El dulce encanto de la mediocridad

El principal problema de la “mediocridad” es que viene muy bien acompañada. Para ello conviene bucear en sus orígenes etimológicos y en su evolución. “Mediocridad” viene del latín (mediocritas-tatis) y significa punto medio, y en extenso “moderación”.

Por Alfonso Durán Pich*

*https://www.alfdurancorner.com

Por eso el pensamiento conservador lo ha tomado siempre como equilibrio entre los extremos, aquel que huye de los excesos en cualquier ámbito de vida. Ya los maestros filosóficos griegos (tanto Platón como Aristóteles) recomendaban huir de esos campos minados que se encuentran en los límites de la razón para buscar el término medio, donde se halla la virtud, la proporción y la armonía.

Los poetas clásicos contribuyeron a ese discurso, y ya vemos que Horacio, en sus “Odas a Licinio” se refiere directamente a la “Aurea mediocritas”, señalando que “el que se contenta con su dorada medianía, no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, ni habita en palacios fastuosos que provoquen la envidia”.

Solo cabe añadir que en el taoísmo, muy próximo al budismo en sus orígenes, hallamos textos muy acordes con esas ideas, cuando predica moderación bajo el lema “no hay que ser demasiado de nada”. No hay que ser demasiado inteligente, ni demasiado rico, ni demasiado trabajador.

Y cuando ese entorno bienpensante es debidamente manipulado, el resultado es previsible. La pregunta es muy simple: ¿Alguien quiere formar parte de ese colectivo medio, contemplado como un rebaño de dóciles ovejas dirigidas por un pastor con la ayuda de unos perros hábilmente amaestrados? La respuesta socialmente aceptada es que no. Todo el mundo quiere destacar, aunque solo brille por un día. Ya lo definió Andy Warhol, cuando dijo provocativamente que en el futuro todo el mundo podría ser famoso, aunque fuera solo durante quince minutos.

Por su parte Carlos Jaramillo nos recuerda que en 1913 el médico y filósofo argentino José Ingenieros publicó “El hombre mediocre”, que tuvo notable influencia en el ámbito universitario más joven y en el que calificaba la mediocridad como “una sombra proyectada por la sociedad, que es por esencia imitativa y adaptada para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, los prejuicios y el dogmatismo útil para la domesticidad”.

Estamos pues comprimidos entre la definición denotativa del término (busca el punto medio, el punto justo) y la connotativa (no te esfuerces, se negativo, se ineficiente). Y aunque pueda parecer extraño por lo que cuentan a nuestro alrededor, ese contraste de definiciones se complementa más de lo que parece. Y el punto de unión es la tendencia natural de la sociedad hacia el conformismo, al que se llega por diferentes caminos.

Estoy de acuerdo con Alain Deneault, un profesor de sociología de la universidad de Quebec, cuando denuncia que los mediocres han tomado el poder, anestesiando con sus mensajes al resto de la población. Para ello se han valido de un lenguaje que parecería  moderno si estuviéramos a finales del XVIII, en pleno cambio de paradigma. Insisten en el pragmatismo, en el “buen gobierno”, en lo vendible, en lo presentable, en lo apolítico, en lo correcto, en la eficacia en el cumplimiento de las tareas encomendadas, en el papel clave de los “expertos”, en el “día a día” sin horizonte, en la especialización llevada al extremo, en las “medidas equilibradas”, en la excelencia (sin pasarse), en desarrollar protocolos, en predicar “lo inevitable”.

Y para ello han contado, como es habitual, con los intelectuales a sueldo que han potenciado en el mundo académico los conocimientos útiles (¿útiles para quién?). Dice Hans Magnus Enzensberger que los centros de enseñanza universitaria están produciendo en masa “analfabetos secundarios”, que si los añadimos a los analfabetos funcionales de buena parte de la población no universitaria, nos encontramos con un colectivo fácil de explotar.

Entre esos analfabetos secundarios algunos llegarán muy lejos en su especialización e irán perdiendo paulatinamente la escasa visión de conjunto que tenían. Nos harán recordar aquel famoso debate que se desarrolló en la universidad de Berlín y en el que Karl Marx, uno de los padres de la economía política, espetó a los monetaristas: “Ustedes cada día saben más de menos y menos. Hasta que un día lo sabrán todo de nada”.

