los candidatos de izquierdas, alguno de ellos de gran fuste y predicamento. Ayuso se siente muy fuerte, es considerada «la política de moda», y no tuvo reparo alguno en desafiar a la dirección nacional, exigiendo que el congreso del PP madrileño se celebre cuanto antes y no a mediados del año próximo, consciente de que ella es la triunfadora de hecho de ese cónclave frente a la alternativa oficialista encarnada por el actual alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Eso desató un ácido cruce de reproches entre ella y Casado.

La crisis se antoja tan fuerte que uno de los popes del PP, José María Aznar, tuvo que intervenir como mediador entre Ayuso y Casado, argumentando que la discusión entre ambos tenía que acabar «cuanto antes». Esas palabras de honda preocupación del que fuera presidente del Gobierno entre 1996 y 2004 representan el sentir generalizado en el partido conservador, a todos los niveles, desde los militantes de base hasta los «barones», es decir, hasta los presidentes de gobiernos autonómicos populares. Abunda el hartazgo y la estupefacción. La pugna intestina tiene tintes de suicidio y de torpeza estratégica, primero, porque da oxígeno al Gobierno de Sánchez y, segundo, porque le quita al PP el foco de otros congresos regionales o de sus propuestas de gestión económica o sanitaria.

La dirección nacional del partido reclamaba un pacto de silencio, pidiendo a Ayuso que pare de hablar sobre las cuitas orgánicas, porque, como recoge el diario El Mundo, habitualmente muy bien informado sobre los entresijos del PP, «las deslealtades no van muy lejos». Las fuentes del citado rotativo señalan que el discurso de Pablo Casado del pasado domingo 21 de noviembre, en el que demandó aparcar las «megalomanías», los «personalismos» y los «divismos» ha supuesto un antes y un después. «En el PP se han entendido esas palabras como un llamamiento al cierre de filas en torno a su autoridad».

Pese a que parecía que había cedido a las presiones, sin embargo, la rebelión de la ambiciosa Ayuso no remite del todo, porque ella ha seguido haciendo declaraciones comprometedoras al defender que el congreso del PP de Madrid se haga «cuanto antes» y al insistir en que el PP está inmerso en una «maraña complicadísima» y una «marabunta horrible de titulares que lo complica todo».

LA OTRA PIEDRA EN EL ZAPATO

La segunda protagonista de este talent show que tiene en jaque al PP, aunque en un papel mucho menos destacado, es la diputada nacional por Barcelona Cayetana Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Fuerte. Álvarez de Toledo ha abierto otro frente, otra vía de agua en el buque, al airear en las páginas de un libro recién publicado titulado «Políticamente indeseable» lo que considera las debilidades de su partido, en concreto, «su falta de convicción en la defensa del constitucionalismo».

La diputada, que procede del mundo del periodismo, defiende unas convicciones muy ortodoxas que más bien casan con el ideario de Vox que con el del PP. A Casado le calificó de «bienqueda o veleta», es decir, «un hombre de empatías variables. Un camaleón sentimental». Arremete con furia contra el número dos, Teodoro García Egea, y un buen número de diputados a los que desprecia por su «seguidismo». Su actitud abiertamente crítica ya le había valido ser destituida en agosto de 2020 como portavoz del PP en el Congreso, pero ese revés no la hizo callar, sino que, al contrario, amplificó su mensaje, lo que ha abierto la caja de los truenos entre sus compañeros de partido. Muchos quieren que renuncie al acta de diputada e incluso que se le abra un expediente disciplinario. Ella comenta que no piensa dimitir.

A todo este quilombo, que diría un argentino, se une la guinda del pastel. Resulta que el propio Casado asistió, sin saberlo, a una misa en honor de Francisco Franco que se ofició en la Catedral de Granada el pasado sábado 20 de noviembre, aniversario de la muerte del dictador ocurrida en 1975. Casado explicó que todo fue un lamentable «error» y que no vio ni la bandera preconstitucional ni la corona de flores que estaban plantadas en los primeros bancos de la iglesia. El «error» le convirtió en el objeto de mofa de casi todos, incluso de quienes piensan que aquello fue demasiada casualidad. Y desató la ironía de algunos analistas, como Manuel Jabois, quien sentenció que «a una exhumación de víctimas» del franquismo «no ha ido ni equivocándose».

*Sputnik

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