Rusofobia

El estado de confusión en que se encuentra la sociedad actual favorece la explotación maniquea de sentimientos de rechazo hacia otros colectivos humanos, con base a estereotipos, prejuicios y aversiones construidos desde el poder totalitario, que no está dispuesto a aceptar la diferencia.

Por Alfonso Durán Pich*

*https://www.alfdurancorner.com

Esto, que resulta evidente en el caso de los catalanes, tildados de “supremacistas, nazis, racistas e hijos de mala madre” (entre otras lindezas) por la gran mayoría de los ciudadanos españoles, tiene una mayor proyección si cabe en el caso de los rusos, sobre los que se ha elaborado un relato que afecta a la población de muchos países del hemisferio occidental. Los rusos son los malos; nos quieren invadir; hay que vigilarlos. Por eso, entre otras razones, se inventó la OTAN.

La “rusofobia”, como la “catalanofobia” tiene raíces históricas y se ha ido alimentando progresivamente en función de las circunstancias, con algunos escasos períodos en que se ha transmutado en “rusofilia”. Veamos el cómo y el porqué de todo ello.

Cuando hace un siglo se produjo en el imperio ruso la revolución soviética liderada por Lenin, los gobiernos de los países occidentales reaccionaron rápidamente tratando de crear un “cordón sanitario” para que no se propagara el virus. No pudieron prestar suficiente atención al tema, al estar enfrascados en su enfrentamiento militar con Alemania para el dominio del mercado europeo, que dio origen a la I Guerra Mundial. Lenin y Trotsky, en un movimiento estratégico, pactaron un armisticio con los militares prusianos (pacto de Brest-Litovsk), lo que se ajustaba al pensamiento del líder soviético contrario al mantenimiento de la guerra. Una de las hipótesis más documentadas que barajan los historiadores sobre este acuerdo es que los líderes soviéticos creyeran que al final Alemania pactaría con los aliados para liquidar la todavía tierna revolución rusa.

La intervención de Estados Unidos puso fin a la guerra y el “tratado de Versalles” (el peor de los tratados posibles) creó las condiciones objetivas que llevaron a la II Guerra Mundial. El presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson, que quiso actuar de árbitro entre las partes enfrentadas, fue el único que perseguía auténticamente alcanzar una paz duradera. Fue por ello que entre sus planes destacaba la recomendación de dar a Rusia (a la nueva Rusia soviética) la oportunidad para su desarrollo con la ayuda de las potencias aliadas, proyecto que estas rechazaron. La “rusofobia” se mantenía viva, con los zares o sin ellos.

Luego vino la II Guerra Mundial y el relato americanizado del triunfo de los “buenos”. Pero, ¿quién eran los “buenos”? Porque los malos estaban muy bien identificados: los nazis alemanes, los fascistas italianos y los militares japoneses. Al principio los buenos fueron todos los que lucharon contra las Potencias del Eje: Gran Bretaña, la Unión Soviética y, más tarde, Estados Unidos. Otros países europeos (Francia, Bélgica, Holanda, etc.) tuvieron que capitular rápidamente ante el avance alemán. Y en aquellas circunstancias la “rusofobia” tuvo que guardarse en el cajón.

En términos de “rusofobia” hay que reconocer que Hitler no practicaba la hipocresía occidental. Ya a principios de los treinta había declarado que la Unión Soviética estaba poblada por esclavos gobernados por sus amos judíos bolcheviques. Por eso una vez en el poder diseñó el “Generalplan Ost”, en el que se perseguía la esclavización o expulsión de la mayoría de los pueblos eslavos de Europa. Como seres infrahumanos que eran, el plan preveía exterminar el 40% de los rusos y sustituirlos por millones de colonos alemanes y ciudadanos afines de raza aria.

Y cuando en 1938 los gobiernos británico y francés llegaron a un acuerdo con Hitler por el que cedían a Alemania una zona de Checoeslovaquia (los Sudetes), sin pedir autorización al país afectado, estaban dando carta blanca a los planes nazis de invasión hacia el este, con el consiguiente paquete de limpieza étnica. Y, sin embargo, miraron hacia otro lado.

Con todo, al final la guerra la perdió Hitler en Moscú y sobre todo en Stalingrado, pues los recursos que el aparato militar alemán puso en marcha en la operación de invasión de la URSS fueron de tal calibre que descompensaron los del frente occidental. Cuando se produjo el desembarco de Normandía liderado por Estados Unidos (junio de 1944) Europa estaba en gran parte liberada. Sin la disciplina y coraje del ejército rojo, la guerra podría haber evolucionado en otro sentido. Y los rusos pagaron un alto precio por todo ello, ya que tuvieron 23 millones de muertos, en tanto que Estados Unidos tuvo 400.000 (184.000 en Europa). No solo esto, sino que las fuerzas de resistencia en los países ocupados (sobre todo en Francia, Italia y Grecia) estuvieron nutridas y lideradas por miembros de los partidos comunistas locales.

