«…A tiempo amar, y desatarse a tiempo…»

A don Renato Leduc le gustaba que nos sentáramos a platicar en la soleada sala de su casa en la calle de Mónico Neck en la colonia del Periodista, en el entonces Distrito Federal.

Por Joel Hernández Santiago*

*joelhsantiago@gmail.com

Dentro de la casa con decoración sencilla y al mismo tiempo alegre, todo era calma, casi el silencio aunque de pronto al fondo, en la cocina, se escuchaban ruidos de trastos que eran puestos en su lugar y el sonido muy bajo de una radio…

Él, sentado en su sillón central, juntaba las manos, anudaba los dedos y sonreía para sí y de pronto para quien estaba ahí presente al recordar que estaba acompañado. Casi siempre tenía puesto un saco negro y un suéter de cuello alto. Era muy alto y delgado, con el cabello cano, lacio y echado hacia atrás.

Por mi parte de tiempo en tiempo acudía a su casa para saludarlo, platicar con él y, sobre todo, para escucharlo. Volcaba en gran parte de sus anécdotas. Algunas veces las repetía, pero era agradable ver cómo las iba combinando unas a otras como cadena de oro engarzada.

Era el espacio vital en el que permanecía ahora más tiempo; por cosas de la edad, ya se sabe; por cosas de los achaques; por todo eso que se junta en el camino y que supone descanso físico y el silencio suficiente como para que surjan los recuerdos, las nostalgias, las alegrías, las felicidades y las tristezas…: De todo lo que ve el que vive.

‘¡Llora todo lo que tengas que llorar… grita lo que tengas que gritar… ríe a carcajadas cuando el corazón se agita de felicidad…!’ me decía cuando le platicaba de esas cosas que le pueden ocurrir a un muy joven aprendiz de periodista que estaba frente a él, con apenas atisbos en esta tarea, pero con muchísimas ganas de comerse al mundo, como ocurre a esa edad y con esa ambición. (“Los dos más grandes dolores del hombre son el amor… y el adiós”, recordaba a Josefina Vicens.)

Y lo dicho: Los periodistas experimentados son como los gatos viejos: gruñones con los otros gatos, pero cariñosos con los cachorros.

Reía mucho. Y se mecía cuando recordaba que nació en 1897 en Tlalpan, DF; que el primer recuerdo que tenía de la vida y de su propia existencia humana fue cuando su mamá le grito a su tía: “¡Por ahí tráete unos priscos!”…

Recordaba que pronto cambiaron de domicilio y se fueron a vivir por el rumbo de La Villa. Que desde muy joven trabajó en todo lo posible; que se hizo telegrafista y que por esto estuvo a las órdenes de Pancho Villa realizando esta tarea; que ahí conoció al “Güerito” John Reed quien luego escribiría “México insurgente

En adelante su inquietud lo llevó por muchos rumbos y muchos caminos; por todos los avatares de una vida cargada de emociones y aventuras; pero también de mucha introspección. Eso lo dan los viajes en soledad.

Y así, de su vida joven en México y su salida por años a París como agregado de prensa en la embajada de México en Francia; su relación con los escritores de la época Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Marcel Duchamp, Max Ernst y su amor de entonces por Leonora Carrington.

De su huida de París hacia España durante la Segunda Guerra Mundial porque no podía cruzar al norte ya que se lo impedía la Línea Maginot. Que ya en España se encontró a Leonora Carrington, quien estaba recluida en un hospital y quien le pidió ayuda para huir de Europa porque era perseguida de guerra.

De la salida de ambos hacia Marruecos y desde ahí en un barco carguero hacia Nueva York ya casado con la inglesa para facilitar su salida de Europa si era esposa de un diplomático, como era él. Su llegada a Estados Unidos… La precariedad absoluta, el buscar trabajo de lo que fuera…

Al final consiguieron unos centavos y un vehículo para venir a México. El viaje extremadamente incómodo y cansado. “En Estados Unidos a lo largo de la carretera no me dejaban entrar en los restaurantes porque “no se aceptan ni perros ni mexicanos”, decía ahí; y cuando pasamos a México en las cantinas o incluso restaurantes en los que vendía licor decía: “no se aceptan mujeres” y ahí no podía entrar ella”. Se carcajeaba…

De su llegada a México y a buscar a sus amigos para que le dieran un trabajo. Llegaron a la colonia Tabacalera. Luego Leonora Carrington diría que una mañana fueron al restaurante Los Pericos en donde pidieron un café, él dijo ‘al rato regreso’, y ahí estuvo ella esperándolo todo el día hasta la noche, con ese sólo café…

Y volvió a sus orígenes periodísticos: Comenzó a escribir para la cadena del coronel García Valseca. Años después, de mucha brega, escrituró: “Para ser periodista es necesario no ser pendejo”.

