El ecosistema marino es la nueva víctima del conflicto por Malvinas

Este sábado se cumplen 40 años del comienzo de la guerra del Atlántico sur en la que el Reino Unido y Argentina se disputaron la soberanía sobre las Islas Malvinas (Falklands, para los británicos) y, como es lógico, el recuerdo estará puesto en los 650 combatientes sudamericanos y los 255 británicos que allí murieron.

Sin embargo, el reclamo argentino sobre las islas continúa, y comprende también las Georgias y Sandwich del Sur y, en consecuencia, sus aguas circundantes. Es allí donde el conflicto continúa, y se hace carne… de calamar, langostino y merluza.

Es que la ocupación de las Malvinas por parte de una potencia colonial -que es parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)-, tiene el objetivo estratégico de explotar los recursos naturales, vigilar la región y controlar el sector antártico.

Y es en ese sentido que se lleva adelante una total depredación ambiental y económica sobre los recursos naturales, a través de actividades de pesca y exploración de hidrocarburos en los territorios ocupados.

«No hay mecanismo de control ni sustentabilidad de los recursos, básicamente, en la pesca», advierte a la Agencia Sputnik el excombatiente Ernesto Alonso. «El 60 por ciento del presupuesto de las Islas Malvinas se subvenciona con la venta de licencias ilegales de pesca».

El campo de acción es extenso, considerando que se trata de la disputa diplomática más importante del mundo, medido en cuanto a kilómetros cuadrados.

«Han desaparecido colonias enteras de pingüinos en las islas por falta de alimentación. Las Islas Malvinas venden licencias a distintas flotas pesqueras del mundo y si comparamos con otros países que cuidan sus recursos en su litoral, en este caso no hay ningún tipo de control. La pesca es a destajo en lo que ellos han denominado en forma ilegal su Zona Económica Exclusiva (ZEE), asegura el socio fundador del Centro de Ex Combatientes de Islas Malvinas (Cecim).

Es necesario recordar que la plataforma continental sobre la cual ejerce derechos de soberanía la República Argentina -a los efectos de la exploración y de la explotación de sus recursos naturales- comprende el lecho y subsuelo de las áreas submarinas que se extienden más allá de su mar territorial y a todo lo largo de la prolongación natural de su territorio.

En forma jurídica, la plataforma continental comienza donde termina el lecho y el subsuelo del mar territorial que, en el caso de Argentina, llega a las 12 millas marinas, medidas desde las líneas de base, y comprende el archipiélago descrito.

Más allá de ese punto, todo estado ribereño tiene reconocida una plataforma continental de, por lo menos, hasta las 200 millas marinas, medidas desde las líneas de base.

Las flotas pesqueras «vienen a explotar calamar, langostino y merluza negra porque es un commoditie internacional con mucho valor en la comercialización y de valor agregado del producto que termina en las góndolas de la Unión Europea (UE) y los países asiáticos».

No es la única actividad que el Reino Unido desarrolla en las Islas Malvinas, también hay interés en la extracción de hidrocarburos, aunque la imposibilidad de destilar en el lugar, o en la mayoría de los países continentales en relativa cercanía hicieron que, de momento, el país europeo no pueda avanzar más allá de una etapa de exploración.

PUERTA DE ACCESO AL AGUJERO AZUL

El mundo contemporáneo tiene su propio Lejano Oeste, aunque en él no pelean vaqueros e indígenas sino grandes pesqueros contra cachalotes. El preciado botín es un cardumen de calamares cada vez más acechado y la solución al saqueo que allí ocurre requiere el trabajo conjunto de todas las naciones implicadas.

El llamado «agujero azul» queda a 500 kilómetros del golfo de San Jorge, en la costa argentina, y es una zona en alta mar pero poco profunda, lo cual permite el desarrollo de un rico ecosistema que es alcanzado por el sol, en un fenómeno oceánico que sólo se repite en Canadá.

El lugar es una fuente de recursos y está en el límite de la ZEE de Argentina. Allí llegan los barcos pesqueros de China, Corea de Sur, Taiwán y España y muchos de ellos lo hacen con banderas de conveniencia de las «islas Falklands» para saltarse los convenios de los lugares en donde operan.

Usan Malvinas para pararse en la milla 201 y ampararse políticamente en un enclave neocolonial militar, para tirar sus redes en aguas ajenas y avasallar con 300 especies de peces y otro tanto de ballenas, delfines y aves marinas.

Animales, plantas y otros organismos vivos que conservan una estrecha relación con el continente al que alguna vez estuvieron unidos y que, en suma, muestran una evidencia natural de soberanía.

Sputnik

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