La salud mental

La Corporació Catalana de Radio i Televisió, que no se distingue precisamente en los últimos tiempos por el buen nivel de sus programas de radio y televisión (mediocres y españolizados), ha acertado en su reciente maratón en la que trataba de recoger fondos para financiar las investigaciones sobre la salud mental.

Por Alfonso Durán Pich*

*https://www.alfdurancorner.com

Uno de los mensajes que han utilizado previamente para sensibilizar al público en este sentido, dice que una de cada cuatro personas padecerá en algún momento de su vida un trastorno, aunque sea menor, de esta naturaleza.

Creo que han sido muy prudentes con esta afirmación, pues la verdad es que no existe un registro claro sobre este particular, ni tampoco es fácil definir la frontera entre la buena, la mala y la mediana salud mental. Si nos atenemos, por ejemplo, a los miles de casos de ansiedad no declarada, a las bajas laborales por depresión y al creciente consumo de tranquilizantes y ansiolíticos (estos sí documentados) podremos concluir que nuestra sociedad no es precisamente una sociedad equilibrada. Si nos ceñimos a los cánones de la Psiquiatría oficial, nos quedaremos en que todo lo que no esté comprendido en el “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders” (la biblia de los trastornos mentales) no tiene nada que ver con la salud mental.

Sin embargo a nuestro alrededor observamos comportamientos que se nos antojan muy lejos de la racionalidad esperada y que deberían ser considerados en los estudios a realizar. Sería conveniente ampliar el campo de investigación.

Tomemos, por ejemplo, un caso muy reciente y notorio sobre una familia de una escuela pública de Canet de Mar que, amparándose en una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, exige que el 25% de las clases se hagan en castellano. No que se hagan al niño o niña cuyos padres han procedido a la denuncia, sino a todos los niños y niñas, actuando por encima de la voluntad de sus padres y del modelo educativo de la escuela catalana en el que se implantó, con el consenso mayoritario del Parlament (solo dos votos en contra), el proceso de inmersión lingüística hace casi cuarenta años (1983).

La lógica más elemental recomienda a los inmigrantes y a sus descendientes que traten de integrarse en el país que los acoge, y esa integración pasa en primer lugar por el dominio de su lengua y, progresivamente de su historia y su cultura. Y esto no es un castigo sino todo lo contrario. Se pretende que todo el mundo tenga la misma oportunidad y comparta los valores de la comunidad en la que vive. La treintena de familias que se han acogido a ese disparate pedagógico (la cuota del 25%) entre los miles de familias con niños escolarizados en la “inmersión lingüística” (medio millón en educación primaria) están impidiendo que sus hijos se socialicen de una forma natural y esta no integración les pasará algún día factura. Su disparatado posicionamiento es también un tema de salud mental.

Que el padre del niño supuestamente afectado por la “inmersión lingüística” y que en su día figuró en las listas electorales de Ciudadanos, haya dejado constancia de su buen gusto con fotografías en las que, bajados ostensiblemente los pantalones, figura que se limpia sus posaderas con una “estelada”, abunda en la reflexión anterior. Esto se llama exhibicionismo y puede curarse con un tratamiento adecuado. Como no creo que sea un caso aislado, debería integrarse también en un estudio más general.

Que un dirigente destacado de la clase política española (el señor Pablo Casado), representante del principal partido en la oposición (el PP), que además ha gobernado durante buena parte del postfranquismo junto al PSOE, diga públicamente que en Catalunya hay profesores que tienen instrucciones “para no dejar ir al baño a niños si hablan castellano” “que se introducen piedras en las mochilas escolares de los niños que hablan castellano” es un signo evidente de un trastorno “borderline”, en el límite o línea fronteriza entre la neurosis y la psicosis. Esto también es salud mental.

Que otros personajes afines de primeras o segundas marcas discurseen sobre el “apartheid”, sobre la nueva “Ermua catalana” o sobre “Rosa Park”, es, aparte de un disparate narrativo, una prueba evidente de un notable desvarío psicosocial. Esto también es salud mental.

Que los medios públicos y privados de matriz española, incluidos los que operan en Catalunya, se hagan eco de estas soflamas, sin importarles la falta de consistencia de todo ello, y que la propiedad dé su visto bueno al aquelarre, es también un caso de salud mental.

Que la Iglesia oficial que domina el mercado español y su equipo de gobierno (la Conferencia Episcopal Española y su presidente señor Omella) permita que sus más potentes brazos públicos de comunicación (la cadena Cope y Trece televisión) organicen tumultuarios debates sobre este tema, en los que se descalifica, se insulta y se hace mofa de la “inmersión lingüística” es también salud mental.

En un tímido gesto (quizás hecho a propósito) los representantes de Junts per Catalunya han denunciado al señor Casado por incitar al odio. Es un gesto muy simbólico y seguramente ya imaginan que no prosperará. No creo que el fiscal de turno, el juez y la policía judicial consideren que este tema merece su atención. Y que este sesgado comportamiento frente a las denuncias se haya podido transformar en un patrón de conducta, es también un tema de salud mental.

Está bien que la Corporació organice maratones para captar fondos. Como ya he dicho, creo que han acertado, pero quizás el tema se les escapa. Probablemente las patologías que serán investigadas son las que están estadísticamente más allá de tres sigmas (menos del uno por ciento de la población) y que ocupan espacio en el MSMD. ¿Pero qué se puede hacer para solucionar los problemas mentales del grueso de la población de un territorio?

Sinceramente, creo que muy poco. Porque en el caso a que nos estamos refiriendo (una reacción obsesiva-compulsiva frente al idioma catalán, su cultura y su historia) no hay dosis suficientes de litio para asegurar un tratamiento adecuado.

Tendremos que esperar a que los investigadores encuentren la vacuna idónea. Como ya estamos acostumbrados a las vacunas, una más pasará desapercibida.

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