Y esto la gente, el pueblo, lo sabía porque lo había vivido. Por ello, como muy bien documenta Michel Collon, cuando en 1945 se preguntó a los franceses quien había sido el principal contribuidor a la derrota de Alemania, el 57% declaró que la Unión Soviética, el 20% Estados Unidos y el 12% la Gran Bretaña.

En las cancillerías occidentales saltó la alarma. Había que actualizar la “rusofobia”, que tan buenos resultados había producido en épocas anteriores. Y no hubo reparos en hacerlo, en ocasiones de forma muy grosera. Se tomó el hilo de las recetas que el periodista norteamericano Walter Lippmann había expuesto en su libro “Public Opinion” en 1922, en el que describía como “fabricar consentimiento” (manufacturing consent), proceso mediante el cual una “clase profesional especializada” recoge y analiza los datos y presenta sus conclusiones a los que toman decisiones, que, a su vez, utilizan el “arte de la persuasión” para informar (mejor instruir) al público sobre lo que les afecta.

En torno a dos grandes mitos (“El telón de acero” y “la Guerra Fría”) se tejieron muchas fabulaciones, que los medios de comunicación fueron extendiendo a modo de goteo persistente. De nuevo los rusos eran los malos y había que demonizarlos. No era un análisis objetivo y frío que hubiera puesto de manifiesto los errores y fracasos de los líderes políticos soviéticos y de su modelo económico-social, sino una lectura subjetiva y sesgada de una cultura que nunca habían aceptado. Por ello cuando en 1994 se vuelve a preguntar a los franceses sobre el principal contribuidor a la derrota de Alemania, el 49% dicen que Estados Unidos y solo el 25% otorgan este mérito a la Unión Soviética. Claro que en 1945 la vivencia estaba presente, en tanto que cincuenta años más tarde la mayoría de la población se había alimentado del relato fabricado.

Esta voluntad de fabricar falsas evidencias simplistas se ha ido perpetuando, hasta el extremo de que en 1988 dos reputados académicos norteamericanos (el lingüista Noam Chomsky y el economista Edward S.Herman) publicaron el libro “Manufacturing Consent” en el que exponían el modelo dominante en los procesos públicos de comunicación, en lo que todo se pervertía. Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, se había anticipado con nota alta. Hay que reconocer que la mejora ha sido constante frente a una sociedad alienada en la que el espíritu crítico es minoritario.

Y ahora, en un totum revolutum, se pone en el mismo plato el estilo autocrático de Putin (que no es muy distinto del de otros líderes del espectro liberal-conservador) con los derechos de las autoproclamadas repúblicas populares de Donestk y Lugansk, los de los ciudadanos de la república de Crimea (mayoritariamente de cultura rusa), los intereses privados de los propietarios de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 (por los que circula gas ruso para sus clientes alemanes y otros centroeuropeos), la corrupción estructural del gobierno ucraniano, las bases de la OTAN en las fronteras de la Federación Rusa en contra de los acuerdos firmados en 1990 entre Rusia y Estados Unidos, la supuesta invasión de Ucraïna por el ejército ruso, la intrusión geoestratégica de la OTAN en el patio trasero ruso, las continuas amenazas de aplicar sanciones económicas de los gobiernos llamados occidentales a su principal proveedor de gas, los intereses de los productores americanos de gas licuado por vender su producto en Europa, y lo que usted quiera añadir.

Son temas complejos que no se pueden despachar echando mano de estereotipos y de versiones rocambolescas –éstas últimas muy españolas–  sobre, por ejemplo, la implicación del ejército ruso en el proceso de independencia de Catalunya.

La “rusofobia” es fruto de la ignorancia y de la mala fe. Lo primero nos lleva al tramo final del viejo chiste en el que un andaluz y un ruso conversan durante un viaje en el Transiberiano y que dice:

– ¿Y usted de dónde es?

– Yo soy ruso, señor.

– Ruso, tela marinera… Cosa extraña Rusia… Mucho ruso en Rusia… Muy buena la ensaladilla rusa, emocionante la montaña rusa, muy bueno Denis Ruso (Demis Roussos)… ¿De qué parte de Rusia es usted?

– Yo soy de la estepa.

– Muy buenos los polvorones, muy buenos los polvorones…

Lo segundo es más grave y debe ser rechazado por cualquier persona honesta. Las fobias son patologías que cada uno gestiona a su manera, pero cuando se extienden al conjunto de la población son propias de sociedades enfermas, indocumentadas, reaccionarias, unas sociedades en plena decadencia que atacan cuanto ignoran tratando de ocultar su extrema fragilidad.

Amics i amigues: Bon Nadal i Bon Any Nou. La lluita continua.

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