La ley trans y la distopía de España

Cuando aún no se ha aprobado esa monstruosidad legal de la llamada ley trans, tanto Radio Nacional de España, la radio pública financiada por todos los españoles, como El País, el más afamado periódico, dan por hecho que los disparates que pretende convertir en fuerza de ley ese proyecto se han impuesto ya en nuestra sociedad.

Por Lidia Falcón O’Neill*

El País dedica cada día un espacio a entrevistas, artículos de opinión o reportajes para difundir la doctrina queer, que, como si fuera religiosa, no tiene discusión. Y que desde hace poco tiempo, después de cuarenta y seis años de existencia, está dirigida por una mujer, la periodista Pepa Bueno, que siempre ha presumido de feminista. En tales entrevistas y opiniones se desgrana toda la serie de tesis que conforman esa teoría, defendiendo la inexistencia del sexo biológico, «que se asigna al nacer» sin consentimiento del bebé, y que el niño determinará según lo considere conveniente «cuando tenga madurez para ello», que puede ser incluso a los tres años, según ha dictaminado el Tribunal Constitucional español.

Una tal Beatriz Preciado, que se exhibía en performances varias para atractivo de públicos morbosos, todavía como mujer, en las que se inyectaba hormonas y defendía con convicción el cambio de sexo, en unos libros de lectura ininteligible, que le publicaron varias editoriales prestigiosas de nuestro país, se hace llamar ahora Paul Preciado, transformada en hombre ilustre que elabora una teoría novedosa y rompedora de los cánones sociales anticuados. Y que El País la presenta como «filósofo».

Radio Nacional dedica media hora todas las noches de los sábados y domingos, sistemática y ritualmente, a relatar las desdichas de los homosexuales y transexuales, que son perseguidos, vejados, insultados y agredidos sin pausa ni defensa. Según su declaración, nadie les protege de la violencia que padecen, nadie se conmueve de sus desdichas, las diversas policías ignoran sus denuncias y no hay justicia para ellos.

Radio Nacional, en la mañana del día 8 de noviembre dedicó una hora en uno de sus programas matinales a informar a los oyentes de que existen padres transgestantes. Dos afortunados personajes que dicen poseer el género masculino nos cuentan, con lujo de detalles, como gestaron, parieron y amamantaron a sus hijas (que ya no son hijas sino «hijes») y que pueden decidir su «género» cuando quieran. Parece ser que consiguieron toda clase de facilidades para cumplir esta tarea, pero se quejaron de que los médicos, las parteras, las enfermeras y otro personal sanitario, los llamaron mujeres, lo que consideraban un insulto. Que naturalmente hirió su sensibilidad. En el relato del delirio de esos personajes, se hacía hincapié en la necesidad de que tanto las leyes como la sociedad comprendieran que su experiencia no era única ni concluiría con ellos. Hemos de acostumbrarnos y admitir como «natural» que los «hombres» pueden gestar, parir y amamantar como, o quizá mejor, que las mujeres.

Claro que en este insólito proceso tuvieron que pasar por fases de hormonación y deshormonación, medicación que no explicaron qué consecuencias tiene o puede tener en el desarrollo de las hijas, y diversos tratamientos y cirugías que no explicitaron. Estos personajes, casados con mujeres, aseguraron que tanto ellas como sus familiares directos: madres y padres (estos sí) suegras y suegros, estuvieron encantados de la transformación que habían sufrido aquellas que habían nacido mujeres, así como obtuvieron el aplauso de amigos, compañeros de trabajo y empresarios.

Dedicaron el espacio que les prestó Radio Nacional a adoctrinarnos de que en este país de «nunca jamás» en que se ha convertido la antaño España, su caso no es una excepción sino el futuro al que nos abocamos, con la complacencia de la simpática, y supongo que sonriente, locutora, que no paraba de asentir a tales declaraciones con exclamaciones de «claro, por supuesto, muy bien», que alentaban a los oyentes a considerar racional los disparates que explicaban.