También el filósofo Ortega y Gasset se refirió a este colectivo elitista más tarde, cuando criticó la irrelevancia social del “idiota especializado”, aquel que domina una sola materia e ignora con altanería todo lo demás. Fue además Ortega quien en “La rebelión de las masas” denunció al hombre-masa (que no hay que identificar necesariamente con la gente poco instruida, pues incluye también al sabio ignorante) y del que dijo que “lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera”. De la vulgaridad orteguiana a la mediocridad actual hay una clara decantación.

El Sistema ha ido cribando el personal para colocar en los puestos clave a actores medianamente competentes, descartando a los incompetentes y también a los “supercompetentes”, porque saben que estos últimos se ajustan a la duda razonable, practican el escepticismo metodológico y cuestionan la validez de los fundamentos del Sistema.

Podríamos considerar que los “medianamente competentes” entran felizmente en un territorio regado por el “aurea mediocritas”, donde se sienten cómodos. Son la generación que no saben hacer nada si no tienen el “power point” a su lado. Han aprovechado que las revoluciones ya no están de moda y se han constituido en el “centro extremo” o en “extremo del centro”, donde nadie plantea desafíos al orden social y económico que postula el poder. Consideran que hay que jugar al juego que se juega y no otro. Establecen un contrato tácito entre sus conocimientos y los poseedores del capital. Han colado una seudo meritocracia para justificar su escalada por la pirámide. Son leales entre ellos y guardianes fieles del dogma. Su mentalidad pequeñoburguesa es caldo de cultivo para la creación y desarrollo de instituciones corruptas, hecho que tampoco les preocupa por entender que resultan imposibles de controlar. Han liquidado, casi sin darse cuenta, el eje histórico derecha-izquierda para converger en un sólido bloque central, por mucho que verbalicen, a modo de divertimento, teóricas diferencias instrumentales. Consideran como inevitable lo que es inaceptable. Se multiplican como conejos, ya que el mediocre solo puede producir mediocres. Además tienen la ventaja de ser sustituibles fácilmente. Confirman las hipótesis del pedagogo canadiense Laurence J.Peter sobre los límites de la competencia.

Si echamos un vistazo a nuestro alrededor podremos comprobar que esta nueva subclase social ha copado todos los ámbitos. Dominan en lo político, en lo jurídico, en lo económico, en lo social, y también en lo mediático y en lo cultural. Por eso han sustituido la educación por el entretenimiento. Se rodean de “influencers” y “chaperos mediáticos” que cantan sus excelencias a cambio de regalías y concesiones. Han sido capaces de echar por la borda el escaso pensamiento crítico que todavía existía.

Hablan, por ejemplo, de “la guerra de Putin”, como si estuvieran jugando al parchís o de la “candidatura de los Juegos Olímpicos de Invierno en el Pirineo”, para que les digan que no y puedan presentar la de Madrid (que es la que de verdad humedece sus noches), o de “los fondos Next Generation” para recuperar la economía post Covid, como si se tratara de una versión actualizada de “Bienvenido mister Marshall”. Están acostumbrados al problem-solving y a jugar al Sudoku, y cualquier fenómeno que se escape de su vuelo gallináceo les resulta incomprensible.

Pero están ahí y siguen contando con el aplauso mayoritario de la población. Decía el gran moralista francés Chamfort  -refiriéndose al éxito o no éxito de una obra literaria–  que el primero se producía al alcanzarse el máximo ajuste entre la mediocridad del autor y la de su público.

La evidencia empírica lo corrobora cuando vemos la trayectoria internacional ascendente de personajes como Bolsonaro, Berlusconi, Kim Jong-un, Trump, Johnson, Biden, etc. Y en un terreno más próximo de la política doméstica, también podemos apreciar como el Estado español ha contado con presidentes de gobierno como Rodríguez Zapatero, Rajoy, González, Suárez, Sánchez y Aznar. Los han votado y una anestesiada población los sigue votando en los nuevos formatos, llámense Núñez, Casado, Ayuso, Iceta, Robles, Illa, Lambán, Revilla, Arrimadas, García-Page y lo que haga falta. Ya hemos dicho que los mediocres son fácilmente sustituibles.

Le hemos dado la vuelta a la propuesta de Platón y a su “gobierno de los mejores”. Será porque todos estamos inmersos en el líquido amniótico de la mediocridad.

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