Paraíso prohibido de Brasil: el islote plagado de serpientes

No aparece en las guías de turismo, pero sí forma parte de esos rincones marcados por el halo de misterio de lo prohibido. Es la isla de Queimada Grande, más conocida como «Isla de las Serpientes». Está a escasos 35 kilómetros de la costa de São Paulo (sureste de Brasil) y ningún ser humano tiene permiso para poner un pie en su territorio. ¿El motivo? Está habitada por más de 15.000 serpientes extremadamente venenosas.

Este pequeño islote rocoso y escarpado está habitado sobre todo por las serpientes ilhoas (Bothrops insulares), un tipo de víbora endémica de la zona con un veneno muy tóxico, entre 12 y 20 veces más potente que las de sus parientes del continente, según el ayuntamiento de Itanhaém, a quien pertenece la isla.

Estas temidas serpientes miden hasta un metro, y su picadura es capaz de matar a una persona en menos de seis horas. El riesgo es máximo debido a la alta densidad de población, prácticamente hay una debajo de cada piedra. Las serpientes son las reinas del lugar. Tan sólo la isla de Shedao, en China, tiene una concentración de serpientes mayor en todo el mundo.

Los ofidios se alimentan de pequeños anfibios y escorpiones en la fase de crecimiento, y cuando son adultas comen básicamente aves migratorias, ya que los pájaros locales ya cambiaron su comportamiento debido al exceso de depredadores.

PROHIBIDA LA ENTRADA

La isla fue descubierta en 1532 por la expedición colonizadora de Martim Afonso de Souza. Nunca hubo ninguna población humana permanente, aunque sí había un faro. Fue automatizado en 1918, debido a los accidentes fatales de los fareros por las picaduras de las serpientes.

Desde entonces, los seres humanos en esta isla brillan por su ausencia. La isla no está abierta a turistas ni a curiosos. Los únicos visitantes ocasionales son biólogos e investigadores que siguen estrictos protocolos de seguridad y deben ir acompañados por un médico en todo momento.

A pesar del riesgo, algunos intrépidos desafían la prohibición y exploran la isla por su cuenta. Son traficantes de animales, que buscan capturar la temida especie y venderla en el mercado clandestino. Pueden llegarse a pagar 30.000 reales por ejemplar (casi 6.400 dólares), a pesar de que el comercio de animales exóticos en Brasil está duramente castigado por la ley.

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