Días de muertos: “…tan grande el silencio del silencio”

Lo hacíamos felices y aun lo hacemos cada año. Pero ya sin algunos de aquellos seres amados que estaban con nosotros entonces. Hoy, ellos también son ausencia.

Por Joel Hernández Santiago*

*joelhsantiago@gmail.com

Pero por entonces aquella era una ceremonia esperada y querida. Éramos niños lo sentíamos más como fiesta colorida y dulce… Al paso del tiempo, poco a poco, como sin proponérnoslo, estos días se vuelven tristes y dolorosos por quienes ya se fueron; pero también es fiesta y es regocijo porque pronto llegarán a casa otra vez. Se suman sentimientos, dolores, alegrías y silencios cargados a lo largo de la vida.

Lo primero era limpiar el espacio con agua y con jabón; poner una mesa enorme cubierta por manteles de flores que eran rosas o margaritas o ‘no me olvides’, para colocar la ofrenda. Todos participábamos en todo.

El chiste era engalanar el lugar y hacerlo propicio para que ellos se sientan a gusto, bienvenidos, amados, esperados. Era como si toda la familia se encontrara de nueva cuenta, como entonces. Como cuando nada podía pasar. Como cuando nadie podría faltar.

A lo mejor lo primero que nos gustaba por entonces eran los aromas, los colores, los sabores, la luz nocturna de las velas y veladoras. El aroma intenso y casi sofocante del incienso y el copal sobre los carbones encendidos nos hacían imaginar la llegada. Nos hacían preguntar en cómo podía ocurrir aquel prodigio de reencuentro. Nosotros curiosos y vehementes a la espera de su llegada.

Así ocurría en la casa en la que aún se escuchan los ruidos de la cocina, el caer de una tapa de peltre, los andares de madre por el patio viendo y ordenando cosas, las risas de los hermanos que jugábamos mientras hacíamos tareas útiles para evitar el grito regañón pero amado del abuelo: “¡Aquí el que no trabaja no come!”.

Y en cada casa del pueblo, de nuestro estado y de todo el país, se colocan las ofrendas el mismo día, y casi a la misma hora. Cada uno en la medida de los amores y en la medida de las posibilidades. Hay ofrendas que son espectaculares. Cargadas de viandas que lo iluminan todo. Otras no son ostentosas pero asimismo cargadas de cariño. A veces apenas con unos frutos, un pan, agua, sal, azúcar y la veladora encendida, pero que se sepa que “se piensa mucho en ti”.

Y así, cada quien en sus casas se esmeran en recibir “como Dios manda” a los muertos: a nuestros muertos que, de hecho, según nuestra creencia o ilusión no han muerto porque aunque no los veamos siguen aquí en el recuerdo, en la nostalgia o tristeza y en la carcajada estruendosa, en el recuerdo de aquello que vivimos juntos cuando podíamos decirnos “te quiero” cara a cara.

Y por eso el camino de flores a su llegada y a su salida. Y por eso el altar con los mejores platillos, esos que más les gustaron en vida: Mole, tamales, romeritos… Y frutos que son mandarinas, guayabas, manzanas, naranjas, pitahayas, tejocotes, tunas, higos, sobre una cama de flores de cempazúchitl

Y también cacahuates y nueces y semillas de calabaza. Y agua, mucha agua para el camino. Y una buena botella de licor, del que más disfrutaba en sus tardes cantarinas y de alegría. Y un poco de sal. Un poco de azúcar, además de las calaveritas de azúcar con ojos de papel de estaño colorido, con los nombres del ser amado en la frente…

Y el pan de muerto que está cubierto con azúcar en todos sus huesitos o el de Oaxaca que es solemne y con una figurita de yeso que es la vida: y la espumosa tasa de chocolate hecho en metate.

Y por supuesto algunas colaciones, algunos dulces que son calabaza en tacha, que son camote cristalizado, que es acitrón (‘acitrón de un fandango…’ y que ya está prohibido), o higos también cristalizados y amaranto con miel  y muéganos y alegrías y chocolates que dan calor…

Y mucho papel de china de mil colores que se mueven porque visten al aire que no se ve, pero que le dan vestido y forma. El viento se alegra. Y para verlo hay que ponerle trampas, como ésta, y él juguetea. Y está también el arco triunfal hecho de carrizos y cubierto con flores, para que pasen gloriosos a la tierra suya a su casa a su hogar a su estancia y santuario. 

