Quiet quitting

En los últimos seis meses se ha desatado en Estados Unidos un gran debate sobre la importancia del factor trabajo y el compromiso con su desempeño en la vida de cada uno. No es un tema nuevo, ni es un tema menor. Lo que ha ocurrido ahora para que tome tal protagonismo es que las redes sociales lo han hecho viral.

Por Alfonso Durán Pich*

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Para poder interpretar este fenómeno hay que ir un poco más lejos. Me quedo con Viktor Frankl y su libro “The meaning of life”. Frankl, un psiquiatra vienés que vivió personalmente los horrores del Holocausto, llegó al convencimiento de que la supervivencia en aquel entorno de horror estaba asociada a la búsqueda del sentido de la vida.

Éste es un tema complejo y profundo pero que durante siglos ha tenido como una de sus variables explicativas el papel del trabajo en la vida diaria. Primero el trabajo fue una condición necesaria para generar unos ingresos y poder subsistir. Luego fue perfilándose para alcanzar una vida propia. Y esto tenía sentido, ya que buena parte de nuestro tiempo estaba ocupado por el trabajo. Luego, si era factible, todo el mundo trataba de mejorar en su profesión, aprender de sus mayores, perfeccionarse. El objetivo, como bien apuntaba el maestro Sartre en un sentido más lato, era querer lo que uno hacía.

Tras un proceso de aprendizaje (en la academia, en la universidad o en la calle) te incorporabas a un puesto e ibas progresando en conocimientos y experiencia. Te comprometías con la institución que te contrataba, sentías los colores. Y cuando te jubilabas, te regalaban un reloj. Visto ahora puede resultar patético, pero funcionaba a gusto de todos.

Este escenario se acabó tras los años gloriosos del capitalismo en el mundo occidental, en el período que va desde el final de la II Guerra Mundial hasta la primera crisis del petróleo en 1973. Entonces aparecieron los movimientos contraculturales y una minoría se cuestionó el papel del trabajo. Esa crisis anunció otras crisis, para culminar con el fin de la utopía comunista en 1989. La “sociedad del bienestar” europea y el “sueño americano” empezaron a deteriorarse. Y a finales del siglo XX y primeros del XXI, las nuevas tecnologías contribuyeron a financializar la economía. La mano de obra directa perdió peso con la robotización. Cada vez se producía más con menos personas. La administración y la logística se automatizaron. Con la excepción de una minoría exquisita de “trabajadores del conocimiento”, la mayoría de la gente solo tenía la opción de trabajos en servicios de poco valor añadido (hostelería, restauración, asistencia a la tercera edad, etc.). Formaban parte del precariado (un proletario con trabajos precarios). Se trabajaba y se trabaja por necesidad. Hoy aquí y allá mañana. El factor trabajo ya no da sentido a la vida.

Luego vino la pandemia. Los confinamientos. El teletrabajo. Los problemas de la convivencia obligada en el hogar. Demasiadas tensiones para poder gestionarlas con éxito.

Y en esta tesitura, el pasado julio un joven ingeniero americano colgó en Tik Tok un mensaje que decía: “Sobre el término “quiet quitting“ (abandonar tranquilamente) he aprendido recientemente que no abandonas tu trabajo sino que abandonas la idea de ir más allá”. En definitiva, te limitas a cumplir, a hacer simplemente tu trabajo sin ir más lejos, sin comprometerte. Y ésta es la palabra clave: comprometerse.

Durante muchos años el calvinismo dominante en el mundo empresarial apostó por el compromiso y acertó. Ahora esto ya no funciona. Hay decepción y esta decepción está generalizada. El “Guardian” titulaba hace poco: “Quiet Quitting: Por qué hacer lo mínimo necesario en el trabajo se ha hecho global”. Y este paso no lo ha dado el precariado sino muchos “trabajadores del conocimiento”, todos muy bien pagados, que cuestionan sus semanas de sesenta horas sin saber a donde les conduce ese camino como personas.

Una reciente encuesta Gallup realizada en Estados Unidos nos dice que los “menos comprometidos” con el trabajo que realizan son los nacidos después de 1989 (menos de treinta y tres años). El “hombre organización” que simbolizaba IBM en sus mejores años se ha jubilado y se ha llevado con él su credo ideológico. Gallup estima además que la mitad de la fuerza de trabajo en Estados Unidos está de acuerdo con el “quiet quitting”. Y si tenemos en cuenta que la sociedad mundial en su conjunto toma como referencia los valores culturales de la sociedad norteamericana, podemos considerar que hay un cambio de paradigma y no sabemos como acabará. Lo que sí podemos señalar es que los apóstoles de la productividad tendrán que plantearse nuevas fórmulas para intentar reducir la sangría.

Yo, como siempre, recomendaría ajustarse a los cambios del entorno, no oponerse a él. Algunos analistas apuntan que esto es debido en parte a una crisis generalizada de liderazgo. Puede ser, pero a mi juicio el tema es de mayor calado. Volvamos a Viktor Frankl y a su reflexión sobre “el significado de la vida”.

Quizás es un lujo pensar en esto, pero, ¿nos lo hemos planteado alguna vez?

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