A la par, la «filósofa» estadounidense Judith Butler ha sido premiada en Barcelona y en Madrid con diversos galardones, para recoger los cuales ha viajado dos veces a España en este año, por su fecunda labor a favor de la doctrina queer, que expuso hace unos años en un libro ininteligible titulado El género en disputa, donde «explica» la nueva doctrina antropológica, social, moral y «feminista» de la inexistencia del sexo. Tanto el gobierno de Cataluña que además de proponerse destrozar España es ardiente defensor de acabar con la humanidad, como el Círculo de Bellas Artes de Madrid que le ha entregado a Butler la medalla de oro, su máxima distinción, apoyan la disparatada teoría, que se convertirá en ley imperativa, por la cual la pareja humana, hombre y mujer, desaparecen del lenguaje jurídico, político y filosófico para ser denominados «progenitor gestante» y «progenitor no gestante».

Esta campaña que se viene desarrollando desde hace meses en medios de comunicación de gran audiencia, incluso públicos, es decir, que deben ser la voz de toda la ciudadanía puesto que son sufragados por ella, viene a apoyar la aprobación de la llamada ley trans que está siendo torturada por los diputados de nuestro Congreso desde hace años, sin que se vislumbre cómo ni cuándo será su final. Y se encuentra en tal situación porque desde hace tres años el Partido Feminista de España se alzó en pie de guerra contra ella, cuando empezó a hacerse público su contenido, que entre otras atrocidades obligará a cambiar el lenguaje jurídico y decir «persona con pene» en vez de hombre y «persona con vagina» en vez de mujer. Y que además retrocede a los tiempos de la dictadura imponiendo sanciones administrativas, que pueden alcanzar los 120.000 euros de multas, a quienes opinen contra ella. Como pretendieron que me impusieran a mí el colectivo homosexual y la Consejería de Igualdad de la Generalitat de Cataluña, en el proceso que me incoaron en 2020 ante la Fiscalía de Odio, por haber firmado un comunicado del Partido Feminista de España en el que nos pronunciábamos contra semejante desafuero.

Todo el movimiento feminista se pronuncia en contra de la ley trans pero la ilustre ministra de Igualdad Irene Montero, que al parecer ha hecho de la aprobación de esa ley el objetivo de su vida, ni escucha las críticas que hemos difundido repetidamente ni recibe a sus integrantes para sostener una reunión sosegada donde podamos exponerle no sólo nuestros argumentos sino los de diferentes representantes de las distintas disciplinas que se hallan implicadas: psicólogos, psiquiatras, pediatras, endocrinólogos, biólogos, filósofos.

Ciertamente las feministas hemos sido incautas porque mientras estábamos ocupadas en varios frentes de lucha en estos tiempos de dolor e incertidumbre, el lobby trans ha conseguido aprobar catorce leyes en idénticas autonomías que cumplen bastantes de sus exigencias. Y con la complicidad de médicos, psiquiatras, profesores y jueces permitir que niños de ocho años se pronuncien por cambiar de «género» y comiencen a hormonarse y después a mutilarse, con la complacencia de los familiares y la culpable ignorancia de la sociedad civil.

Si permitimos con indolencia que este plan siga adelante y consiga el placet del poder legislativo, muchas madres y padres se encontrarán con que sus hijos pequeños y adolescentes se decantarán por seguir la moda de sus amigos y convertirse en enfermos crónicos e inválidos mutilados. Y las mujeres tropezarán un día en los lavabos de un lugar público con un mozo con barba que está orinando delante de ellas asegurando que es una mujer. De las deportistas que se encontrarán compitiendo con varones más fuertes y musculados que ellas, tendrán que hablar ellas mismas. Y las militantes de partidos políticos que verán atribuidas las cuotas femeninas a personajes con barba que afirmarán que son mujeres. Y las alumnas de diversos grados de enseñanza que opten a becas, y las artistas premiadas por su labor en el cine, en el teatro, en la pintura, todas preteridas y marginadas por personajes, altos y barbudos que asegurarán que se sienten mujeres, y a los que es no es posible contradecir porque acabarás multada por la Fiscalía de Odio.

El colmo de la burla ha sido conceder el premio Planeta de 2021 a una novela, La bestia, firmada por una tal Carmen Mola, que resultó que estaba escrito por tres autores masculinos, de cuyos nombres no quiero acordarme. Recuerdo en cambio los tiempos en que las mujeres tenían que firmar sus obras con nombres masculinos, para enmascarar su condición femenina, si querían entrar en el sagrado recinto del Olimpo masculino. Hoy hemos entrado en la era de la distopía, que esta vez sí está haciéndose realidad.

*Presidenta del Partido Feminista de España.

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