Sobre amores y desamores

No es que pretenda escribir un bolero; no tengo imaginación para ello. Contamos además con un repertorio nutrido de boleros de origen caribeño que han llenado sobradamente nuestros espacios amorosos. Y que duren.

Por Alfonso Durán Pich*

*https://www.alfdurancorner.com

Si entro en este territorio sentimental es que me ha llamado la atención la difusión pública de un estudio sobre “La polarización y convivencia en España 2021”. Metodológicamente el trabajo parece bien hecho, por lo que tenemos que aceptar la validez representativa de los resultados. Que el estudio sea necesario o no es un tema a cuestionar, aunque ya sabemos que la mayoría de estos estudios tienen otro tipo de intenciones, siendo la más relevante la propagación de una orientación ideológica determinada. Por eso siempre es conveniente conocer la fuente y sobre todo quién paga la fiesta.

El estudio saca una serie de conclusiones que resultan obvias, aunque yo me quedo con la parte afectiva. Es decir, vuelvo a lo sentimental.

No hacía falta tanto trabajo de campo para comprobar que “esos catalanes de mierda” son los menos queridos entre todos los ciudadanos del Estado. Los vascos ocupan el segundo lugar, aunque subliminalmente (incluso en los momentos más duros del conflicto en Euskal herria) los castellanos los han alabado, siempre a escondidas, “porque tienen muchos cojones”. Es una singular manera de medir afectos. Ya lo dijo Unamuno, hace más de cien años, en una carta dirigida a su colega Azorín: “Merecemos perder Cataluña. Esa cochina prensa madrileña está haciendo la misma labor que con Cuba. No se entera. Es la bárbara mentalidad castellana, su cerebro cojonudo (tienen testículos en vez de sesos en la mollera)”.

La historia viene de muy lejos, incluso mucho antes de la derrota de 1714. Solo hace falta acudir a una hemeroteca y consultar pacientemente los archivos sobre esta mirada sesgada respecto a los ciudadanos de una nación que goza de una historia, de una cultura y de una lengua distinta a la de ellos. Y eso no lo pueden soportar.

Pero si vamos al fondo del tema, uno ha de preguntarse en qué medida le importa que los ciudadanos de Extremadura (por ejemplo) muestren su desafecto por los catalanes o que el 21% de los españoles consideren que el gobierno central ha de aplicar “mano dura” (supongo que quieren decir “más mano dura” que la corriente) sobre Catalunya y su gente.

Como hay que mojarse y en este caso me gusta personalizar el tema, a mí me importa un bledo su estima; es decir, me trae sin cuidado. A mí, e imagino que a cualquier persona medianamente equilibrada, le importa que la quieran los más próximos, aquellos seres que le han acompañado en su decurso vital. Este es siempre un círculo reducido, que incluye a unos pocos amigos y familiares. Puede ser que a los políticos profesionales (el poder de la compensación que describe Galbraith) les preocupe que los quieran sus votantes y simpatizantes, aunque saben que esta querencia es pura retórica a cambio de alguna promesa difusa.

Otra cosa es que no te quiera nadie o que tú lo percibas así, y en este caso nos encontramos en un ámbito distinto en el que un psicólogo clínico experimentado puede ayudarte a superar ese sentimiento negativo.

No le demos más vueltas a un problema caduco. Hace ya muchos años que el gran biólogo Richard Dawkins y sus discípulos identificaron los “memes” como unidades de información cultural transmisible (en paralelo a los genes) de un individuo a otro, de una generación a otra. En el Estado español la “catalanofobia” es uno de ellos.

Actuemos con lógica. Razonemos con inteligencia. Dejemos los sentimientos para el espacio privado. Es cierto que la gente solo quiere que la quieran, pero esta generalización tiene un alcance limitado.

Y si queremos distraernos sobre afectos y desafectos, profundicemos en la lógica paradójica, aquella que postula que una cosa puede ser verdad y también serlo su contraria.

Tomemos como referencia aquel ejemplo popular que dice:

No quiero que te vayas,

ni que te quedes.

Ni que me dejes sola,

ni que me lleves.

Quiero tan solo.

Pero no quiero nada,

lo quiero todo.

Esto nos llevaría de Aristóteles a Fromm y nos enriquecería culturalmente, mucho más que preguntarnos sobre los sentimientos de los habitantes de Burgos o Teruel.

La vida es corta. No perdamos nuestro precioso tiempo en falsos debates sobre si nos quieren o no nos quieren, que a nada conducen.

Para amores y desamores nos bastan los boleros.

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