“Ya me canso de llorar, y no amanece”

Si es usted mexicano hasta las cachas; si es de aquellos que tienen la emoción y la pasión a flor de piel: si es de los que cuando calla está cantando y cuando canta a toda voz no oculta sus intensidades más corrosivas…

Por Joel Hernández Santiago*

*joelhsantiago@gmail.com

Si es usted de los que apenas se toma un tequila  o un buenísimo mezcal de Oaxaca, y se le incorpora al torrente sanguíneo y le sale lo “Soy puro mexicano, nacido en esta tierra, en esta hermosa tierra, que es mi linda nacioooón…”…

Pues eso. En lo que respecta al orgullo de serlo, es usted un mexicano a carta cabal. Porque es así. Porque los mexicanos somos gritones, emotivos, con frecuencia llorones y a veces pasados de tueste, pero al fin de cuentas estamos hechos de barro negro y chiles en nogada. Origen y mestizaje, pues. Mexicanos es la palabra.

Aquella hermosa joven, modocita, bien vestidita, simpática y con sonrisa de cascabel, llega con sus amigas para celebrar algo… un cumpleaños quizá, una graduación o que se va a casar… quién sabe. Llega y comienza a escuchar a los mariachis en la plaza más emblemática de los mariachis en la capital de México: Garibaldi.

Llega y sonríe. Sonríen ellas. Ríen. Se dicen una y otra cosa y como palomas se mueven de un lado a otro. De pronto piden una canción al mariachi aquel. De pronto le piden esta y esta y esta y de pronto la joven modocita y vestidita de domingo, se alegra y pide que le canten una canción… Una de despecho… Eso es. Esas de las que más pegan al corazón, al alma, a los huesos, a la molleja y a las agarraderas.

Le tocan “Paloma negra” y ella, como flecha, se lanza a cantar con todo el desgarro del mundo, con esa emoción en la que se vuelcan sus propios sentimientos y su locura por algo que fue y que quizá no pudo ser… Ella, Modocita canta bien. Está hecha de voz toda… Y es que “el canalla”…

“Ya agarraste por tu cuenta las parrandaaaas… Paloma negra, paloma negra dónde, dónde andarás… Ya no juegues, con mi honra, parrandera….” Aunque es un él, por supuesto. Y ella se trastorna y emociona a los concurrentes. Canta y canta.

… Y está ahí “Modocita”, pero no está ahí, le canta a su palomo negro que se le fue de parranda a quién sabe dónde, a qué inframundo a qué mala vida. Y termina. Y aplausos y gritos de la concurrencia. Y ella reacciona. Y ella despierta. Se había perdido en sí misma. Y los gritos de algarabía la emocionan y la ‘‘chivean’. Sus amigas la abrazan y le apapachan.

Y están contentas porque están en su mundo; en el que es de ellas y nada más que de ellas y para ellas: la alegría de la música que se vuelve emoción y pasión y locura y ‘dime cuál es la que cantas y te diré lo que llevas en el buche’.

Y es cierto. La música es el aliento del ser humano. Es una ventana abierta para descubrir otros mundos, otras galaxias, otra gama de colores y emociones. La música es calma, melancolía, tristeza o alegría infinitas. Se nos incorpora al alma con sólo escucharla. Y en eso de la música hay gusto para todos, la hay al tono de lo que nuestra emoción exige y recibe.

La hay para expresar los sentimientos y en el caso de la música ranchera (hoy mamonamente denominada como “regional mexicana”) hay de todo en el gusto nacional. Y la hay por regiones y la hay por estados y la hay en las costas y las montañas.

Esa música ranchera tiene momentos gloriosos. De cumbre. Y ya se sabe que la música no tiene fronteras, ni historia, ni fecha en el calendario… Es música entonces y ahora.

Y uno de los grandes compositores de rancheras que se escuchan como en oración por todo el mundo, en los grandes salones y conciertos lo mismo que en “El salón de la fama”, cantina, o en la ‘combi’ nuestra de cada día, o en  Garibaldi es:

Tomás Méndez. Un compositor que hizo canciones que llegan al alma mexicana y de quien tenga alma en el mundo. Se han vuelto clásicas y la intemporalidad de su música y letras se demuestra todos los días porque se tocan sus canciones por todos lados del mundo redondo y azul pintado de azul, tal como se le ve desde infinito sideral.

Tomás Méndez Sosa era “un compositor inspirado” según se leía por los años cincuenta en los promocionales de su música. Y sí. Lo era. Aunque él mismo no sabía –en principio- el nivel de penetración que tendrían sus canciones en México y fuera de México.

