El legado ambiental de Bolsonaro: la deforestación de la Amazonia alcanza su nivel más alto en 15 años

Es el peor Gobierno para el medio ambiente en toda la democracia en Brasil», denuncia Greenpeace.

El presidente recortó el presupuesto de las agencias medioambientales y ha dado facilidades a la tala de la selva.

Brasil se juega el domingo en unas elecciones trascendentales no solo su futuro, sino en gran medida también el del planeta. El gigante sudamericano alberga en su territorio la mayor parte de la selva amazónica, el bosque tropical más grande del mundo y considerado el pulmón de la Tierra por su capacidad para absorber dióxido de carbono. Bajo el mandato del actual presidente Jair Bolsonaro, sin embargo, se ha disparado a niveles récord la destrucción de esta valiosa selva.

En los primeros tres años de su mandato se han deforestado 34.000 kilómetros cuadrados de bosque tropical, una superficie superior a la de Cataluña o un país como Bélgica. «Es el peor Gobierno para el medio ambiente en toda la democracia en Brasil», asegura a RTVE.es Romulo Batista, portavoz de Greenpeace Brasil desde Manaos, corazón de la selva.

Pero más allá de la extensión, lo que preocupa a ecologistas y científicos es la tendencia al alza. Desde 2004, poco después de la llegada al poder de Luis Inácio Lula da Silva, la deforestación ha ido disminuyendo, y se llegó a reducir casi un 80% durante su presidencia, según datos del proyecto PRODES, que monitorea este fenómeno por satélite.

En la última década no se había pasado de 10.000 km² de deforestación anual, una barrera que se superó en 2019, el primer año de Bolsonaro en el poder. Con él, la destrucción de la selva ha aumentado un 73% hasta 2021, el peor año de los últimos 15. En 2022 la situación no ha hecho más que empeorar: en el primer semestre se quemaron casi 4.000 km², un 10% más que en el mismo periodo del pasado, según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE, por sus siglas en portugués).

Connivencia con la ganadería y la industria maderera

Detrás de estos números hay una falta de interés por parte del Gobierno en aplicar la legislación ambiental y perseguir a ganaderos y agricultores, los principales responsables de la deforestación. Según datos de la FAO, el 90% de la destrucción de bosques a nivel mundial está impulsada por esta industria. En Brasil, concretamente, el 72% se debe a la ganadería de vacuno, que después se exporta a otros países como Estados Unidos o China.

«Hemos visto constantes recortes de la financiación para las agencias medioambientales que se encargan de monitorear y combatir la tala ilegal y los incendios», denuncia Batista. El año pasado, más de la mitad del presupuesto de la agencia medioambiental federal Ibama se dejó sin ejecutar, según Observatorio del Clima, un grupo de varias ONG brasileñas.

También ha impulsado leyes que «han acelerado aún más la destrucción ambiental», como por ejemplo un texto que está ahora en trámite parlamentario y que facilitaría lo que en Brasil se conoce como grillagem, un proceso mediante el cual cualquiera puede apropiarse de tierras públicas si justifica una actividad económica y que está detrás de gran parte de la deforestación. Otra polémica iniciativa permitiría «abrir los territorios indígenas» para el aprovechamiento minero, lo que beneficiaría a los garimpeiros o buscadores de oro ilegales.

Bolsonaro provocó la suspensión de la financiación internacional al Amazon Fund, un mecanismo de donaciones al que contribuían especialmente los gobiernos de Noruega y Alemania. Estos países, tras cambios unilaterales en su funcionamiento por parte del presidente brasileño, decidieron congelar su actividad.

Un presidente ligado a los intereses de los grandes agricultores y ganaderos

En Brasil la Amazonia está protegida por el Código Forestal, una ley pionera en el mundo que se remonta a 1965, y que obliga a los terratenientes a preservar un determinado porcentaje de sus parcelas para la selva virgen. Sin embargo, los activistas medioambientales cuestionan el interés de Bolsonaro en hacer cumplir la legislación, ya de por sí debilitada tras una controvertida reforma en 2012.

