«Pequeña Pamela», una tragedia moderna y distópica sobre el desamor y la violencia

Seres marginales, con un futuro arrebatado, tratan de hacer pie con sus miserias y anhelos en «Pequeña Pamela», una obra de la directora argentina Mariana Chaud que acoge el Teatro Sarmiento del Complejo Teatral de la capital argentina.

Una historia de desamor condena a la protagonista que da nombre a la tragedia, Pamela (Camila Peralta), en una narración intervenida por un coro de personajes donde el relato mitológico narra los tormentos y desventuras de una heroína violentada.

Reconoce la autora de «Pequeña Pamela» que esta distopía contemporánea transita por un «proceso delicado» en donde cristaliza la fantasía con elementos propios tragedia griega clásica. «No queríamos caer en un retrato de la marginalidad porque nos interesaba más la particularidad de las circunstancias que hacer un retrato social», cuenta a la Agencia Sputnik.

Para ello se basa en la obra del artista visual Nahuel Vecino, en la que se inspiró Chaud para vestir a sus personajes y para ambientar un universo ante el que había un desafío. «La pregunta era cómo hacerlos hablar e interactuar», explica.

Es así que siete figuras buscan su destino como si tuvieran la posibilidad de elegir. Pero la catástrofe se impone, en una tragedia que «hoy en día es la tragedia de la desigualdad, de la violencia, de la soledad y del desamor», define Chaud.

PROTAGONISTAS

En esta trama de desesperanzas, la narrativa es encauzada por una ciclopesa de majestuosa autoridad (Iride Mockert), que extrae leche de sus ubres entre caños de desagüe y un basural de paredes grises. Con ese gesto, «símbolo del origen y la celebración de la vida», la ciclopesa se erige como «una especie de semidiosa superpotente», precisa la directora. «En ese sentido, al mismo tiempo que narra, nutre y poetiza».

La cicloplesa acompaña su relato con el keytar, un sintetizador con teclado adaptado en forma de guitarra que constituye uno de los instrumentos simbólicos de la cumbia. Se lo arrebata de tanto en tanto la polifónica mujer que representa al coro (Rosalba Menna), quien acompasa, comenta, e irradia celeridad con sus observaciones, y que sucumbe en un desdichado final a manos de la masculinidad tóxica encarnada en tres personajes.

Ayax (Santiago Gobernori), el antihéroe por el que suspira Pamela, se halla ensimismado por una Helena que sobrevuela en el aire y en los emoticonos lacónicos que mantienen en vilo al enamorado. En su perpetuo desprecio a Pamela, Ayax se envalentona arropado por sus secuaces energúmenos, el Sirena (Julián Larquier Tellarini) y Arjona (Marcos Ferrante).

«Pienso que el lugar del hombre esta en crisis», reflexiona Chaud. «Hay un modelo de masculinidad rancia y mezquina que la sociedad intenta sostener a cualquier precio y que hace mucho daño. Ese modelo da cuenta de una idea de la familia y del amor sumamente tóxicos».

Del otro lado están las mujeres, con su protagonista desdichada y sus acompañantes corales. «Considero que las figuras del coro y del corifeo (ciclopesa) de la tragedia griega cumplen una función bastante metateatral», revela Chaud. «Yo retome estas figuras poniéndolas a hablar con un lenguaje mas explicito y mas contemporáneo».

Junto con la infortunada Pamela, las mujeres adoptan y llevan sobre sus hombros el relato y el transcurrir de una obra cuyo desenlace es implacable con dos de ellas. Son, en cualquier caso, el sostén, la muestra de bondad en un mundo sórdido del que es arduo reponerse. «Creo y confió en que las mujeres tenemos el potencial de construir de otra manera, mas horizontal y de mayor escucha», sostiene la directora.

El único personaje que se salva de mezquindades y maltratos es el Tío Trolo (Lalo Rotavería), el contrapunto cómico que resulta haber fallecido. La obra abre así un espacio al más allá de donde sale este ser vigoroso y estrafalario, y al que no regresará solo.

«El Tío Trolo viene del inframundo y no trae ningún mensaje», explica Chaud. «En general, los espectros aparecen en la tragedia para revelar algo importante para la estirpe, pero en este caso, el Tío Trolo viene a a contar sus glorias pasadas en los tempranos años 90) y a mostrar toda la movida cultural del under (de cuando el under era algo en sí mismo y no un vehículo para acceder a otros lados)».

TIEMPOS LÍQUIDOS

Esa atmósfera que evoca el Tío Trolo, y que «ya no existe más», en palabras de su autora, anima el transcurso de un relato que se vuelve sombrío a medida que avanza. Las risas se extinguen, el inframundo se puebla de nuevos invitados, y el antihéroe, consumido en su propia obsesión, lleva al paroxismo el desenganche de su propia vida a través de una herramienta tan común como maldita: el móvil.

Este elemento, disruptivo durante toda la obra, muestra la liquidez de estos tiempos en donde casi nada permanece. «Pone el foco en la alienación de la virtualidad, de la vida que se va mientras miramos el móvil», asiente Chaud.

Y en ese halo que se retira, la vida abandona la tragedia clásica y la mitología para mostrar un mundo descarnado del que no hay escapatoria posible.

Sputnik

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