El relato de sus anécdotas lo revivían. Lo hacían sentir la vida de nuevo. Y recordar es revivir, pero no repetir. Y es que los recuerdos de la vida de cada uno de nosotros, los seres vivientes,son nutriente para lo que somos y lo que seremos. Lo de hoy será ayer en apenas 24 horas… y así.

Y todo esto es para recordar el valor del tiempo. El tiempo que es nuestra vida y que es, a fin de cuentas, el recorrido que hacemos en ese algo tan abstracto como es el tiempo.

¿Y qué es el tiempo? Según los sabios es la duración de las cosas sujetas a mudanza; la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo… y así.

Pero el tiempo es nuestra vida. El tiempo es el que existe mientras existimos. Mientras nuestro corazón late. Mientras sale el sol y se oculta. Cuando la luna está en su apogeo y las estrellas nos dicen que están con nosotros y nos acompañan y nos miran desde lejanas distancias.

El tiempo es cuando nos decimos hola y nos queremos. El tiempo es cuando nos decimos adiós. El tiempo es el silencio de cada uno mientras respiramos y miramos lo hecho y lo dicho. El tiempo es la sonrisa de un niño con sus juguetes nuevos el día de Reyes. Tiempo es el recreo cuando estamos en la primaria. Tiempo es la mano cálida de la mujer amada en la universidad.

El tiempo es el que nos damos para pensarlo mejor. El tiempo es cuando comemos la manzana de Eva. El tiempo es la caricia de una madre. El tiempo es el abrir y cerrar los ojos a la vida. El tiempo es el tronido del anular con el pulgar. El tiempo es el suspiro del amor cuando se hace el amor.

El tiempo es el que quiere recuperar Marcel Proust en “En busca del tiempo perdido”; o el tiempo inexistente  pero vital en “Pedro Páramo” de Juan Rulfo; el tiempo está en “Las batallas en el desierto” y “El Principio del placer” de José Emilio Pacheco. El tiempo es ese “Trompo a la uña” de La China Mendoza.

Tiempo está en el poema de Kavafis: “Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla,”…

Y es que pocas veces se ha definido al tiempo y se ha amado tanto al tiempo, como lo hizo aquel hombre-gigante que fue periodista, bohemio, poeta y quien platicaba conmigo hace ya muchos años… 1978…

Un día, Don Renato cayó en la trampa. Como alumno de Julio Torri de literatura castellana en San Ildefonso, en una ocasión su compañero Adán Santana lo retó a que compusiera un soneto con el pie de verso “hay que darle tiempo al tiempo”.

En un primer intento Leduc no pudo hacerlo. En son de burla y delante de todos, Santana le recordó que la palabra tiempo no tiene rima. Luego ya en su casa consultó el diccionario y vio que efectivamente el vocablo “tiempo” no tiene consonante.

Le tocaron el amor propio. Y con enorme dignidad recuperó sus propias vivencias y nos regaló una joya; una obra maestra que, como se dice “…los santos lo lloran”:

“Sabia virtud de conocer el tiempo; a tiempo amar y desatarse a tiempo; como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…que de amor y dolor alivia el tiempo.

“Aquel amor a quien amé a destiempo, martirizóme tanto y tanto tiempo, que no sentí jamás correr el tiempo, tan acremente como en ese tiempo.

“Amar queriendo como en otro tiempo —ignoraba yo aún que el tiempo es oro— cuánto tiempo perdí —ay— cuánto tiempo.

“Y hoy que de amores ya no tengo tiempo, amor de aquellos tiempos, cómo añoro, la dicha inicua de perder el tiempo”.

Y, pues eso… don Renato, gran amigo, y de los grandes amigos se aprende la esencia del ser humano, como es la gran virtud esa, la de conocer el tiempo:“A tiempo amar: y desatarse a tiempo”.

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