«La mayoría de los contribuyentes a la campaña de Bolsonaro vienen de la agroindustria», explica el portavoz de Greenpeace. El jefe del Gobierno de Brasilia tiene fuertes vínculos con la industria maderera, ganadera y minera, que lo auparon al poder en 2019. Sus caladeros de votos están en regiones como Rondonia o Mato Grosso, el «salvaje oeste» en el límite de la selva donde se concentra la deforestación.

También estaba vinculado a estos negocios su polémico primer ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, quien acabó dimitiendo en 2021 en medio de una investigación judicial sobre su complicidad en la exportación ilegal de madera a Estados Unidos y Europa.

En su campaña y en sus primeros momentos al frente del Gobierno, Bolsonaro presentaba la protección de la selva como un freno al desarrollo económico. «Mira la selva como se miraba hace 100 años, como utensilio para el desarrollo«, señala Batista. «La selva es el mayor activo que Brasil puede tener. Cuando todos los países desarrollados están discutiendo cómo tener una economía verde, aquí tenemos el mejor ejemplo de esto», reivindica.

¿Cambio de políticas o maquillaje de cara al exterior?

El exmilitar prometía, como Trump, salirse del Acuerdo de París para reducir emisiones, un gesto que hubiera sido histórico, ya que Brasil es el sexto país que más emite del mundo. Sin embargo, la presión interna e internacional han limado su discurso, que incluso en los últimos meses parece haber dado un giro hacia una mayor protección de la naturaleza.

En la cumbre del clima de Glasgow, el año pasado, el presidente se comprometió a intensificar su lucha contra la deforestación y a eliminarla por completo en 2028, dos años antes de lo previsto. Este verano, además, ha aumentado las multas a la tala ilegal. Las medidas no convencen a activistas como Batista, que insiste en que «las políticas no han cambiado en absoluto».

Cita, por ejemplo, los recientes incendios. En los nueve meses que llevamos de 2022, los incendios en la Amazonia ya han superado los de todo el año pasado, con un día especialmente fatídico, el 7 de septiembre, bautizado como «día del fuego», en el que se registraron más de 3.000 focos a la vez, según datos del INPE. Estos fuegos están provocados por agricultores y ganaderos, los máximos responsables de la deforestación, y quedan impunes por la falta de acción gubernamental.

Desde el exterior, mientras, crece la presión para evitar la deforestación. El pasado 13 de septiembre el Parlamento Europeo votó a favor de ampliar el reglamento contra la llamada deforestación importada, que ya incluía el veto a importar productos como la carne de vacuno o la soja, y al que se añaden ahora el caucho, el cuero, la carne de cerdo, de pollo o el maíz. La decisión tendrá un efecto práctico importante, ya que la Unión Europea es el segundo principal importador de productos procedentes de la deforestación tropical, solo por detrás de China.

Si gana Lula se podría reducir casi un 90% la deforestación

La relevancia de quién ostente el Gobierno brasileño sobre la conservación del pulmón verde del planeta es enorme. Según un análisis reciente del medio británico Carbon Brief, si Lula gana las elecciones de este domingo, se podría reducir en un 89% la deforestación de la Amazonia.

El estudio, elaborado por la Universidad de Oxford, el INPE y el Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados para el portal Carbon Brief, considera que si Lula vuelve a ganar y se aplica consistentemente el Código Forestal, la reducción puede ser similar a la que logró el expresidente progresista durante sus ocho años de mandato.

Los próximos años pueden ser clave para la supervivencia de la propia selva, «un regulador del clima a nivel mundial», como insiste Batista. Un estudio publicado en 2020 advertía de que un 40% de toda la Amazonia estaba cerca de un «punto de no retorno» por el cambio climático. El aumento de las temperaturas y un descenso en las precipitaciones provocarían que el bosque tropical se convirtiera en una sabana.

Para Batista, «independientemente de quién gane, es necesario volver a las buenas actitudes que ya demostramos». «Brasil ya fue el número uno mundial en la protección forestal, tenemos buenos ejemplos de cómo combatir la deforestación, y aquello tuvo lugar en el mismo periodo de un gran crecimiento económico», algo que se podría repetir, afirma, optimista.

RTVE

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