Y velas de parafina o de miel, encendidas día y noche por dos días, y veladoras de colores con flamas cuyo movimiento es interminable. Y en un pequeño incensario se pone carbón encendido para verter ahí el incienso que será como el faro de luz que les indicará que aquí estamos ya, con los brazos abiertos para decirles: “te quiero”; “te extraño”; “te necesito”; “¿por qué te fuiste?”.

Y huele a todo lo ahí dispuesto. Y ese aroma se nos impregna y lo llevamos siempre, porque perdurará dos y tres y todos los días del año; y el incienso y el copal que nos envuelven nos convierten en la memoria, sin olvido.

Parel camino les hemos dispuesto pétalos de flores. O flores. Son de cempasúchil. Son de borlas moradas que se llaman de terciopelo o cresta de gallo. Son de florecillas amarillas del campo que se llaman Flor de Todos Santos y que huelen a todo el campo por la mañana y pregonan que el mes de noviembre llegó; el mes de los muertos…

Mes de los que se fueron ya y que, según la tradición mexicana, regresan el 1 y 2 de noviembre para estar apenas unas horas en este mundo que flota en el infinito sideral tan solitario él.

Y aunque no los abracemos, ellos llegan como cada año, a raudales, en caravana interminable, para encontrarse con lo que dejaron en vida, con aquello que los retenía, con los afectos, con los cariños, con los rencores acaso, con las verdades o mentiras, y con toda aquella Muerte sin fin: “Sabe la muerte a tierra, la angustia a hiel. Este morir a gotas me sabe a miel.” (José Gorostiza)

Muchos panteones de México se visten de fiesta también. Porque los mexicanos en la fiesta del reencuentro. Es una fiesta en la que la vida y la muerte son una sola. Y hay algarabía por la llegada: “Viene la muerte luciendo, mil llamativos colores…”

Esta es quizá la fiesta más íntima y más colorida de los mexicanos. La ceremonia en la que el mexicano se vuelca en sí, para los demás. Y en actitud de todo respeto y veneración, se vive el momento más reflexivo del ser mexicano.

Ocurre en distintas culturas del mundo. A modo distinto. Pero acaso sea en México en donde el sentido de la vida y la muerte adquieren dimensiones de epopeya. Y es parte del ser nacional. Es por estos rituales que llenan de emoción el alma y vuelcan al ser humano en su mejor expresión que en 2008 la UNESCO otorgó el sello de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, a las ceremonias del Día de muertos en México.

Los antiguos mexicas, mixtecas, texcocanos, zapotecas, tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos originarios de nuestro país, lo celebraban. Los indígenas entendían a la vida y la muerte como un concepto dialéctico. Según fray Bernardino de Sahagún, los antiguos decían que cuando morían no perecían, sino que de nuevo comenzaban a vivir. La muerte era parte de un ciclo constante.

A la llegada de los españoles, las ceremonias indígenas que se llevaban a cabo en agosto y septiembre –que era tiempo de cosechas de maíz– cambiaron su fecha para hacerlas coincidir con el calendario católico europeo: el 1 y 2 de noviembre. El día primero es de Todos los Santos y el segundo día el de los Fieles Difuntos.

Parece sencillo, pero para los habitantes de estas tierras ahora América aquel cambio fue asimismo dramático. Era una forma de negar a sus creencias para trasladarlas a un nuevo modelo de interpretación de la trascendencia humana.

Les costó mucho trabajo, por ejemplo, entender cómo era posible que un Dios diera su vida y su sangre para redimir a los seres humanos, en tanto que ellos ofrecían vidas y sangre para alimentar la vida de sus dioses. Fuerte dilema. Y así el cambio de fechas de sus ceremonias más solemnes: los días del camino del hombre que ha muerto, hacia el Mictlán. Luego habría de ser el camino al Cielo.

Pero ya estamos aquí. Y es la ceremonia mexicana más reluciente e íntima. Más entrada en su sentido humano y su trascendencia. La reflexión seria entre vida-muerte-y ausencia-presencia.

“Yo andaba buscando la muerte, cuando me encontré contigo: De ahí tengo el corazón, en dos mitades partido: La una le teme a la muerte, a la otra le espanta el olvido…”

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