Nació en Fresnillo, Zacatecas, en 1927. Fue hijo de Juan Méndez, minero (quien, por lo mismo, falleció de tuberculosis) y de María Sosa. Tuvo seis hermanos. Y como la vida no es ‘block cuadriculado’, el pequeño estudiante tenía que buscar la forma de ayudar al sustento familiar y personal.

Trabajó desde muy chico en el campo. Y fue esta parte de su vida la que marcó su mundo musical y la nostalgia por aquellos campos zacatecanos y sembradíos, fiestas y defunciones. Eso es: fue lo que más le influyó en sus letras y en la música porque gran parte de sus canciones hablan de lo rural, de sus aires sus transparencias y de sus pasiones; de sus expresiones casi silenciosas o explosivas, pero ciertas y francas.

Desde pequeño, también, ya traía metido en la maceta que quería componer canciones. Y ya joven, por esa inquietud, estudió algo de solfeo con un amigo, el pianista y organista Manuel Almanza Angón, quien fuera director de la reconocida Sonora Zacatecana, pero al poco tiempo abandonó las clases por ser un músico lírico que componía de oído, y que prefería seguir tocando así.

Así que suleit motiv,  fue el mundo rural, como también las especies que más apreciaba a campo abierto: Las aves: “De allá del mar vendrás, Golondrina presumida, Golondrina consentida, Preferida de este amor, de allá del mar vendrás…; Los toros: “Toro, toro asesino ojalá te lleve el diablo”; Los gallos “¡Tu vida contra mi vida, y no te me vas a rajar!”. Así de fornidas sus letras.

En contraste con la música usual por entonces, finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, cuando imperaba en el ambiente urbano la música de Agustín Lara y sus boleros apasionados y dolidos, los danzones cadenciosos y el intimismo de la pasión desprevenida, ‘Tomás Méndez, en contraste, expresa a ese México mítico y bravío, vernáculo y moridor’.

Así que trabajó en todo lo que pudo para subsistir, pero también comenzó a componer en serio. Tocó puertas y ventanas. Se acercó a quien pudiera echarle una mano en un mundo en el que si no conoces a alguien “picudo” pues simple y sencillamente no existes.

Así que se vinculó con el trío “Los Diamantes” como asistente y,en algunos andares más,conoció a Mariano Rivera Conde en la radio “W”, quien desde un principio le apoyó en su carrera musical.

Una de sus primeras intérpretes le cayó de perlas, ni más ni menos que Lola Beltrán, a quien conoció en la casa del director de cine, el Indio Fernández. Ella siempre exitosa, fue quien interpretó primero algunas de sus canciones a principios de los cincuenta: “Ofrenda Guadalupana”; “La luna dijo que no”; “Que me toquen las golondrinas”, “Tres días”, “Gorrioncillo pecho amarillo”, “Huapango torero” y, sobre todo“Cucurrucucú paloma” una canción emblemática y de culto mundial.

Y de ahí en adelante otras más, ya cantadas por el mismo compositor como por Lola y más artistas-cantantes de la época: Pedro Infante, Amalia Mendoza, Miguel Aceves Mejía, El Charro Avitia… Y  más reciente Caetano Veloso, Juan Diego Flórez, Plácido Domingo, Nana Mouskouri. Su nombre se colocó como uno de los grandes compositores mexicanos.

Expresaba sus sentimientos de forma emotiva y sin timidez; relataba sus propios sentimientos, los de un ser humano propenso al dolor, a la desesperación y al amor sin trancas ni ataduras: como caballo desbocado, digamos.

Así que se llenó de éxitos pronto. De premios. De reconocimientos. De autoridad musical en México. Y nunca dejó de ser el apasionado mexicano que busca hasta el delirio su propia redención a través de la música. (Murió en junio de 1995).

Pero eso: no hay un solo mexicano –o casi-, viejo o joven, de norte a sur, que no haya cantado una de sus canciones en los momentos de más pasión, locura, despecho y frondosidad mexicanas. Una parranda sin la Paloma Negra es como un tequila sin limón y sal, o como un “¡Ay dolor, ya me volviste a dar!” pero sin dolor.

“… Si tus caricias deben ser mías, de nadie más: y aunque te amo con locura, ya no vuelvas (…) ¡Dios dame fuerzas, que me estoy muriendo por irla a buscar!” ¡A verdad!

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